Siempre pienso recordarla así. No importa cuántas
arrugas cubran ahora sus ojos, ni cuántos veranos hayan pasado desde entonces.
En mi memoria siempre mantendrá la misma expresión de aquella vez hace ya
demasiado tiempo, aquella expresión que derribaba muros sólo con sentirla.
Ella era así, pura emoción escondida entre una
maraña de pelo oscuro siempre mal peinado. Y unos ojos verdes demasiado grandes
para una cara tan pequeña. A veces me recordaba a los gatos callejeros que se
escabullen entre la basura y que si das con ellos te miran con miedo, y con
desafío al mismo tiempo. Pues bien, tenía algo especial aquel lugar y por eso
le reservó un hueco particular en su memoria. Y el mero hecho de recordarlo
encendía esa expresión en su sonrisa por la que yo tan ciegamente me derretía.
Y por eso os digo, que años más tarde, aún no he conseguido olvidarme de esa
chispa de luz que invadía sus ojos al pensar en el futuro incierto que se abría
ante sus pies como un abismo inabarcable que teñía de olas de luz las cuales planeaba bajar deprisa, surfeándolas sin dejarse ninguna gota de agua sin saborear. Sin
ningún miedo. Nunca vi una persona capaz de sentirse tan segura ante algo tan
inestable. En sus ojos el futuro se recreaba como una escena de ensueño en
mares en los que siempre es verano, de telas blancas y pies descalzos. O eso al
menos era lo que a mí me inspiraba. Noches de vino y resacas saladas que
acompañaban la brisa del todavía es temprano. Ataraxia en su estado más nítido
y todo aquello, con un simple gesto.
Desgraciadamente, no duró mucho tiempo. Su futuro se
transformó sin quererlo en un presente de dedos de aguja y veranos muertos.
Historias que no hacían sino recordarla que cada segundo es una astilla y obligaron
a encadenar su paraíso particular en un rincón de su memoria al cual resultaba
cada vez más y más difícil acceder. Daría lo que fuera por poder transportarla
de nuevo a ese rincón tan suyo oculto en una cala del norte con tal de que
pudiese recuperar la juventud por un instante. Y ver esa expresión de nuevo,
aquella mirada de luz e inocencia marchita en la que la arena blanca hacía
contraste con su piel morena. Sé que un solo segundo bastaría para que
recordase la importancia de soñar despierta, y de mantener los pies firmes ante
ese mar en furia que nos precedía.

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