Tarde o temprano la gente se olvida. No importa cuantas veces oigamos las misma frases vacías. A la hora de la verdad nada importa; nadie nace para estar solo pero al final del día nadie duerme acompañado.
Nos asusta el tiempo, más que nada en este mundo. Las cosas que nunca haremos, los sitios que jamás visitaremos, la gente que tal vez nunca conozcamos… Vértigo. Vértigo de vivir demasiado rápido y sentir demasiado poco. Somos conscientes, nos despertamos cada día y alguna parte de nosotros mismos se pregunta si será el último.
Y aun así de igual manera, lo dejamos pasar, nos dejamos marchar. Continuamos el viaje y nos olvidamos de aquellos que juraron hacerlo a nuestro lado. “Nada es tan importante”, ¿verdad? Que el presente, el momento que tenemos en frente. Pues bien, necios como somos nos lo acabamos creyendo y el mundo acaba reducido al egoísmo de intentar seguir sobreviviendo. Día a día, sin importar qué o a quién dejaste detrás.
Nos auto-convencemos de nuestra propia fuerza, y nos sentimos invencibles.
Que sí, que yo también he estado ahí…
Que sí, que yo también he estado ahí…
Y luego en un instante todo se acaba. Y en algún punto de tu memoria recuerdas aquel día en que te juraste que aún no terminaría. Que teníamos tiempo, que nos quedaban tantas cosas por hacer que qué necesidad había de intentar correr.
Luego el abismo se hace inmenso y nadie puede ayudarte a salvarlo. Y los puentes que construyes son tan frágiles que les basta un soplo de aire frío para derrumbarse de nuevo…
Y ahí te quedas tú. Débil, vulnerable. Con tus recuerdos como única compañía. ¿Y dónde fueron todos aquellos que tanto prometieron?
(...) El mundo nunca dejó de girar por ti ni un solo instante.
Y llevas el caño a tu sien apretando bien las muelas. Y cierras los ojos y ves todo el mar en primavera. “Bang, bang, bang”, hojas muertas que caen, siempre igual, y los que no pueden más; se van…