lunes, 28 de julio de 2014

electric renaissance.

Se podría definir como pequeñas descargas eléctricas
desarrolladas desde dentro hacia fuera.
Como un impulso que nace en algún punto de tu sistema nervioso
y va cogiendo fuerza,
poco a poco,
recreándose una y otra vez en sí mismo
para convertirse en una acumulación de chispas descontrolada
que se expande por cada terminación de tu cuerpo
hasta convertirse en una tormenta interna
que atora por dentro,
y explota por fuera.

Y así, una, dos, tres veces
Repitiéndose el proceso y alternándose
con la necesidad de parar un segundo
y atreverse a respirar antes de que sea demasiado intenso
y se nos olvide que es importante seguir viviendo.
Seguir sintiendo.

Confunde.
Confunde como el momento en el que los adioses 
no son más que principios de sensaciones no tan nuevas
que prometiste no volver a experimentar;
y ya van demasiados engaños como para culpar a la casualidad.
Hemos vuelto a fumarnos los cigarros de dos en dos
como una manera absurda de aspirar tiempo
y de buscar intensidad en algo que ya de por sí
resulta bastante intenso.

Aprendes a encariñarte con la piedra
y acaba siendo tu mejor compañera de aventuras.
Y que nunca estarás solo si es contigo
con el primero que cuentas.
Quizás.

No ha sido más que una metamorfosis
de algo muy parecido y a la vez tan diferente
que no puedes evitar preguntarte
quién es aquel que ahora te mira en el espejo.
Y por qué le brillan así los ojos
si a tu alrededor todo sigue pareciendo igual.
Ni por qué sonríe en tiempos de nieblas.
(que ya estuvimos aquí una vez
y nos faltaron candados para tantas cadenas.
Hay bocas que es mejor no volver a besar)

No te preocupes,
dicen que las ruinas son todo eso
que ya no se puede destruir.
Y una vez llegados a ese punto
sólo nos queda espacio para las reconstrucciones.
Y a mí se me están antojando castillos sin dragones,
por una vez.
En el aire quizás,
pero castillos al fin y al cabo.

Y mejor tener todo por las nubes
que nada en la tierra.


O no.

No hay comentarios:

Publicar un comentario