sábado, 28 de diciembre de 2013

i.

No necesito explicarte la angustia que provoca la falta de sueño. Es algo que nos ha faltado demasiado estos últimos días. Como si el subconsciente fuese consciente de la falta de tiempo y la necesidad de exprimir cada uno de los segundos que podíamos concedernos. Hasta ahí estoy de acuerdo; el sueño está sobrevalorado, y quién necesita dormir cuando la realidad supera en un 300% lo que uno encuentra en sueños. Aun así, la angustia es uno de esos efectos secundarios con los que uno nunca espera (desea) contar, y que resulta tan jodidamente dañina que puede comerse cualquier rastro de felicidad que encuentra a su paso hasta reducir cualquier situación a un cúmulo de palabras atragantadas que implican más ganas de vomitar que fuerzas para repartir abrazos. Y todo esto es lo que tratabas de explicarme con litros de cerveza que no hacían más que revolverme por dentro e incrementar porcentualmente las pesadillas. Y ya sabes que cuando ellas llegan, poco puede hacer nadie para que se vayan.

ii.

Hoy me ha vuelto a pasar. Y he tenido que despertarme más de una vez solo por comprobar que seguías a mi lado. Has dormido fatal. Soy consciente, Y es que desde debajo de mi esquina del edredón podía leer en  tu expresión como te enfrentabas a mil y un demonios internos, y como a pesar de tus esfuerzos, no parecías estar saliendo muy airoso. Me han entrado ganas de largarme a fumar, como cuando tenía 15 años y estaba convencida de que un cigarro en la ventana tenía la capacidad de solucionar todos los problemas y no simplemente darte frío, y ganas de volver a lavarte los dientes. No lo he hecho. Tenía miedo de que despertases y al no verme al lado tus demonios se multiplicasen sin razón alguna más que esa estúpida necesidad de fumarme un cigarro. O quizás simplemente no estaba segura de dónde estaba el tabaco. O quizás simplemente no tenía ni idea de si me arrepentiría nada más moverme de tu lado.

He decidido quedarme en la cama. Contando tus respiraciones. Intentando luchar contra esa absurda necesidad repentina de saltar de la cama y lanzarle veinte patadas al mundo. De hacer la maleta y comprarme un billete destino “donde quiera que tu estés yendo”. Y a la mierda con todo lo demás. Pero a veces los imposibles son realmente eso, imposibles. Y vale más armarse de paciencia y buena voluntad para hacer frente a todas las tormentas que se nos vengan encima que intentar plantarle cara al destino. Ahora no. Todavía no. El caso es que debe haber amanecido, y han saltado las alarmas y luego el tiempo ha empezado a ir demasiado rápido y ya no había nada ni nadie que pudiese hacerle parar. Creo que me he desayunado las ganas de llorar, y no he podido mirarte a los ojos hasta pasado un buen rato. “Todavía no”, te oía decirme. “Y entonces cuándo”, me hubiese gustado contestar.

iii.

Te he visto marcharte. Y no es la primera ni espero la última vez que te vea desaparecer en este aeropuerto o en veinte diferentes. Al final siempre es igual: madres llorando, chavales con mochilas dispuestos a empezar veinte mil aventuras, y luego otros muchos tan acostumbrados que ya ni siquiera se vuelven a mirar atrás. Algo me dice que deberíamos pertenecer ya a ese último grupo, pero por alguna razón el nudo en la garganta es algo que soy incapaz de eliminar. En un descuido has desaparecido y solo entonces, cuando ya no he sido capaz de seguir con la mirada tu sudadera azul , me he salido fuera al frío de Madrid a fumarme por fin ese cigarro. No fuese a ser que con 15 años fuese más inteligente de lo que soy ahora y fuese verdad que un cigarro en el frío tuviese la capacidad de arreglar el mundo. De solucionar mi mundo. Y te he llorado. Te he llorado de rabia, de impotencia. De angustia por haber escogido una vida que no puede llamarse nuestra y en la cual se queda demasiado fuera de mi alcance encontrar una solución. Y te he esperado. Por si acaso un ataque de irrealidad te hubiese hecho darte la vuelta y quedarte conmigo. Te he esperado con la mirada fija en la puerta del estúpido aeropuerto con la esperanza de que en cualquier momento fueses tú el que la fueras a cruzar. Pero solo me he encontrado conmigo misma. Conmigo, con mi angustia y con un par de personas que parecían encontrarse en una situación parecida a la mía. Nos hemos sonreído, en ese acto de complicidad que solo pueden concederse las personas cuando sienten que en su desgracia no están solos. “Mal de muchos, consuelo de tontos”, o eso dicen. Y he de reconocer que reconforta, joder. Y que absurdos somos los seres humanos a veces.

He mirado el móvil consciente de que se me hacia tarde y ya era hora de salir del trance en el que me encontraba. Y entonces he visto tu mensaje, “hasta pronto” y creo que nunca he deseado tanto confiar en que una despedida sea cierta. Y que bonitas pueden sonar las palabras a veces. Aunque solamente nos sirvan para poder seguir durmiendo.

Buen viaje.

martes, 19 de noviembre de 2013

Lightning crashes

Quería dedicarte unas líneas
pero esta vez de las mías,
y así buscar la mejor forma de definirlo.

Cómo un relámpago,
un estallido de luz en la tormenta perfecta
que nos atrae hacia su luz con más miedo que ganas,
pero que cegados momentáneamente
no podemos sino resguardarnos en su belleza de claridad
como si no quisiésemos ver lo que pasa después.

Luego ese horrible silencio,
y al final el trueno.

Un relámpago sería la mejor manera de explicarlo;
un estallido de luz en forma de torbellino de emociones 
que explosione como una de descarga eléctrica dentro de este mar de escombros. 
Este mar en el que pelearse por pisar en firme 
se ha convertido en la peor de las apuestas; 
un combate entre el hombre y el vacío,
y ese no saber dónde encontrar el equilibrio.

Que no importa cuán sólidos creáramos nuestros puentes,
nos sobraban las razones para saber 
que acabarían derrumbándose.
Y de qué sirve desafíar a la gravedad 
cuando uno ya sabe que una y otra vez ésta acaba ganando.
Empezaba a convertirse más sencillo buscar a tientas el próximo paso, 
y no construir, 
solo conseguir.

Pues bien, 
en esa lucha de supervivencia humana 
que algunos se atreven a llamar camino 
no había espacio para dos.
Nunca lo hubo.
Y la independencia remplazaba a la soledad 
como un intento de autoengaño para dormir mejor por las noches.
Cualquier atisbo de divergencia no era más que una ilusión de la mente,
volviéndose más acertado alejarse de ella que buscar soluciones.
Cariño en frío, 
y quiénes somos nosotros para juzgarlo.

Una vez se asumen los principios básicos
el resto deja de ser tan complicado.
Y con el tiempo aprendes que esta vez escogiste la opción correcta
y suplantas verdad con conveniencia,
simpatía por placer,
ilusión por resistencia.

En un terreno de juego con estas reglas los peones dejan de tener valor
y las coronas de las reinas se subastan ante la ley del más fuerte.
No hay espacio para la duda ni el arrepentimiento
ni mucho menos para la compasión.
Aquí los relámpagos tienen sus días contados
y cuando relucen en el cielo uno aprende a sentarse pacientemente,
y esperar el trueno.

En un terreno de juego como éste
aprendimos que vale más arma en mano que ciento volando,
y los disparos retumbaban en nuestros oídos,
recordándonos que a pesar de estar rodeados,
seguíamos teniendo que dormir solos.

Quizás por eso no supimos como interpretarlo en un primer momento
y en vez de buscarle nombre, 
nos sumimos en un estado de desconcierto 
en el que intentamos abarcar toda la luz en un simple abrazo
y exprimir el tiempo, 
como si nos fuese la vida en ello.
Quizás nos habían educado tan bien a sentarnos y esperar
que hacía falta más que un único signo de rebeldía
para dejar las armas y perseguir el cielo;
y no temer a las consecuencias del trueno.

Pero pasaron los días y perduró el silencio
llenándolo todo de una paz infinita
muy contraria al miedo que existió hasta entonces.
Dejando paso a un estado de ataraxia perpetua 
en el que las ilusiones volvían poco a poco coger forma,
y aún difusas, evocaban un futuro brillante 
que en lo más oscuro de lo imposible 
se nos iba dibujando como tangible.

Y de pronto el estallido;
y en un instante nos sentimos rodeados
de pequeñas moléculas de electricidad resplandecientes
como si de un millón de burbujas de cristal se tratase.
Y nos envolvieron en una carrera infinita por volar 
más rápido.
Más alto.

Por miedo el impacto cerraste los ojos,
y apretabas con fuerza los labios.

Y al abrirlos nos encontramos el mundo entero,
y ni un atisbo del trueno.


Cape Cod. Dec'11




jueves, 14 de noviembre de 2013

Noviembre

Os he estado observando. A todos.
No sois más que una mezcla de dudas y miedos
que me provoca angustia suficiente como para no volver a dormir.
Y eso hago. Evitar las noches como si de demonios se tratasen
No vaya a ser que me pueda la mala conciencia a mi también
Y acabé terminando teniendo que ir.

Creo que no formo parte de ninguna excepción.
Que a todos nos ha podido el miedo alguna vez, 
y eso es precisamente lo que me pasó a mí.
Ahora te tengo delante y sigo sin verte. 
Se me hace imposible imaginar que detrás de tanta piedra 
pueda quedar algo del pasado de tanta gente. 
Y qué absurdo parece tener que buscar a las personas tan abajo, 
cuándo a mí siempre se me ha antojado más bonito buscarte en el aire, muy arriba. 
Será por aquellas veces que nos pasábamos las tardes buscando pájaros 
y esperábamos que alguno se dignase a llevarnos con él.
Más arriba, siempre más arriba.

Ahora estando aquí sentada ya no me parece tan tontería.
Casi lo entiendo.
Coger aire poco a poco. Hasta que se apaguen las lágrimas.
Y dejar que la conciencia se apague llevándose al miedo
Y dejar paso a mil y una noches de cuentos para dormir
(y es que sí, hubo una etapa en la que nosotros también lo conseguíamos)

Te han traído flores. Siempre lo hacen.
A mí me han traído a rastras.
y oye, les ha costado ¿vale? 
Que no ha sido fácil. Pero algún día tenía que terminar cediendo. 
Algo me estaba perdiendo. 
Y empezaba a cansarme que me lo contaran.

No sé muy bien con cual de sus explicaciones me quedo,
ya te digo que a mí, me lo sigue pareciendo.
Aquí se respira más culpabilidad que desahogo
y ya sabes que la angustia nunca se me ha dado bien.
Que las bicicletas solo quedan bien al lado del mar
y el día que te fuiste hasta allí dejaron de tener sentido.

Se han ido marchando todos.
¿Es así como tiene que ser?
No hay ningún dónde a la vista, solo las ganas de.
Y a mi se me atragantan las razones para explicarte 
que desde entonces vivimos en un campo de batalla continuo
y los fusilamientos amanecen a diario.
Y veo a tus soldados cada noche guardando filas 
por si acaso terminas dando la orden al amanecer. 
Callados, pacientes. 
Pero en su interior, ardiendo de rabia.
Y yo me pregunto cómo es capaz de que siga ardiendo la llama 
si hace ya demasiados inviernos que sólo dejaron cenizas.

Tengo miedo de que no se apague nunca,
O peor,
tengo miedo de que termine consumiéndose
y ya no tenga razones para volver.

Creo que ha llegado el momento de dignarme a mirarte a los ojos.
Que tampoco ha llovido tanto, ¿verdad?
Qué tal, cómo has estado.
Voy a contarte un chiste, 
a ver si así consigo que te olvides del tiempo que me dediqué a esquivarte
(Y no te reirás ni un poco, soy consciente,
pero la intención también cuenta a veces)

Que sigues haciendo la misma falta que el día que te fuiste;
no importa cuántas primaveras le lluevan a este lugar.
Voy a dedicarte una rosa de tu jardín,
y un poco de olor a mar. Del Atlántico por supuesto.
Y mucho tiempo. Todo mi tiempo.
Porque ese es todo el tiempo que nos queda.
Y que se atrevan a intentar dejarnos sin ello.

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Y hoy volvería allí aunque fuese un instante. A sentarnos y dejar que la hierba nos ayudase a contar las horas. Debería llover, ¿verdad? Pero no mucho, lo suficiente para poder frotarnos los ojos y fingir que las emociones son más producto del tiempo que nos rodea, y no del que llevamos sin vernos.
Dicen que a la nostalgia la amplifican los kilómetros, y yo digo que algo similar debe ocurrir con la forma de echar de menos. Hoy no vendrás a contarme historias para dormir mejor, ni habrá tigres ni leones dibujándose en mi cama, ni tampoco pájaros esperándonos para levantar el vuelo.
Hoy no habrá gestos, ni recuerdos, y es que en este lugar del mundo pensar demasiado es algo que hemos aprendido a evitar. Algunos lo llaman precaución, para mí es más bien supervivencia.
Aun así parecerá casi imposible no recordar la aspereza de tus manos al pasar las hojas del periódico. Tu caligrafía siempre en mayúsculas. El olor de tu colonia. Y el café solo.

Hoy hace tres años que decidiste que tu papel en el mundo se había terminado y esta vez las velas se encienden desde un mar que nunca fue nuestro, pero el cual se me sigue antojando igual de salado.
Y que siga lloviendo todavía un rato más.
Como aquel día en Paris que me llegó una carta con tu nombre y un único mensaje. 
Y hoy te lo recuerdo así.

Cuando tenga que dejarte por un corto tiempo,
Por favor no te entristezcas ni derrames lágrimas,
Ni te abraces a tu pena a través de los años.

Por el contrario, empieza de nuevo con valentía
Y con una sonrisa por mi memoria.
Y en mi nombre vive tu vida,
Y haz todas las cosas igual que antes.

No alimentes tu soledad con días vacíos
Sino llena cada hora de manera útil.

Extiende tu mano para confortar y dar ánimo
Y en cambio yo te reconfortaré
Y te tendré cerca de mí.

¡Y nunca, nunca tengas miedo de morir
porque estaré esperándote en el cielo!



miércoles, 2 de octubre de 2013

Cuestión de tiempo


Los amaneceres suelen parecerse
sin importar demasiado dónde te encuentres.
Hace mucho que le arrebatamos la capacidad a la vida
para atreverse a tomar decisiones.
Ya no nos queda tiempo de cuestionar,
de pararse un segundo,
de beberlo mas despacio
y saborear la miel de quién cocina a fuego lento.
Existen pequeños placeres a los que aprendimos a renunciar
a base de ambición y ganas
y falta de sueño.
Y así era el mundo que decidimos crear para nosotros
sin importarnos nada todo lo demás.

Hasta que llegaste tú.

Volvemos a los inicios sin finales y a los saltos de pagina.
No importa cuántas veces nos prometimos
que jamás volverían a pillarnos desprevenidos
ha vuelto a ocurrir.
Y ahora me lo bebo a voz de pronto
rodeada de la ansiedad de este nuevo mundo
que nos impregna las ideas hasta fundirnos en un estado
de confusión constante.
Niebla de juicio. Falta de realidad.

Y quizás todo esto no sea más que una ilusión creada
a partir de una historia de ingenuidad inconsciente,
y felicidad aparente.
Quizás no tarde demasiado en despertarme de este sueño
y ahogar en mil bares todas las razones
por las cuales me sobra haberte conocido.
Que nos bastó con conocernos de lejos para saber que llegaríamos muy dentro
Y ahora se me antoja todo tan intenso 
que no se si abruma más de lo que llena
y seria mejor deshacerse de ello 
antes de que nos afixie por dentro
y nos queme por fuera.

Voy a explicarlo mejor.
Que nos hemos dedicado a escalar montañas para dejarnos caer en picado,
a perder el rumbo y orientarnos a ciegas
en un desierto de mares de gente
que no dejan de invadirnos de curiosidad.
Hablo de paisajes absorbentes,
del mundo en una imagen
y dos ojos mas con los que contemplarlo.
Una carrera,
la más rápida que jamás viviste.
El planeta a toda velocidad a través de railes de dudas
que no hacen sino recordarte que una piedra más
y volverás al agujero del que quizás jamás debiste salir.
O al que tal vez nunca debiste volver.

Hemos perdido la coraza y con ella
todas las razones por las que no ser felices.
Y nos entran tantas ganas como miedo al intentar comprender lo incomprensible.
Un cigarro más, se nos acaba el tiempo.
Y aún sabiendas que todo venía con fecha de salida
se me han derrumbado los límites.
Y mas allá: infinito
Como todas las noches que dormí contigo
Como todos los besos que aún guardas para mí.

Dicen que las distancias no son más
que espejismos de excusas para aquellos
que se olvidaron de las razones para seguir luchando.
Round 1, amigo mío
Y me sobran las explicaciones que darte,
Para asegurarte que no importa cuán fuerte peguen,
todavía me queda un rato para aguantar de pie.

Parece que aclara el día
y con él empezamos de nuevo.
No tardará mucho en amanecer.