lunes, 14 de noviembre de 2016

seis.



Noviembre.
Y esta vez se ha sentado casi a saludar.
Como diciendo que pasaba por aquí y no sabe de qué me sorprendo
si ya conozco la historia que viene a contarme.
Después me ha ido dando las noticias.
Sin descanso. Casi en un vómito de palabras
me ha ido apedreando el corazón.
Hola noviembre, te vas a quedar sin excusas para tanto naufragio
Te vas a asfixiar entre impagos y justificaciones.
Maldito tú, noviembre.
Y no se por qué este año, tampoco te esperábamos tan pronto.

--

Rabia.
La que nos hincha las venas al recordar
que nos sobró hormigón para tan poca carretera,
que nos faltaron bengalas para tanta llama,
que todo vino a borbotones;
como el niño que escupe sus mentiras según le corrompe el miedo,
como una tormenta de invierno
como los arañazos que recibimos después de ti.
El eterno grito ahogado de quien le escupe su pena al viento
y éste se la devuelve en forma de soplo helado
casi queriendo que duela más. Que hiele más.
Y así demostrar que el destino tiene derecho a todo
y que la compasión siempre fue un concepto inventado 
por los que no lo soportaron.
Luego la risa tras tu derrota y tus lágrimas de mal perdedor.
Que nunca firmaste un mundo así
y mira que hay razones para sentirse agradecido.
Pero qué egoístas somos a veces.

--

Tristeza.
Contaré historias tristes que les hagan creer que hablo de ellos
Ingenuos. ¿Verdad?
Si la única historia triste que de verdad existió alguna vez fue la nuestra.
Fue el día en que decidieron que tú y yo ya no íbamos a ser más,
que tenía que empezar a ser yo sola.
Y esa eterna pregunta,
¿por qué a mí?
(Así de egoístas somos a veces)
Demasiado pronto, demasiado impreciso.
Demasiado a destiempo.

--

Recuerdos.
Los que nos esforzamos en desempolvar en noches como ésta.
Recuerdos que saben a sal de Atlántico y a razones para ser feliz.
Momentos que se mezclan en la memoria como luces de Navidad parpadeantes
que ya no saben si brillar por los año nuevos
o apagarse por los que se fueron.

--

Fuerza.
La que nos llega con el paso del tiempo.
La que nos ayuda a rompernos por dentro
y a encontrar el pegamento para recomponernos.
Llevamos tantos parches a nuestras espaldas
que ya no sé reconocer lo que es costura de lo que es remiendo.

--

Tiempo.
El que he tardado en acostumbrarme a echarte de menos.
Y el que todavía me queda para aprender a no olvidarte.
El que aún tenemos para demostrarles,
que todavía estarás cerca mientras duela
y que las lágrimas que tanto odian no son más que muestras de ello.

--

Futuro.
El que me queda por vivir sin-tigo.

El que me queda por vivir por ti.




[...]





6 años. Y 6000 abrazos.
Te quiero.


domingo, 11 de septiembre de 2016

Norwegian wood


Ahora sé por qué me pidió que no la olvidara. Por supuesto, ella intuía que mi memoria la borraría algún día. Por eso me lo pidió: «¿Te acordarás siempre de que existo y de que he estado a tu lado?» Este pensamiento me llena de una tristeza insoportable.

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La recuerdo entre flores de lavanda. Demasiado pequeña para las primeras arrugas, demasiado prematura para las primeras canas. Y en su interior, una fuerza de cien mil generaciones que rugían por encima de su voz.
Si me esfuerzo recuerdo sus manos, o más aún, recuerdo sus pies. Descalzos, con intención de recorrer todos los mundos que pudiesen presentarle. Y a mí a su lado, durante el tiempo que durase. Nos bebíamos el amor como si de tequila se tratase; con más ganas, con más fuerza, siempre apurando el último trago y aun así sabiendo que la resaca sería dolorosa y que no bastaría saliva para curarse.
Nos faltó tiempo, nos sobró vida. Con ella aprendí el significado de la palabra juventud, la cual se nos antojaba corta, desmedida. Lo aprendimos todo o por lo menos todo aquello que de verdad merece la pena; el valor de un sueño, la importancia de los propios fracasos, la necesidad de volverlo e intentar. Fuimos risa y fuimos llanto. Pero ante todo fuimos fuerza, por encima de todo lo demás. Nos pusimos un techo invisible que anhelábamos traspasar. Teníamos tantas ganas de sentirlo todo que las fronteras nunca fueron suficientes y ahí empezó nuestro calvario. El mundo era demasiado grande y nosotros demasiado testarudos como para renunciar.
Tal vez por eso me citaba a Murakami. Tal vez su cabeza, siempre por delante de la mía, ya sabía que no se podía evitar lo inevitable y nuestro final se acercaba. Aun así, me invitaba a reflexionar. “¿Te acordarás siempre de que existo y de que he estado a tu lado?”
El día que se fue el primero que fui olvidando. Quizás lo achaqué a crecer y a la necesidad de dar espacio para tiempos nuevos, mejores. Nunca creímos en la nostalgia ni en la necesidad de echar de menos. Nos sentíamos más fuertes que ambos, y el silencio fue la mejor muestra de ello.
Poco a poco fue pasando el tiempo. Y el mundo que antes se nos antojaba tan grande poco a poco se fue haciendo más pequeño. Un par de cartas, alguna postal. Y en esa última tarde de abril, el mismo mensaje. “No olvides recordarme”.

[…]

Ocho años han pasado desde la última vez que nos vimos y hoy me he sentado a intentar imaginarte. He empezado por tu pelo y he seguido por tus ojos, por tus labios, y por ese hoyuelo que se formaba en tus mejillas cuando reías. He tirado el lápiz desesperado al darme cuenta de que una vez más, siempre tuviste razón. Y mi memoria ha sido incapaz de dibujarte.
Me he tumbado en la cama a ver pasar la tarde desde la ventana de la habitación y he puesto en modo replay toda esa música que un día tocaste. Y entonces ahí, nota a nota, compás a compás, he vuelto a tener ocho años menos y tú has vuelto a recrearte aquí a mi lado, demostrándome lo equivocados que estábamos. Demostrándome que jamás te fuiste, o por lo menos, que fue tu recuerdo el que se quedó.

Ahora te tengo aquí sentada en tu postura favorita a escasos centímetros de mi cama y solo puedo escribirte la última carta y decirte que no, que esta vez no tuviste razón. Hay personas que llegan a tu vida para quedarse, y otras que llegan a tu vida para darle un vuelco a tus principios y después largarse. Tú siempre perteneciste al segundo bando, y por ello jamás me molesté en buscarte. El tiempo me hizo cambiar el tequila por la cerveza, y con ella fui disipando las resacas del corazón. Pero en un último guiño te diré, que nosotros ganamos, princesa. Y que podrá pasar una vida, o las que vengan después, que jamás podré olvidar aquella fuerza con la que me dibujaste en el mundo con muy pocos años, e infinito tiempo. Que aunque el camino se torciese y no seamos la mitad de lo que prometimos llegar a ser la esencia no ha cambiado. Y una parte de ella siempre llevará tu nombre. 

Y como siempre, cuídate de más...

miércoles, 8 de junio de 2016

two.


ocho de junio.
i.

Siempre me he preguntado cuál fue el momento
que se convirtió en el comienzo de todo .
Si fue como en las canciones y nos bastó una mirada
o me pillaste con la guardia baja y sin querer te colaste a dormir
y ya nunca supe como echarte.
Siempre me he preguntado si fue más tu manera de reírme las bromas
o mi insistencia en buscar miles de excusas para volver a verte.
Nunca encuentro ninguna respuesta,
y al final siempre termino dándome cuenta,
de que quizás el comienzo nunca fue tan importante
y que tal vez fue el viento y nos lo explicó la primavera:
“Hay momentos que pueden cambiarlo todo;
Tanto que son capaces de reducir el pasado a nada.”

ii.


Hubo mucho tiempo. Mucho antes de llegar ahí.
Aprender de golpe a golpe y con golpes de suerte.
Dejé de creer en las escaladas a ciegas
si no vislumbraba la cima de la montaña.
Teníamos las rodillas tan raspadas
que ya no distinguíamos la sal del agua oxigenada
y nos conformabamos con bebernos las heridas con más tequila que amor
por lo de la facilidad de controlar la resaca física, 
y no tanto la del corazón.


Vivíamos entre días malos y noches llenas de ausencia 
en las que se te desgarraba el alma
sólo por habernos saltado la lección
en la que se supone que uno aprende a echar de menos.
Había noches que podían resumirse en un grito que no te suelta,
en un abrazo que no termina de llegar,
en un beso que terminas por tragarte por miedo de pensar
que si no habías sabido quererte tú a ti mismo,
quien podía existir allí afuera capaz de conseguirlo.


Luego al amanecer, recogíamos los rifles 
y nos lamíamos las hostias los unos a los otros.
Que había mucho mundo fuera, y demasiada hierba verde por descubrir 
como para molestarse en intentar entender 
nada de lo que ocurría en el interior de nuestra coraza.
Mal de muchos, problema de otros.
Cloacas de historias de fracasos que había que enterrar bien al fondo
Y en la cara una sonrisa pintada con el mejor pincel
Nuestro mundo un secreto. 
El futuro, también.


Recuerdo el inicio.
A veces me he sentido paréntesis 
de un mar de sueños frustrados sin ganas de aprender a nadar.
Nunca supe si fui más balsa a la que aferrarse
o losa que empujaba más al fondo
Supongo que es dificil encontrar el equilibrio entre realidades tan distintas


y solo queda creerse el lado bueno para poder sobrevivir

iii.


Pero luego llegó. Ese momento.
Esa chispa de ilusión que aumentaba
de manera exponencial a los pasos que daba contigo
y estallaba en un millón de voltios que nos pararon el corazón
Se nos activaron todas las alarmas.
Se rompieron los termómetros.
Y así, como un manual a destiempo me explicaste los días 
y me solucionaste las noches.
Me enseñaste a quererme a mí, y a mis fantasmas,
y a todos los miedos que no me dejaban dormir.
Unimos tu sensatez y mi fuerza y creamos un imperio de ilusiones
a base de ganas y necesidad de querernos.
Y la eterna ataraxia de fondo.
Ataraxia de haber encontrado una mano a la que aferrarse,
incluso cuando ya no quedaba nada más.

Nos lo creímos. Nos lo creímos del todo.
Y así, construimos un fuerte a base de caña de bambú y ladrillos de barro.
y se nos ha caído encima tantas veces que un buen día dejé de contarlas
Dejamos de hacer preguntas.
Y ante la duda, 
siempre encontramos el botón de restart.
Repartiamos el espacio y el tiempo
de tal forma que agobiara lo menos posible.
Declaramos la guerra a la soledad y la ganamos.
Y al final, cada día se convirtió en una aventura. 
La nuestra.


Y claro que a veces me fallan las fuerzas
y vuelven a mí las ganas de salir corriendo de antaño.
Y no sé si es odio 
o solo tristeza acumulada
pero me aprieta desde la barriga explotando en mi cabeza
en un millón de posbilidades ficticias
que me abruman de pena y alimentan mis monstruos
y me siguen impidiendo dormir por las noches.


Pero luego me acuerdo de tu risa,
y se me pasa.

iv.


“Has dejado de escribir”
o algo de eso me echan en cara.
No saben que la poesía a veces
no hay que buscarla en las letras,
que yo la encontré en tus manos.
y en tu mirada.
A veces la poesía es para ti
y otras veces hay que regalarla


Y se vuelve algo así como el tatuaje que llevamos a la espalda


Eterna

Mágica.

martes, 29 de marzo de 2016

Vértigo




“¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída? ¿Pero por qué también nos da vértigo un mirador provisto de una valla segura? El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.”

Milan Kundera

[…]

La observo de puntillas, tratando de alcanzar el último estante de esta habitación que se cae a pedazos en un intento de alcanzar la caja de zapatos dónde guarda el mechero de los “por si acaso”. Ese que junto al papel de liar representa todos sus intentos de dejar de fumar. Intenta no fustigarse demasiado cuando se asoma a la ventana y piensa, entre calada y calada, en lo mucho que le apetece sentarse en el alféizar y dejar los pies colgar desde el undécimo piso de esta habitación. La que se cae a pedazos. Pero no lo hace. Hay imprudencias del pasado que deberían de tener fecha de caducidad.  Tal vez simplemente el vértigo se vuelve más complicado con la edad. Y se acuerda entonces de Milan Kundera y de esas frases que sin querer, parecían explicar más de su vida que de un miedo que afecta a un gran porcentaje de la humanidad.
Debería ordenar la habitación. Parece pensar. Tal vez tirar todo a la basura y volver a empezar de cero. Podría volverse una de esas chicas que recogen muebles antiguos y los restauran, dándoles usos nuevos, añadiéndoles más color y borrando los restos del pasado. Quién sabe, quizás al final no hace falta nada más que una lija en condiciones para limar las astillas, cubrirlo todo de barniz y volver a empezar. Quizás con el corazón ocurra algo parecido. Tal vez.

La observo cerrar la ventana. Tiene frío. Mira alrededor. Me hago el dormido. La miro sentarse a los pies de la cama y ponerse a pintar. Me quedo observándola un rato por el rabillo del ojo. Su cara de concentración. Esa manía de torcer la cabeza hacia el lado izquierdo cuando frunce el ceño. Su forma de agarrar el lapicero, con gesto firme y a la vez, con una magia que no he visto jamás en nadie más. Así es ella. Como un director de orquesta justo antes de empezar la función. Sonrío. Reconozco ese gesto. Ya no está aquí, es incapaz de verme. Pero casi de forma inconsciente alarga su brazo izquierdo y me roza con las yemas de los dedos. Luego suspira y casi puedo sentir la corriente eléctrica que sube por su espina dorsal. Su respiración se vuelve más acompasada y de pronto algo cambia. La habitación ya no se cae tanto a pedazos. Puedo percibir como en su penumbra ha vuelto a salir el sol. Se levanta de la cama y casi se me escapa una carcajada cuando torpemente se dispone a tirar la caja de cartón por la ventana. Veo como sus ojos reparan en el cuadro que compramos en el último viaje al país de nunca jamás. Sonríe. Se aleja el invierno. Vuelve a sentarse y me distraigo en observar como sus rizos se deshacen por encima de su espalda. Desde mi posición, estiro la mano hasta rozar los pliegues de su jersey. No se vuelve hacia mí, pero sé que ha cerrado los ojos.
Vuelve a coger el lapicero.
Y me quedo dormido. 


martes, 16 de febrero de 2016

message in a bottle

La nostalgia también es preciosa, a veces.
Aunque no me saque a bailar esta noche,
ni me ayude a dibujarte de madrugada.

Nos hemos esforzado tanto en dejarnos atrás
que a veces ya no me acuerdo de lo que era tenernos.
Pasa con todo, o eso dicen.
Con las decisiones mal digeridas,
con las visitas que no salen bien,
con las discusiones sin origen y sin final.
Y con las personas,
sobre todo con las personas.

Vivimos enfrascados en una persecución sin precedentes:
“Todos contra los recuerdos”
Huyamos de aquello que pueda recordarnos
que alguna vez hubo algo bueno en esta historia.
Enterremos memorias,
abandonemos lugares,
cojamos aviones sin preocuparnos por el destino que anuncia el billete

Todo para llegar a la puerta de llegadas y darse cuenta
de que ella está allí. Esperándonos.
Con un cartel bien grande que reza:

“A dónde quieras, pero conmigo”

Y es ahí dónde nos hemos encontrado esta noche,
jugando a no buscarnos en la oscuridad,
entre un millón de recuerdos que hablaban de tiempos
en los que todavía había cuentos para hacernos soñar.

Y los hemos enumerado. A todos.
A todos los que se han ido porque se los han llevado.
Y a todos los que se han ido sin más.

Y les hemos escrito un mensaje. A cada uno.
Recordándoles todos esos recuerdos que enfrascamos alguna vez
en mil botellas de cristal.
Y cerrando los ojos hemos deseado que algún día
encuentren la orilla de sus nuevas vidas,
Para que también les roce a ellos, la nostalgia
Y que no la sientan como una enemiga sino que la acaricien.
Despacio.

Como un gato que viene a arañarnos,
y a jugar con nosotros
Como las cicatrices que surgían de jugar a ser valientes,
y no de quemarnos.
Como una señal del pasado
que nos acompañará en el futuro.

La nostalgia también es preciosa, a veces.
Aunque no lleve carmín en los labios
Y casi siempre vista de negro.
Aunque no se lave la cara antes de irse a dormir.

También es preciosa.


A veces.