Cuántas
vidas vivimos.
Cuántas
veces morimos.
Dicen
que todos perdemos 21 gramos en el momento exacto de la muerte.
Todos.
Cuánto
cabe en 21 gramos.
Cuánto
se pierde.
Cuándo
perdemos 21 gramos.
Cuánto
se va con ellos.
Cuánto
se gana.
Cuánto,
se gana.
Un pequeño paréntesis que dura más de la cuenta.
Un parón en el tiempo en el cual
se nos han congelado las pestañas
y nos sobran las razones para dejar de respirar.
Y así, van pasando los días,
lentos.
Recordándonos todas las razones
por las que jamás debimos hacer las maletas
por las que jamás debimos hacer las maletas
y a la vez,
cubriéndonos de nuevas excusas para no poder volver
atrás.
¿Resultado?
Esta especie de mezcla de penitencia y desgana
que se entremezcla con el café por las mañanas
que se entremezcla con el café por las mañanas
tiñendo a los días de ese violeta horrible que
siempre detestaste.
Y cómo de fuerte será que a pesar de tus intentos de
rasparlo,
no logras volver a sacar el brillo de antaño.
Y sigues frotando todavía un poco más,
un poco más fuerte,
y al final el rojo,
de tu propia sangre.
Nos hemos olvidado de perseguir las curvas.
Hemos decidido acomodarnos en esta autopista de
paisaje insípido
con un letrero al frente que dice
“a dónde sea, menos a dónde soñaste”.
Y parece que
hasta el sol se burla de tu propia desventura
no queriendo volver a salir.
“Llueve otra vez”, piensas
y por qué será entonces que a tu alrededor todo está
tan seco
que marea el polvo que se desata por allá donde
pisas.
Se podría definir como una mezcla de podredumbre.
Como aquel bar cerrado que nunca nadie quiso volver
a comprar
dónde las botellas de whiskey se amontonan al otro
lado de la barra
acumulando historias sin final,
batallas perdidas dignas de mil poesías
que se olvidaron en el cajón del cambio
y nadie nunca se molestó,
ni siquiera en robar.
Y sí, siguen pasando los días.
Como una película en blanco y negro rodada a cámara
lenta
tan aburrida y patética que nadie tiene el valor de levantarse
más por lástima que por vergüenza.
“Todos nos merecemos una oportunidad”
y te sonríen desde la puerta disfrutando de ver como
ellos se quedan fuera
y a ti te encierran dentro
para que luches contra tus propias decisiones.
Rodeado de tus recuerdos de aquel momento en el que
casi tocaste el cielo
y decidiste en cambio jugar con fuego,
sin importarte el resultado final.
“Tenía tantas ganas como miedo”
y la curiosidad una vez más se encargó
de olvidarse a la razón por el camino
de olvidarse a la razón por el camino
para acabar rodeados de finales sin principios
de esos que pesan incluso más.
Y los digieres a base de cerveza barata y sonrisas
sarcásticas
sabiendo que jamás podrás perdonarte,
y vivirás sufriendo las consecuencias de a quién le
dieron a elegir
y mirando al cielo, eligió el infierno.
Creyendo fielmente que una coraza tan grande,
le impediría quemarse.
(A estas alturas alguien debió explicarle que
no hay quemadura más grande que la que uno se produce a si mismo.
Y no hay hielo en el mundo capaz de conseguir
que deje de arder)
Sobran las razones para salir corriendo pero una vez
más.
Te ha faltado el aliento.
Y ya no estarán para reponértelo.
“Solo se necesita valor para cambiar el rumbo de los acontecimientos”
y ganas. Añadiría yo.
[…]
21
gramos.
El
peso de 5 monedas de 5 centavos.
El
peso de un colibrí.
De
una chocolatina.

This truly is an amazing piece of writing :)
ResponderEliminarMuy bueno
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