martes, 7 de marzo de 2017

Dónde acaba un beso

Avísame si te rompes por dentro, somos
frágiles como corazones de insectos, abrazos de agua.
Y en el mismo suelo, si te mueves yo también me muevo.
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Comenzó como todas las historias que no deberían haber empezado nunca y sin darnos cuenta nos zambullimos en el nudo sin haber pasado por la introducción. A mi buzón nunca llegaron preguntas de quién era, dónde había estado, o a qué lugar me dirigía sino que todas las cuestiones absurdas nos las bebimos a cerveza una tarde de mucho viento y poco sol. Sin darme cuenta me sorprendí esperándote aparecer por la puerta y aprenderme tus gestos se convirtió en mi pasatiempo favorito. Compartíamos todo, menos nada en común. Quizás por eso me gustó tanto al principio. Eras la antítesis de un futuro normal y quizás por eso te convertiste en una inconexión total con mi presente. Representabas ese acertijo que no deja dormir por las noches. Tan incoherente como atrevido. Tan absurdo como atractivo.
Tu presente, en cambio, fluía por tus venas a la velocidad de la luz y suprimías mis dudas a base de falta de tiempo para pensar demasiado. No hubo planteamientos ni tampoco oportunidad de desconfiar. Sólo un continuo desasosiego teñido de mi “falta de” que llenabas de besos que transformaban mis lacras en ganas. Mis miedos en ilusión. Por supuesto, existía una careta de despreocupación fingida que fuimos desnudando a base de pocas palabras y mucho café. Y lo que descubrí, me cautivó todavía más de lo que había podido encandilarme al principio. Así, me cercioré de que tus apariencias de indiferencia no eran sino un disfraz de mucha ambición empapada en grandes dosis de cobardía. De ganas de experimentar teñidas de una rutina ilógica que tú culpabas como vida.
No pude entenderlo. Si para mí tus cadenas no eran sino aire a presión tratando de esconderte de lo que realmente eras. Que la luz que intentabas ocultar siempre fue más fuerte que la oscuridad que intentabas imponer. Si cada paso que daba hacia ti jamás me dejaba con sabor a menos, sino más bien, con ganas de más. Casi lo consigo, ¿sabes? Y me inventé un presente paralelo en el que tus cadenas se transformaban en puentes y tu oscuridad en carreteras hacia un futuro mejor. Me lo creí, del todo. Y mientras dibujaba nuestro mundo paralelo contrarresté diferencias y vencí a tus rutinas y a mis miedos de. Allí, en nuestro presente inventado pude constatar que efectivamente, siempre fuiste más que lo que contabas a la gente, y detrás de tu disfraz había alguien con una fuerza capaz de derribar muros, si tan solo te hubieran dado la oportunidad. Me lo contabas a sorbitos de café mientras se te iluminaban los ojos y yo, más tarde, dibujaba tu ilusión en forma de sueños por cumplir a los que solo les faltaba un poco de aliño. Un poco de luz. Pude entenderlo, todo. Pude comprender el momento en el que te cortaron las alas y a falta de fuerzas te dejaste llevar. E idiota de mí me creí capaz de devolvértelas, y confíe en que si me esforzaba podía convertirme en tu segunda oportunidad. Y es que por muy ridículo que pueda parecerte, dentro de nuestro absurdo mundo inventado nada me hubiese hecho más feliz que conseguir verte volar.

Como siempre, me olvidé de que a veces las normas no las dictamos nosotros mismos, que a veces vienen impuestas. Me olvidé de que nuestro presente no era el ficticio, y el real nos reclamaba como un padre que te obliga a volver a casa a cenar. Y al volver a la realidad la hostia fue demasiado grande como para querer volver a levantarnos. Dicen que las preguntas que más duelen son aquellas de las que ya sabes la respuesta y tú ya habías elegido antes de que yo pudiese preguntar. En un instante se destruyó el presente ficticio y a mis dibujos se los acabaron llevando entre todos. Como a la ilusión. Como ocurrió antes, hace ya demasiado tiempo. Todavía quedaba un destello para volverlo a intentar pero decidiste que esta vez habíamos crecido demasiado como para fingir que el camino no seguiría en direcciones opuestas. Que más valía escuchar a la razón. Que en la vida que vivimos no había espacio para alfombras mágicas, y ya era muy tarde para aprender a levantar el vuelo.

[…]

Hoy ya es casi primavera, y como cada año parece que el presente nos concede una tregua para intentar que vuelva a salir el sol. Mi realidad sigue siendo igual de oscura que el día que sin querer, ya me conocías, pero aún así he aprendido a confiar en los destellos que me indican que es hora de cambiar de rumbo; que como siempre, es hora de volverlo a intentar.
Y aunque probablemente llegue tarde, me atrevo a pedirte que no te olvides, que me guardes en algún rincón de tu persona para cuando en invierno, te falle la ilusión. Que los mundos inventados todavía pueden existir, solo hace falta quererlo lo suficiente. Ningún presente es lo bastante real como para vencer a la ilusión del que aún tiene ganas. O eso cuentan. O eso me gusta pensar. Tal vez.

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Te seguí alrededor de los tejados,
me acomodé en tu risa.
Y en el mismo suelo nos hundimos, blanco sobre blanco,
sé donde acaba un beso.