Hace unos meses leí a una
escritora que empezaba un poema así
Acto seguido, o eso me cuenta
mi memoria,
me recuerdo en la terraza de un
bar confesándole a Carlota
que me encantaría escribirle unas
palabras en su día especial.
Ese que llevamos esperando
tanto tiempo
que da hasta vergüenza
confesar.
Recuerdo el brillo de sus ojos,
y ese no sé qué al leer en alto
un poema de Francisco Luis Bernárdez
que llevamos recitando en
sueños desde el día que conoció a Gonzalo.
Por aquel entonces nos
dormíamos entre almohadones de un país del norte
soñando con lo que algún día
serían nuestras vidas.
Ella lo tenía muy claro, ese
poema representaría su vida con Gonzalo,
ese poema seguiría con ella 8
años más tarde.
¿Quién en su sano juicio iba a
decirme entonces, que el cariño no se recuerda?
Recuerdo las primeras veces,
los primeros cosquilleos.
El “porfa cinco minutos más que
mira lo que me ha escrito y ahora no puedo dormir”
Recuerdo los días en
Inglaterra, las noches en las que empezó a surgir la magia
Y aunque parezca mentira
recuerdo el día que nos confesó,
que Gonzalo había venido a
quedarse.
Y que nada en este mundo iba a
convencerle de lo contrario.
He de reconocer, Gonzalo, que
por aquel entonces yo ya te quería,
Y que a pesar de la poca cabeza
que teníamos, nadie se opuso demasiado a brindar por ello.
Si me pongo a pensarlo con
fuerza me cuesta discernir si ha pasado una vida o un instante.
Si fue ayer cuando a Gonzalo le
daba vergüenza invitar a Carlota a cenar
O una eternidad desde la última
vez que les vi reírse juntos.
Lo pienso un poco más
intensamente y me acuerdo de lo idiotas que fuimos
pero sobre todo, me acuerdo de
cuanto crecimos.
Quizás haya pasado una vida al
fin y al cabo.
Una vida de alegrías y llantos,
de aciertos y errores.
Una vida que como bien resumía nuestro
querido poeta Francisco:
Porque después de todo he comprendido
Que lo que el árbol tiene de florido
Vive de lo que tiene sepultado.
Por esa razón, casi mejor,
vamos a centrarnos en el presente.
Veo a Carlota y veo confianza, veo
fuerza.
Veo el miedo y la inocencia de
las primeras veces
Pero también veo esa seguridad
en sí misma y en sus principios
que me hicieron agarrarme a
ella hace casi una década,
y que ha hecho que no me
suelte.
Carlota es perseverancia, firmeza,
y sobre todo, Carlota es paciencia.
Veo a Gonzalo y es adrenalina,
es ímpetu.
Es amistad y también lealtad.
Veo cariño, sí, del que se
recuerda.
Y veo una ternura infinita por
aquello que le importó mucho antes
de que él mismo supiese lo que
significaba enamorarse.
Gonzalo es un huracán, un
revoltijo de emociones,
una persona que no entiende el
“no” como respuesta final a sus preguntas.
Les miro a los dos
y veo mucha falta de cabeza traducidas
en ganas de vivir.
Veo errores, sí y
equivocaciones.
Pero veo una capacidad innata
para saber pedir perdón.
Juntos son fuego. Son agua. Son
equilibrio.
Juntos se volvieron roca
y edificaron lo que hoy en día
ya sólo forma parte de los cuentos.
Por todo esto, esta noche más
que nunca, veo el futuro.
Veo a dos niños que aunque nos
cueste a veces reconocerlo,
se han hecho mayores.
Veo el cariño y la constancia que
se han dedicado el uno al otro
y no puedo evitar sonreír al
pensar en todo lo que han vivido juntos,
pero sobre todo, en todo lo que
les espera.
Y es que chicos, se avecinan
curvas sí, y de las buenas,
pero no me cabe la menor duda que
mientras sigáis de la mano
no habrá tormenta que consiga
hundiros;
Y solo tenéis que mirar a
vuestro alrededor para daros cuenta,
de que no estáis solos en esta
nueva aventura.
El otro día nos reíamos,
“como dos personas pueden
llegar a conocerse tanto
teniendo no más de 27 años”.
Y yo no sé si fue cuestión de
suerte
o si simplemente deberíamos
seguir dándole una oportunidad al destino.
Tampoco sé si el cariño se
recuerda o no.
Lo único que afirmo esta noche
es que no hay más que mirarles
para darse cuenta;
que si el amor existe debemos
sentirnos afortunados,
