Avísame si te rompes por dentro, somos
frágiles como corazones de insectos, abrazos de agua.
Y en el mismo suelo, si te mueves yo también me muevo.
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Comenzó como todas las historias que no
deberían haber empezado nunca y sin darnos cuenta nos zambullimos en el nudo
sin haber pasado por la introducción. A mi buzón nunca llegaron preguntas de quién
era, dónde había estado, o a qué lugar me dirigía sino que todas las cuestiones
absurdas nos las bebimos a cerveza una tarde de mucho viento y poco sol. Sin
darme cuenta me sorprendí esperándote aparecer por la puerta y aprenderme tus
gestos se convirtió en mi pasatiempo favorito. Compartíamos todo, menos nada en
común. Quizás por eso me gustó tanto al principio. Eras la antítesis de un
futuro normal y quizás por eso te convertiste en una inconexión total con mi
presente. Representabas ese acertijo que no deja dormir por las noches. Tan
incoherente como atrevido. Tan absurdo como atractivo.
Tu presente, en cambio, fluía por tus venas
a la velocidad de la luz y suprimías mis dudas a base de falta de tiempo para
pensar demasiado. No hubo planteamientos ni tampoco oportunidad de desconfiar.
Sólo un continuo desasosiego teñido de mi “falta de” que llenabas de besos que
transformaban mis lacras en ganas. Mis miedos en ilusión. Por supuesto, existía
una careta de despreocupación fingida que fuimos desnudando a base de pocas
palabras y mucho café. Y lo que descubrí, me cautivó todavía más de lo que
había podido encandilarme al principio. Así, me cercioré de que tus apariencias
de indiferencia no eran sino un disfraz de mucha ambición empapada en grandes
dosis de cobardía. De ganas de experimentar teñidas de una rutina ilógica que
tú culpabas como vida.
No pude entenderlo. Si para mí tus cadenas
no eran sino aire a presión tratando de esconderte de lo que realmente eras.
Que la luz que intentabas ocultar siempre fue más fuerte que la oscuridad que
intentabas imponer. Si cada paso que daba hacia ti jamás me dejaba con sabor a
menos, sino más bien, con ganas de más. Casi lo consigo, ¿sabes? Y me inventé
un presente paralelo en el que tus cadenas se transformaban en puentes y tu
oscuridad en carreteras hacia un futuro mejor. Me lo creí, del todo. Y mientras
dibujaba nuestro mundo paralelo contrarresté diferencias y vencí a tus rutinas
y a mis miedos de. Allí, en nuestro presente inventado pude constatar que
efectivamente, siempre fuiste más que lo que contabas a la gente, y detrás de
tu disfraz había alguien con una fuerza capaz de derribar muros, si tan solo te
hubieran dado la oportunidad. Me lo contabas a sorbitos de café mientras se te
iluminaban los ojos y yo, más tarde, dibujaba tu ilusión en forma de sueños por
cumplir a los que solo les faltaba un poco de aliño. Un poco de luz. Pude
entenderlo, todo. Pude comprender el momento en el que te cortaron las alas y a
falta de fuerzas te dejaste llevar. E idiota de mí me creí capaz de
devolvértelas, y confíe en que si me esforzaba podía convertirme en tu segunda
oportunidad. Y es que por muy ridículo que pueda parecerte, dentro de nuestro
absurdo mundo inventado nada me hubiese hecho más feliz que conseguir verte
volar.
Como siempre, me olvidé de que a veces las
normas no las dictamos nosotros mismos, que a veces vienen impuestas. Me olvidé
de que nuestro presente no era el ficticio, y el real nos reclamaba como un
padre que te obliga a volver a casa a cenar. Y al volver a la realidad la
hostia fue demasiado grande como para querer volver a levantarnos. Dicen que las
preguntas que más duelen son aquellas de las que ya sabes la respuesta y tú ya
habías elegido antes de que yo pudiese preguntar. En un instante se destruyó el
presente ficticio y a mis dibujos se los acabaron llevando entre todos. Como a
la ilusión. Como ocurrió antes, hace ya demasiado tiempo. Todavía quedaba un
destello para volverlo a intentar pero decidiste que esta vez habíamos crecido
demasiado como para fingir que el camino no seguiría en direcciones opuestas. Que
más valía escuchar a la razón. Que en la vida que vivimos no había espacio para
alfombras mágicas, y ya era muy tarde para aprender a levantar el vuelo.
[…]
Hoy ya es casi primavera, y como cada año
parece que el presente nos concede una tregua para intentar que vuelva a salir
el sol. Mi realidad sigue siendo igual de oscura que el día que sin querer, ya
me conocías, pero aún así he aprendido a confiar en los destellos que me
indican que es hora de cambiar de rumbo; que como siempre, es hora de volverlo
a intentar.
Y aunque probablemente llegue tarde, me
atrevo a pedirte que no te olvides, que me guardes en algún rincón de tu
persona para cuando en invierno, te falle la ilusión. Que los mundos inventados
todavía pueden existir, solo hace falta quererlo lo suficiente. Ningún presente
es lo bastante real como para vencer a la ilusión del que aún tiene ganas. O
eso cuentan. O eso me gusta pensar. Tal vez.
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Te seguí alrededor de los tejados,
me acomodé en tu risa.
Y en el mismo suelo nos hundimos, blanco sobre blanco,
sé donde acaba un beso.
me acomodé en tu risa.
Y en el mismo suelo nos hundimos, blanco sobre blanco,
sé donde acaba un beso.
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