Ahora sé por qué me pidió que no la olvidara. Por supuesto, ella intuía que
mi memoria la borraría algún día. Por eso me lo pidió: «¿Te acordarás siempre
de que existo y de que he estado a tu lado?» Este pensamiento me llena de una
tristeza insoportable.
-------
La recuerdo entre flores de lavanda.
Demasiado pequeña para las primeras arrugas, demasiado prematura para las
primeras canas. Y en su interior, una fuerza de cien mil generaciones que
rugían por encima de su voz.
Si me esfuerzo recuerdo sus manos, o más
aún, recuerdo sus pies. Descalzos, con intención de recorrer todos los mundos
que pudiesen presentarle. Y a mí a su lado, durante el tiempo que durase. Nos
bebíamos el amor como si de tequila se tratase; con más ganas, con más fuerza,
siempre apurando el último trago y aun así sabiendo que la resaca sería
dolorosa y que no bastaría saliva para curarse.
Nos faltó tiempo, nos sobró vida. Con ella
aprendí el significado de la palabra juventud, la cual se nos antojaba corta,
desmedida. Lo aprendimos todo o por lo menos todo aquello que de verdad merece
la pena; el valor de un sueño, la importancia de los propios fracasos, la
necesidad de volverlo e intentar. Fuimos risa y fuimos llanto. Pero ante todo
fuimos fuerza, por encima de todo lo demás. Nos pusimos un techo invisible que
anhelábamos traspasar. Teníamos tantas ganas de sentirlo todo que las fronteras
nunca fueron suficientes y ahí empezó nuestro calvario. El mundo era demasiado
grande y nosotros demasiado testarudos como para renunciar.
Tal vez por eso me citaba a Murakami. Tal
vez su cabeza, siempre por delante de la mía, ya sabía que no se podía evitar
lo inevitable y nuestro final se acercaba. Aun así, me invitaba a reflexionar. “¿Te acordarás siempre de que existo y de
que he estado a tu lado?”
El día que se fue el primero que fui
olvidando. Quizás lo achaqué a crecer y a la necesidad de dar espacio para
tiempos nuevos, mejores. Nunca creímos en la nostalgia ni en la necesidad de
echar de menos. Nos sentíamos más fuertes que ambos, y el silencio fue la mejor
muestra de ello.
Poco a poco fue pasando el tiempo. Y el
mundo que antes se nos antojaba tan grande poco a poco se fue haciendo más
pequeño. Un par de cartas, alguna postal. Y en esa última tarde de abril, el
mismo mensaje. “No olvides recordarme”.
[…]
Ocho años han pasado desde la última vez
que nos vimos y hoy me he sentado a intentar imaginarte. He empezado por tu
pelo y he seguido por tus ojos, por tus labios, y por ese hoyuelo que se
formaba en tus mejillas cuando reías. He tirado el lápiz desesperado al darme
cuenta de que una vez más, siempre tuviste razón. Y mi memoria ha sido incapaz
de dibujarte.
Me he tumbado en la cama a ver pasar la
tarde desde la ventana de la habitación y he puesto en modo replay toda esa música que un día
tocaste. Y entonces ahí, nota a nota, compás a compás, he vuelto a tener ocho años
menos y tú has vuelto a recrearte aquí a mi lado, demostrándome lo equivocados
que estábamos. Demostrándome que jamás te fuiste, o por lo menos, que fue tu
recuerdo el que se quedó.
Ahora te tengo aquí sentada en tu postura
favorita a escasos centímetros de mi cama y solo puedo escribirte la última
carta y decirte que no, que esta vez no tuviste razón. Hay personas que llegan
a tu vida para quedarse, y otras que llegan a tu vida para darle un vuelco a
tus principios y después largarse. Tú siempre perteneciste al segundo bando, y
por ello jamás me molesté en buscarte. El tiempo me hizo cambiar el tequila por
la cerveza, y con ella fui disipando las resacas del corazón. Pero en un último
guiño te diré, que nosotros ganamos, princesa. Y que podrá pasar una vida, o
las que vengan después, que jamás podré olvidar aquella fuerza con la que me
dibujaste en el mundo con muy pocos años, e infinito tiempo. Que aunque el
camino se torciese y no seamos la mitad de lo que prometimos llegar a ser la
esencia no ha cambiado. Y una parte de ella siempre llevará tu nombre.
Y como siempre, cuídate de más...
Y como siempre, cuídate de más...