lunes, 31 de marzo de 2014

Humming birds

Cuántas vidas vivimos.
Cuántas veces morimos.
Dicen que todos perdemos 21 gramos en el momento exacto de la muerte.
Todos.

Cuánto cabe en 21 gramos.
Cuánto se pierde.
Cuándo perdemos 21 gramos.
Cuánto se va con ellos.
Cuánto se gana.
Cuánto, se gana.

[…]

Un pequeño paréntesis que dura más de la cuenta.
Un parón en el tiempo en el cual
se nos han congelado las pestañas
y nos sobran las razones para dejar de respirar.

Y así, van  pasando los días,
lentos.
Recordándonos todas las razones 
por las que jamás debimos hacer las maletas
y a la vez,
cubriéndonos de nuevas excusas para no poder volver atrás.

¿Resultado?
Esta especie de mezcla de penitencia y desgana 
que se entremezcla con el café por las mañanas
tiñendo a los días de ese violeta horrible que siempre detestaste.
Y cómo de fuerte será que a pesar de tus intentos de rasparlo,
no logras volver a sacar el brillo de antaño.
Y sigues frotando todavía un poco más,
un poco más fuerte,
y al final el rojo,
de tu propia sangre.

Nos hemos olvidado de perseguir las curvas.
Hemos decidido acomodarnos en esta autopista de paisaje insípido
con un letrero al frente que dice
“a dónde sea, menos a dónde soñaste”.
Y parece que hasta el sol se burla de tu propia desventura
no queriendo volver a salir.
“Llueve otra vez”, piensas
y por qué será entonces que a tu alrededor todo está tan seco
que marea el polvo que se desata por allá donde pisas.

Se podría definir como una mezcla de podredumbre.
Como aquel bar cerrado que nunca nadie quiso volver a comprar
dónde las botellas de whiskey se amontonan al otro lado de la barra
acumulando historias sin final,
batallas perdidas dignas de mil poesías
que se olvidaron en el cajón del cambio
y nadie nunca se molestó,
ni siquiera en robar.

Y sí, siguen pasando los días.
Como una película en blanco y negro rodada a cámara lenta
tan aburrida y patética que nadie tiene el valor de levantarse
más por lástima que por vergüenza.

“Todos nos merecemos una oportunidad”

y te sonríen desde la puerta disfrutando de ver como ellos se quedan fuera
y a ti te encierran dentro 
para que luches contra tus propias decisiones.
Rodeado de tus recuerdos de aquel momento en el que casi tocaste el cielo
decidiste en cambio jugar con fuego, 
sin importarte el resultado final.

“Tenía tantas ganas como miedo”

y la curiosidad una vez más se encargó 
de olvidarse a la razón por el camino
para acabar rodeados de finales sin principios
de esos que pesan incluso más.
Y los digieres a base de cerveza barata y sonrisas sarcásticas
sabiendo que jamás podrás perdonarte,
y vivirás sufriendo las consecuencias de a quién le dieron a elegir
y mirando al cielo, eligió el infierno.
Creyendo fielmente que una coraza tan grande,
le impediría quemarse.
(A estas alturas alguien debió explicarle que
no hay quemadura más grande que la que uno se produce a si mismo.
Y no hay hielo en el mundo capaz de conseguir
que deje de arder)

Sobran las razones para salir corriendo pero una vez más.
Te ha faltado el aliento.

Y ya no estarán para reponértelo.

“Solo se necesita valor para cambiar el rumbo de los acontecimientos”

y ganas. Añadiría yo.

[…]

21 gramos.
El peso de 5 monedas de 5 centavos.
El peso de un colibrí.
De una chocolatina.


Cuánto pesan 21 gramos.


Jamaica,'14

martes, 18 de marzo de 2014

Aires del norte

Siempre le habían gustado las niñas que hablaban francés. Desde pequeñita tenía una obsesión por esa mezcla de sonidos que a ella se le antojaban tan musicales, y en las niñas más todavía. Durante su infancia vivió al lado de un colegio religioso en el que todas las niñas hablaban cantando y cada septiembre relucían zapatos nuevos; pero ella nunca estuvo entre ellas.
No puedo evitar sonreír al recordarla mordiendo bolígrafos tratando de imitarlas. Pero sus genes de gitana le impedían siquiera acercarse; con esa intensidad de voz capaz de mover montañas, muy lejos quedaban las niñas con sus cahiers y sus trousses. Y sus zapatos nuevos antes de empezar el curso.

Años más tarde descubrió la guitarra y no tardó en olvidarse de sus esfuerzos por formar parte del país vecino. Desde el momento en que palpó las cuerdas por primera vez, instrumento y niña se convirtieron en una continuación el uno del otro. Y así fue hasta dónde la memoria me permite acordarme.
Por aquel entonces yo ya vivía enamorado de ella aunque todavía no supiese el significado de lo mismo. Para mí, ser feliz era mimarla. Comprarle regaliz negro y que lo encontrase en el bolsillo de su pantalón, descubrir los mejores escondrijos para que no la descubrieran al jugar al escondite, y cazar mariquitas en primavera. Las noches de luna llena la escuchaba cantar siempre en el tejado aunque nunca me atreví a confesarlo; algo me decía que ella era una de esas personas cuya sensibilidad iba más allá de la del resto de personas y molestarla es algo que jamás me hubiese perdonado. Yo, que solo tenía como definición de arte a su propia persona, poco podía hacer por intentar comprenderlo.

Pasaron los años y la observé crecer. Tan bonita, tan gitana. Y fui feliz. Verla sonreír era mi razón para levantarme por las mañanas. Me acostumbré de tal manera a tenerla tan cerca y a la vez tan lejos que nunca me plantee que las cosas pudiesen cambiar algún día. Al fin y al cabo yo era su confidente, su amigo, su persona. Su secreto mejor guardado. O así era como ella me definía en las noches de guitarra y cerveza.
Me juró cientos de veces que jamás encontraría a nadie como yo. Y yo la quería tanto que no pude sino terminar por creérmelo. Pero eso no me convertía en un ingenuo, al contrario. Desde muy pronto fui consciente de que la misma sensación de adoración que causaba en mi persona, la causaba también en todos aquellos que la rodeaban. Y le conocí mil amantes, muchos más de lo que le gustaba confesarme. Pero siempre me prometió que no debía preocuparme demasiado. Le horrorizaban los sentimientos porque sabía que podía volverse esclava de ellos y por eso prefería limitarse a noches de lujuria y huidas al amanecer que al compromiso de amanecer acompañada. Al día siguiente siempre aparecía en mi ventana, sin importarle la hora que era. Y me contaba una y otra vez que su romance siempre fue con la música, y hasta que no pudiese encontrar a un hombre que le hiciese sentir lo mismo que ella, no estaría preparada para entregar nada que no fuese lo meramente físico. Y así, se quedaba acurrucada en mi cama convencida de que había hecho bien en huir. Y yo la acariciaba hasta que se quedaba dormida.

Me acostumbré tanto a sus líos entre colchones que siempre terminaban debajo de mis sábanas que terminé por creerme que duraría para siempre. Éramos demasiado jóvenes para plantearnos nada más que qué pasará mañana. Demasiado jóvenes para comprender que personas como ella no son fáciles de complacer y su exceso de sensibilidad le llevarían a buscar la belleza hasta encontrarla. A buscar la manera de entregar algo que no fuese físico. A querer más. Y a obtener más.

Una madrugada de abril la vi desaparecer abrazada a la cintura de un desconocido y después de esa noche jamás volvió. Algo esa noche me dio a entender que las cosas ya nunca serían ni siquiera parecidas a lo que durante años me había acostumbrado.

[…]

Supongo que siempre quise culpar a París, y a la musicalidad de unas palabras que siempre estuvieron por encima de mí. Quizás debí haberme esforzado por estudiar más, por comprender más, por entenderla más. Probablemente el error fue dar por hecho que criaturas como ella se conformarían con alguien como yo aun sabiendo que su impaciencia y curiosidad le estaban matando por dentro. Pero lo cierto es que poco a poco su presencia fue saliendo de mi vida hasta el punto de convertirse en un mero recuerdo que me embriagaba cada vez que sonaba una guitarra.

Muchos años han pasado desde entonces. Hace tiempo que dejé de creer en los romances imposibles y cambié aventura por estabilidad, incertidumbre por raciocinio. Pero esta tarde volviendo a casa en el autobús no he podido sino fijarme en las dos niñas rubias que, delante de mí, se esforzaban por no ensuciarse sus zapatos nuevos mientras discutían sobre qué trousse era el más bonito de los dos que sujetaban.

Y me ha venido a la cabeza el recuerdo de una chiquilla morena con los zapatos sucios, que estaría observándolas con los ojos como platos en este instante. Maquinando en su cabeza algún enrevesado plan que le llevara a ser como ellas. Algún día.

lunes, 17 de marzo de 2014

Overdose

Creo que ya habíamos estado aquí. Antes, mucho antes. Pero mi estúpida memoria a destiempo no me deja acordarme de la razón. Ni tampoco de las estupideces que pudimos cometer en su momento para llegar a este lugar tan gris. Tan frío. Me recuerda a las series de policías de las mañanas de domingo. Escenas que se grabaron sin pensar que nadie se molestaría en observarlas nunca. Con menos color, con menos sonido. Con menos actores de los que hubiesen hecho falta. Y sin embargo y aunque parezca absurdo algo te mantiene atado al sofá mirando la televisión. Intentando entender por qué el malo se ha vuelto a escapar y por qué sigues siendo el único que parece percatarse del elefante rosa que sigue bailando en medio de la habitación. Y cómo narices nadie ha sido capaz de darse cuenta.

Tengo ganas de llamarte. Estoy segura de que tú lo entenderías. Que al final para eso están las amigas, ¿no? Y sé perfectamente que te colarías por la ventana de la habitación de atrás y te inventarías una de esas excusas tuyas que no termina sino siendo más que la pura realidad pero que con una media sonrisa y un guiño de ojos te han sacado de más de una. Y que absurdo me parece el mundo cuando haces eso. Tienes un don, te lo he dicho siempre. El don de engañar a la gente con la más pura de las verdades. Y eso es algo que siempre te he admirado.

Te costaría escasos minutos sacarme de este cubículo gris sin vida en el que me han encarcelado y no esperarías a que se cerrará el ascensor para cambiar tus ojitos de ángel por unos inyectados en pánico que no me contaran otra cosa que “tía, no tengo ni idea de lo que viene ahora” y yo te contestaría a través del espejo sucio de este edificio sin vida algo así como “que más da. Si ya estamos fuera”.

Y lo habríamos vuelto a hacer. Como una vez antes, mucho antes. Y nos meteríamos en el metro hablando del tiempo, esperando a que se callaran las voces. Esperando a llegar al mismo banco de siempre. El de las confesiones. Y ahí. En medio del frío de Madrid. Me atrevería a confesártelo todo.

Que no tengo ni idea de cómo hemos llegado a esta situación de ti tan lejos y de mi tan todo, menos cerca. Y recuerdo los trenes que fingíamos coger de pequeñas con destino a estaciones en las que siempre brillaba más el sol. Quemar los uniformes y escaparse por el balcón. Y así se nos pasaban las horas. Pues bien, ha llovido bastante desde entonces y hoy me sigue pareciendo la mejor de las ideas. Ha ocurrido de pronto, joder. Y el principio del final me dio tanto vértigo que preferí cerrar los ojos antes de atreverme a mirar lo que estaba ocurriendo. Y ahora de repente es tarde. Y nos hemos inventado una película con demasiados fuegos artificiales y muy poca esencia. Y ya sabes criatura, que sin ella no somos nada.
No tengo ni idea de cómo vamos a salir de esta. Creo que esta vez nos han atrapado y no nos valdrá una sonrisa para escaparnos por la puerta grande. O al menos, no me valdrá mi sonrisa sin la tuya (que al final el juego siempre se nos dio mejor entre dos. Y una sola no es nada más que eso. Una. Y sola).

Y así. Sin casi darme cuenta. Se me han escapado las razones como todos los recuerdos que fui borrando a lo largo del camino. Y no te miento si te digo que no tengo ni idea de cómo he llegado hasta aquí, ni de por qué tengo tanto frío si al mirar por la ventana ya es verano. Ni de por qué se han ido los colores y siempre es de noche. Ni de por qué lo que en su momento imaginé como fuegos artificiales se han convertido en luces de neón que, parpadeantes, solo buscan una excusa para terminar de fundirse.

Es todo tan complicado que no lo entiendo ni yo. Y nada me gustaría más que me obligaras a beberme mis miedos con tus cervezas. Tranquila que esta vez, invito yo. Pero al menos compraríamos tiempo de ese que tanto nos escasea últimamente. Y volveríamos a las gasolineras que tantas noches nos han hecho compañía. Como si fuésemos capaces de resolver el mundo a base de vino barato y papel de liar. No entiendo en qué momento decidimos dejar aquello atrás.

[…]


Pero a pesar de las ganas sigo aquí sentada. En esta silla fría de metal. En un cubículo de paredes grises las cuales no es difícil adivinar que han visto tiempo mejores. La gente no deja de pasar y el elefante sigue bailando a su alrededor. Y joder, he de decir, que en cuanto a acrobacias esta vez se ha superado. El teléfono sigue en el centro de la mesa pero algo me dice que no habrá línea al descolgarlo. Y no vendrás a colarte por la ventana de la habitación de detrás. Y no saldremos triunfantes por la puerta principal, ni te vendrás abajo en el ascensor.


Por eso me quedo aquí, sentada. Contando las milésimas de segundo que tardan las manecillas del reloj en dar las en punto. No vaya a ser. No pueda ser que entonces …..