Cerrar años a veces es como cerrar libros, de
esos que todavía parece que deberían durar un poco más.
Cerrarlos aquí es como coger este cuarto de
siglo y examinarlo de nuevo. Día a día, minuto a minuto. Cada éxito, cada
fallo. Como si no hubiésemos perdido tanto tiempo en tratar de buscarnos y todo
se resumiese a un instante.
Dicen que hay personas que significan
hogar, y a los que no puedes evitar volver cuando las cosas se tuercen. A mí me
pasa lo mismo con estas rocas, con este océano. Se volvieron mi persona, sin ni
siquiera entenderlo.
Se me escapan las huellas de mi yo de 15
años saltando de roca en roca y jurándole al Atlántico que el año que viene
sería mejor. Escribíamos nuestros sueños en papeles de colores y enviábamos mil
mensajes en botellas de cristal. Soñábamos con ese alguien al otro lado de la
inmensidad que viniese a decirnos que las ilusiones todavía se cumplen. Que
vivir consistía en eso, en coger todas tus cosas; tus ropas, tus amuletos, tus
libros, lo que sea que hiciese de ti lo que eras y te gustase que fuera así.
Cogerlo y tratar de meterlo en una maleta. Hacer de tu vida un viaje consistía
en eso, en formar un hogar del sitio en donde vivieses. En ir con la casa a
cuestas. Y poder cargar con ella, subir montañas, cruzar ríos, volar.
Con el tiempo comprendimos que no hacía
falta nadie que viniese a tendernos la mano y que las maletas las puede llenar
uno mismo. Y nos fuimos, ¿verdad? Y subimos montañas, cruzamos ríos, y
aprendimos a volar.
Conocimos la felicidad en su mayor grado, y
a veces me pregunto por qué volver. Pero también conocimos el llanto, y el
dolor, y la soledad; y es entonces cuando sienta bien dejarse mecer por las
olas y por este atardecer con sabor a sal. Es una de las grandes virtudes de
este mar. Que es capaz de ponerlo todo en sitio. Sin altos, sin bajos. Srivatsa lo llamamos una vez. Y ahora lo
llevo tatuado en la nuca. Por si alguna vez se me olvida dónde voy, por lo
menos me acuerde de dónde vengo.
Hace frío. Ya se me había olvidado lo que
era Canarias en diciembre. Ese sol que juega a salir a abrasarte y a esconderse
y a congelarte. Sigue siendo tan bonito que casi lloras, ¿verdad? Hay pocos
lugares que consiguen hacerte sentir tan bien. Para mí no son más que señales,
de todos los triunfos y derrotas que dejamos atrás, un año más. De lo que somos
y lo que hemos sido, y con qué de todo eso te quieres quedar.
No han sido tiempos fáciles, ni bonitos.
Pero también, cuándo lo son. Añadimos un par de cicatrices más a la colección y
un par de aprendizajes para el camino. Me lo cuentan las piedras lisas de la erosión;
hemos limado asperezas, somos un poco más mayores, un poquito más sabios ¿cierto?
Y también un poco más gilipollas, para qué nos vamos a engañar.
Pero ven, vamos a cerrar un segundo los ojos
y a poner en rewind estos
26 inviernos.
Vamos a acordarnos de los abrazos, de
aquellos que estuvieron y que más tarde se fueron.
Vamos a encender una vela por los que ya no
están, y a lanzársela al mar, para que nunca se apague.
Vamos a recordar quienes fuimos, los sueños
que nunca cumplimos, y también aquellos que fueron evolucionando hasta volverse
el mundo que conocemos.
Y vamos a pedir perdón por todas las cosas
que prometimos no hacer jamás y que hemos repetido sin parar; vamos a aprender
a perdonar, al mundo y a nosotros mismos y a entender que no hay nada de malo
en ser humanos, y que al final, con 15 o con 26, seguimos estando aquí para
aprender.
Y también, también vamos a bridar. Y a
levantarnos a gritar muy alto “hi hi hi to the next times”. Y bienvenidos todos
los besos que nos quedan, todas las fantasías por cumplir. Bienvenida la risa,
bienvenido el futuro. Bienvenido el no saber lo que va a pasar. Ya lo cantaba
Astrud: “quizá el mejor momento de las cosas es cuando no han pasado, porque
luego todo lo que puede hacerse es comentarlo y esperar a que estén a punto de
pasar cosas nuevas, y ocuparse de ellas.”
Pues hoy se lo dedico a mi yo de 15 años.
Las cosas siguen siendo igual de raras y bonitas, y siguen dando miedo y dando
risa de tan por estrenar que se presentan.
Y contra ese miedo, y ese pánico, de todo
lo que podemos hacer y no hacemos, de todo el tiempo que nos queda y del que
nos falta. Contra ese terror no podemos hacer nada.
Así que hoy se lo lanzo al mar en una botella
de cristal. Con todas mis dudas, con todos mis miedos. Y que lo destile quien
se lo quiera encontrar.
Ya huele a 1 de enero.