Para cuándo
quise darme cuenta
en la almohada
sólo quedaba aquella sensación de calidez caduca.
Como un atisbo
de pulcritud infinita empapada de mediocridad a medias
que solo queda
borrar a base de paciencia.
Huía rápido.
Muy rápido.
Como si le
faltase el aire para mirar atrás.
Corría de todo
aquello que pudiese entretenerla en recordar
que quizás en
algún momento algo de todo aquello pudo llevar su nombre.
Una vez se lo
oí chillar al viento
“Es la
velocidad la que nos consume”
Y en un
intento de perseguir lo contrario acabó por subirse al mundo,
supongo.
Y allí, entre
laberintos de edificios sin final
le ahogó la
claustrofobia de bares sin nombre
y retahílas de
recuerdos de sabor amargo
que
acostumbraba a repartir entre sus paredes
Cada vez más
rápido.
No fuese a ser
que alguien se fijase en que no tenía ni idea de a dónde iba,
que hacía
mucho que había perdido el rumbo
y para vivir
entre humo, siempre es mejor seguir corriendo.
Lejos quedaban
los vendavales de invierno
y los
huracanes originados a base de cenizas del corazón
En el final de
su carrera solo existía espacio para un mar de confesiones
en el que
había sitio para todo
menos para mí.
No pude sino
sentir entenderlo
No sería yo
quien se atreviese a juzgar la falta de aire
de un corazón
que se apaga
Ni tampoco el
culpable de intentar atrapar
las ansias de
vida en un espacio que se han empeñado en limitar
a base de
palabras que escriben demasiado,
y luego no
dicen nada.
Quién no se ha
visto acobardado por un cúmulo de malas de decisiones
que van
creando montañas enterrándonos por dentro,
asfixiándonos
a partir de nuestros propios miedos,
de nuestra
propia incapacidad para saber dar la mano
sin regalar el
alma
Dicen que si
esperas lo suficiente
la sensación
de presión la alivia el tiempo
Ya no estaremos
para comprobarlo
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Amanecía entre
resacas saladas
de todo lo que
no nos llegamos a decir a falta de sueño
Y tú, entre ciclogenesis
de sensaciones contrarias
me confesaste
las diferencias entre el arrepentimiento y la culpabilidad
Y me contabas
que toda huida tiene como finalidad alejarnos de un objetivo,
olvidar alguna
eventualidad absurda que nos evite dormir por las noches,
acercarnos a
nuevas razones para seguir contando amaneceres
y dejar a
atrás cualquier razón que pueda impedírnoslo
Y mientras
tanto yo te contestaba que toda huida no es nada más
que la
convicción de un cobarde de que la
osadía todavía es una realidad al alcanzable
O en nuestro caso
la necesidad
de sentirnos vivos.
Y qué equivocado estaba.