jueves, 4 de diciembre de 2014

Los prejuicios de siglos pasados
se nos acumulan en la cerveza esta noche.
Y el miedo. A que no sea suficiente.
A que no haya bastado con recorrer el mundo entero
si al final al volver nada ha cambiado
y los mismos recuerdos sigan colgando de la pared.
Fast forward. Mil inviernos.
Y sólo el polvo parece haberlo notado.

Esta es la realidad que siempre estuvo esperando, te cuentan
Y por qué se ha vuelto tan complicado el regreso (si tú no estás)
[…]

Me hablas de tristeza. De dolor de alma.
Y yo te digo que no hay nada peor
que el tenerlo todo y no desear nada
Que el vivir en noche cerrada y haberse olvidado
de lo que significa ver amanecer.
Y luego los disfraces, que nos permiten seguir viviendo.
Y que absurdo nos resultan todos con sus trajes relucientes
y sus copas medio llenas
La nuestra en cambio; siempre medio vacía
Siempre a la espera de ese puto amanecer que parece que llega a todos
Pero no aquí

Pobre médico aquel que quiera curarnos con pastillas legales
nuestra tristeza de contrabando,
pobre doctor y su razón, que todo lo cura,
que quiera aliviarnos, lo que ya nada alivia
Falta de luz. Niebla de juicio.

Y un millón de razones para seguir corriendo
hacia algún lugar un poco menos gris
(y así llevamos dando vueltas,
desde que te conocí.)

Que alguien dispare sólo por intentar que se mueva el aire,
pero que no vengan a intentar limpiar el olor a podredumbre
Deja que cale esta vez. Hasta tu última mísera célula
Que sólo así podrás entender, me cuentas
Que sólo así podré comprender. Respondo.

Se nos acaba el tiempo otra vez y tiempo es lo único que nos prometieron.
Nos toca enfrentarse al dragón y saber que solo hay un resultado:
1-0

(Pues bien,
Conmigo. Por favor.
No contra mí.)


No quería que fuese así.
Pero hay tantas cosas que nunca salen como querríamos.
Tantas personas.
Que tampoco.

martes, 21 de octubre de 2014

I.

Tengo la desgana haciendo cola para comprar los billetes del metro
a falta de adrenalina para saltar la valla esta vez;
como cuándo jugábamos al ajedrez en el andén
“El único de todo Madrid”
y lo sigue siendo.

No me queda claro si ha llovido
o simplemente se nos han acumulado los cubos de lágrimas.
Nostalgia de cerveza también; ¿verdad?
De horas muertas.
De soledad como gran compañera para lamernos las heridas.

Una frase a modo de esquela que sólo diga:
no necesitas a nadie.

Y qué se atrevan a contarnos cicatrices,
cuando nos sobra hierro para seguir ardiendo.

II.

Estábamos mejor entonces.
Cuándo todavía no conocíamos el significado de pisar el acelerador
y nos faltaban cárteles de medias sonrisas
pues la realidad nos la bebíamos despacio.
Había tiempo para lo bueno. Y para lo malo.

No he dejado de preguntarme por qué decidimos salir corriendo.
y aun así jamás he frenado

III.

Un hogar de silencios sin orden y demasiado desconcierto
dónde pedir perdón se volvió una osadía
que ninguno estuvo dispuesto a asumir.
El orgullo en cambio nos los servían en dosis demasiado altas
para soportarlo en aire;
y luego en vena,
no hubo forma de controlarlo.

Sólo estábamos jugando a ir de puntillas en un universo de alfileres,
dónde lanzábamos tristezas y miedos a modo de granadas
confiando en nuestro propio instinto para que jamás terminasen de estallar.
Y el amor como fuente de energía.
Presente y a la vez al margen.
De todo.

IV.

Todo iba bien.

Y los malos ratos se equilibraban a base de café y paciencia,
y pequeñas dosis de ataraxia.
Nos faltaban venas para tanta libertad,
y poesía.
No había razones para desembarcar del barco 
mientras hubiese marineros a bordo.
Y en cada puerto rescatábamos nombres nuevos 
que nos ayudaban a olvidar a los náufragos

Tu droga ayudaba a no recordar demasiado
y la mía permitía vivir del cuento

Joder, todo iba bien

V.

Siempre acaba uno creyéndose sus propias mentiras
pero a las mías siempre les faltaron consistencia.
Quizás por eso me he subido siempre a los aviones demasiado rápido.
Quizás por eso dejé de escribir antes de despegar.

Las últimas excusas te las regalé en forma de tercios sin pagar
y a la mierda con todas las explicaciones

Si me ves llorar,
es porque se me metió la velocidad en los ojos

VI

¿sabes qué?
Quizá no sea tanto por las mentiras que me dices
si no por las verdades que te callas.
Pero hoy volvería a subirme a algún tejado contigo
para lanzarle cáscaras de pipas al amanecer.

He tardado más noches que días en atreverme a pedirte perdón
y no se si aquí se aplica el más vale tarde que nunca.

Pero yo siempre he sido de reglas.
Y tú siempre has sido la excepción de las mías






martes, 9 de septiembre de 2014

Todavía sé llorar de la emoción
y arañarme por dentro cuando no puedo dormir.
Todavía tengo pesadillas con los mismos días negros
que ocurrieron hace ya mucho, demasiado tiempo
Se me repiten las heridas como un café amargo
demasiado temprano
Fallo de dosis de azúcar.
Falta de suavidad.

Me enchufo adrenalina y canciones cada vez que salgo a la calle
y se me hace extremadamente difícil encontrarte
en esta ciudad que jamás te ha conocido.
Intento perderme, pero siempre me encuentra
como un fantasma
como una factura que olvidamos pagarle al tiempo
y cuyos intereses llegan demasiado altos como para afrontar;
tu abandono, digo.

Prefiero bajarme. Seguir andando
Dar la espalda a mi deuda con un Madrid que casi ni recuerdo
Olvidar atardeceres en tejados
Y cubrir con nicotina el resto del tiempo que os queda
por echarme en cara

Hemos vuelto a echar balones fuera y ya no quedan niños para ir a buscarlos
La resistencia a echarte de menos se tambalea
ante un precipicio cargado de recuerdos.
La mayoría nuevos.
Todos sin ti.
Como siempre, pequeños remansos de sosiego
distribuyen la energía suficiente para seguir andando.
Y contribuyen a la careta de felicidad limitada
a momentos puntuales que a pesar del esfuerzo
no consiguen cubrir el vacío que dejaste hace ya cuatro inviernos

Un adiós mal tirado
Más rabia que miedo
Un millón de cartas en el buzón y un solo mensaje:

“Dirección denegada”

Supongo que es ahora cuando miro al suelo y doy las gracias
Callar y otorgar
Mundo sucio.
Mundo sin ti.

lunes, 28 de julio de 2014

electric renaissance.

Se podría definir como pequeñas descargas eléctricas
desarrolladas desde dentro hacia fuera.
Como un impulso que nace en algún punto de tu sistema nervioso
y va cogiendo fuerza,
poco a poco,
recreándose una y otra vez en sí mismo
para convertirse en una acumulación de chispas descontrolada
que se expande por cada terminación de tu cuerpo
hasta convertirse en una tormenta interna
que atora por dentro,
y explota por fuera.

Y así, una, dos, tres veces
Repitiéndose el proceso y alternándose
con la necesidad de parar un segundo
y atreverse a respirar antes de que sea demasiado intenso
y se nos olvide que es importante seguir viviendo.
Seguir sintiendo.

Confunde.
Confunde como el momento en el que los adioses 
no son más que principios de sensaciones no tan nuevas
que prometiste no volver a experimentar;
y ya van demasiados engaños como para culpar a la casualidad.
Hemos vuelto a fumarnos los cigarros de dos en dos
como una manera absurda de aspirar tiempo
y de buscar intensidad en algo que ya de por sí
resulta bastante intenso.

Aprendes a encariñarte con la piedra
y acaba siendo tu mejor compañera de aventuras.
Y que nunca estarás solo si es contigo
con el primero que cuentas.
Quizás.

No ha sido más que una metamorfosis
de algo muy parecido y a la vez tan diferente
que no puedes evitar preguntarte
quién es aquel que ahora te mira en el espejo.
Y por qué le brillan así los ojos
si a tu alrededor todo sigue pareciendo igual.
Ni por qué sonríe en tiempos de nieblas.
(que ya estuvimos aquí una vez
y nos faltaron candados para tantas cadenas.
Hay bocas que es mejor no volver a besar)

No te preocupes,
dicen que las ruinas son todo eso
que ya no se puede destruir.
Y una vez llegados a ese punto
sólo nos queda espacio para las reconstrucciones.
Y a mí se me están antojando castillos sin dragones,
por una vez.
En el aire quizás,
pero castillos al fin y al cabo.

Y mejor tener todo por las nubes
que nada en la tierra.


O no.