Lo nuestro siempre pareció más una pesadilla que un bonito sueño. Nos encargábamos a diario de disfrazarlo de mentiras que no dejasen ver más allá de un falso desinterés por el otro. Me querías demasiado y por eso procurabas olvidarte de mí. Lo nuestro nunca fueron más de cuatro besos. Lo nuestro se repetía siempre a oscuras con promesas de “Nunca más”. Lo nuestro era sal en las heridas, lágrimas a escondidas, despedidas que nunca me dejabas firmar con continuará. Y tus idas y venidas se acostumbraron a llenar mi calendario, y el odio llenaba mis días, y me esforcé más de una vez en cerrarte la puerta y jurar no encontrar la llave jamás…
Pero qué podía yo hacer si te me colabas por las rendijas. Y cada reencuentro me dejaba siempre con ganas de más. Me quitabas el sueño, me invadías el alma. Me llenabas de ira, me moría por ti.
Así aprendí a tenerte solo a medias. A vivir dos vidas separadas y a quererte solamente a media luz. Y soñaba con dejar de verte y anhelaba poder olvidarte; o al menos eso fue lo que me juré siempre antes de dormir. Pero una y otra vez acababas volviendo, y yo fingía sorprenderme de encontrarte. Y mi reloj lo marcaban tus besos, y mi colchón nunca dejó de tener ganas de ti.
Un buen día te cansaste de correr siempre en dirección opuesta y el final me lo bebí de golpe; tan rápido como todo lo demás. Me desperté una mañana en una estación contigo ya muy lejos, mi reloj desactivado, el corazón vacío y a ti en una última nota firmada con un "cuídate de más".
...
Pero hay errores de infinitas consecuencias y finales que no se pueden esquivar.
Madrid nunca me lo ha perdonado.

