sábado, 30 de diciembre de 2017

Hi to the next times.

Cerrar años a veces es como cerrar libros, de esos que todavía parece que deberían durar un poco más.

Cerrarlos aquí es como coger este cuarto de siglo y examinarlo de nuevo. Día a día, minuto a minuto. Cada éxito, cada fallo. Como si no hubiésemos perdido tanto tiempo en tratar de buscarnos y todo se resumiese a un instante.
Dicen que hay personas que significan hogar, y a los que no puedes evitar volver cuando las cosas se tuercen. A mí me pasa lo mismo con estas rocas, con este océano. Se volvieron mi persona, sin ni siquiera entenderlo.

Se me escapan las huellas de mi yo de 15 años saltando de roca en roca y jurándole al Atlántico que el año que viene sería mejor. Escribíamos nuestros sueños en papeles de colores y enviábamos mil mensajes en botellas de cristal. Soñábamos con ese alguien al otro lado de la inmensidad que viniese a decirnos que las ilusiones todavía se cumplen. Que vivir consistía en eso, en coger todas tus cosas; tus ropas, tus amuletos, tus libros, lo que sea que hiciese de ti lo que eras y te gustase que fuera así. Cogerlo y tratar de meterlo en una maleta. Hacer de tu vida un viaje consistía en eso, en formar un hogar del sitio en donde vivieses. En ir con la casa a cuestas. Y poder cargar con ella, subir montañas, cruzar ríos, volar.
Con el tiempo comprendimos que no hacía falta nadie que viniese a tendernos la mano y que las maletas las puede llenar uno mismo. Y nos fuimos, ¿verdad? Y subimos montañas, cruzamos ríos, y aprendimos a volar.
Conocimos la felicidad en su mayor grado, y a veces me pregunto por qué volver. Pero también conocimos el llanto, y el dolor, y la soledad; y es entonces cuando sienta bien dejarse mecer por las olas y por este atardecer con sabor a sal. Es una de las grandes virtudes de este mar. Que es capaz de ponerlo todo en sitio. Sin altos, sin bajos. Srivatsa lo llamamos una vez. Y ahora lo llevo tatuado en la nuca. Por si alguna vez se me olvida dónde voy, por lo menos me acuerde de dónde vengo.

Hace frío. Ya se me había olvidado lo que era Canarias en diciembre. Ese sol que juega a salir a abrasarte y a esconderse y a congelarte. Sigue siendo tan bonito que casi lloras, ¿verdad? Hay pocos lugares que consiguen hacerte sentir tan bien. Para mí no son más que señales, de todos los triunfos y derrotas que dejamos atrás, un año más. De lo que somos y lo que hemos sido, y con qué de todo eso te quieres quedar.
No han sido tiempos fáciles, ni bonitos. Pero también, cuándo lo son. Añadimos un par de cicatrices más a la colección y un par de aprendizajes para el camino. Me lo cuentan las piedras lisas de la erosión; hemos limado asperezas, somos un poco más mayores, un poquito más sabios ¿cierto? Y también un poco más gilipollas, para qué nos vamos a engañar.

Pero ven, vamos a cerrar un segundo los ojos y a poner en rewind estos 26 inviernos.
Vamos a acordarnos de los abrazos, de aquellos que estuvieron y que más tarde se fueron.
Vamos a encender una vela por los que ya no están, y a lanzársela al mar, para que nunca se apague.
Vamos a recordar quienes fuimos, los sueños que nunca cumplimos, y también aquellos que fueron evolucionando hasta volverse el mundo que conocemos.
Y vamos a pedir perdón por todas las cosas que prometimos no hacer jamás y que hemos repetido sin parar; vamos a aprender a perdonar, al mundo y a nosotros mismos y a entender que no hay nada de malo en ser humanos, y que al final, con 15 o con 26, seguimos estando aquí para aprender.
Y también, también vamos a bridar. Y a levantarnos a gritar muy alto “hi hi hi to the next times”. Y bienvenidos todos los besos que nos quedan, todas las fantasías por cumplir. Bienvenida la risa, bienvenido el futuro. Bienvenido el no saber lo que va a pasar. Ya lo cantaba Astrud: “quizá el mejor momento de las cosas es cuando no han pasado, porque luego todo lo que puede hacerse es comentarlo y esperar a que estén a punto de pasar cosas nuevas, y ocuparse de ellas.”
Pues hoy se lo dedico a mi yo de 15 años. Las cosas siguen siendo igual de raras y bonitas, y siguen dando miedo y dando risa de tan por estrenar que se presentan.

Y contra ese miedo, y ese pánico, de todo lo que podemos hacer y no hacemos, de todo el tiempo que nos queda y del que nos falta. Contra ese terror no podemos hacer nada.
Así que hoy se lo lanzo al mar en una botella de cristal. Con todas mis dudas, con todos mis miedos. Y que lo destile quien se lo quiera encontrar.

Ya huele a 1 de enero.


And hi hi hi to the next times.



Fitenia, Tenerife, diciembre 2017



miércoles, 1 de noviembre de 2017

out of service.

Me cruzo de brazos ante los que todavía no saben que el abrazo no abriga. Que el abrazo sujeta. Que el abrazo impide que usemos nuestras propias manos para ahogarnos. Que el abrazo salva a uno del otro, los aleja del yo para acercarlos al nos.


i.

Alguien alguna vez me dijo
Que la vida se distingue por dos clases de momentos:
Los que la quieres,
Y los que la odias.
Y que uno debe esforzarse por desnivelar la balanza y conseguir
que los primeros siempre superen a los últimos.
Luego después, ese alguien desapareció.

ii.

Parece que ya hemos estado aquí antes,
reconozco los colores 
como si de una antigua canción se tratase: Blanco, negro, gris.
Nos han robado la saturación en un descuido
y se han escabullido por una puerta de atrás que ya no existe
Como de repetitivo puede ser el mundo a veces:
Blanco, negro, gris.

iii.

una parte de ti ya lo sabía:
“el mundo es una mierda pero hay que tomarlo con paciencia”.
A veces me acuerdo de cuando aún escribíamos poesía en el recreo
y los poemas los escondíamos en los dobladillos de la falda
Más tarde, quemábamos nuestros sueños con papel de fumar
y ya entonces dejamos de creer en los príncipes,
simplemente soñábamos con ser más fuertes,
y vencer al lobo.

Quizás, haya perdido la impunidad de decir que estábamos equivocados,
cuando mi único error fue no aceptar la culpabilidad de mis dudas,
hasta que crecieron y anidaron como un cáncer
hasta que transformaron tu recuerdo en algo turbio, incoloro,
como el gris que en este instante rodea toda la materia.

No me gustó que me conocieses casi como nadie
cuando te convertiste en alguien a quien no conocía

iv.

Número ocupado, me dicen,
Y a mí se me han quedado las manos frías de esperarte;
El corazón ya no responde,
como si también él se hubiera quedado sin batería
como si estuviese pidiendo tiempo muerto,
antes de salir de nuevo al ruedo
y puedan machacarlo otra vez.

v.

Algunas tardes abro la ventana
me tumbo en el suelo de mi habitación, cierro los ojos,
y si me esfuerzo consigo,
que el ruido de los coches me devuelva al Atlántico
Hasta que me doy cuenta
de que nunca he estado en esta playa
tan sola.


lunes, 29 de mayo de 2017

send me a postcard.

i. 

Parece que se nos ha vuelto a acumular el remordimiento
y no nos ha bastado con dejar la ciudad
para tratar de buscar aire puro en un mundo demasiado contaminado,
o así lo llaman. No sé.
A estas alturas yo sigo viendo el mismo barro por la ventana,
mientras ellos tratan de disfrazarlo con pintura y carmín:
- “qué labios más rojos tienes”.
- “Son para besar mejor.”
Son para marcar mejor.

Nos sigue pareciendo una auténtica barbaridad
hacer carreras en taxis públicos al amanecer.
Y aun así lo seguimos haciendo,
una y otra vez.
Buscan a alguien que les caliente las sábanas
y les ofrezca un cigarro al terminar.
Y se siguen largando por la ventana.
Como hacía tanto, o no tanto tiempo …

ii.

Se repiten las preguntas del pasado otra vez,
y en este remolino de circunstancias enrevesadas
volvemos a encontrarnos de nuevo ante la misma línea:
A un lado todas las cosas que hiciste bien,
a otro lado tu futuro,
o tal vez al revés.
(Ten cuidado, no vayas a equivocarte)
Me subo al tejado y me acuerdo de una conversación 
en un aeropuerto a miles de kilómetros de aquí.
Todavía nos sabía el pelo a sal, y a adrenalina.
Y aún así decidimos hacer las cosas casi bien,
y no nos salió tan mal, ¿verdad?
Que a veces el camino no es otro que el que tenías delante, 
aunque te empeñes en crearte junglas para no verlo.
Que el cristal siempre se puede romper.
Solo hace falta atreverse
y encontrar la piedra adecuada. Eso también.

iii.

Archivo en un buzón interno todos esos recuerdos
que duelen cuando tratas de releerlos,
Y al fondo, dejo hueco para todos aquellos
que te hacen sentir vergüenza,
y solo rezas para que nadie encuentre la llave.
Jamás.

iv.

Que me he cogido trenes solo por la necesidad de dar un abrazo
Pero también mil aviones solo por huir de los mismos.
Y llegados a este punto yo ya no sé
como de inteligente fue hacerlo así,
O cuánto me arrepiento de lo que quise hacer y no hice.
Que llegados a este punto sólo se me ocurre preguntártelo a ti
Y la respuesta me llega en ráfaga de frivolidad casi cínica
“lo que quiera que te haga feliz”

Y que difícil parece ser feliz a veces
cuando se te ha olvidado el significado de lo mismo.
Y es que alguien te contó alguna vez que ser feliz
no consistía solamente en sonreír.

v. 

Supongo que habría que empezar a distinguir
entre las cosas que todavía no tengo
y las cosas que nunca tendré,
Supongo que habría que volver a rebuscar en ese archivo interno,
Y sacar los recuerdos a pasear. Aunque solo sea por saludar.
Que ha llegado el momento de volver a hacer balance
Y atreverse a elegir otra vez un lado de la línea
(cruza los dedos por favor, no vayamos a elegir mal)

Que hemos pagado más deudas que las que nos correspondían,
y ya no nos queda tiempo para lamentaciones.
Un paso al frente, o al lado,
como ellos lo quieran llamar.
Pero un paso al final,
hacia el futuro.

vi.

Te regalo una sonrisa por mi memoria.
Una vez más mi corazón me ha sacado ventaja
y es mi cabeza a la que le toca salir a encontrarle.

solo una pista,
desde dónde quiera que esté, se ve el mar.




martes, 7 de marzo de 2017

Dónde acaba un beso

Avísame si te rompes por dentro, somos
frágiles como corazones de insectos, abrazos de agua.
Y en el mismo suelo, si te mueves yo también me muevo.
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Comenzó como todas las historias que no deberían haber empezado nunca y sin darnos cuenta nos zambullimos en el nudo sin haber pasado por la introducción. A mi buzón nunca llegaron preguntas de quién era, dónde había estado, o a qué lugar me dirigía sino que todas las cuestiones absurdas nos las bebimos a cerveza una tarde de mucho viento y poco sol. Sin darme cuenta me sorprendí esperándote aparecer por la puerta y aprenderme tus gestos se convirtió en mi pasatiempo favorito. Compartíamos todo, menos nada en común. Quizás por eso me gustó tanto al principio. Eras la antítesis de un futuro normal y quizás por eso te convertiste en una inconexión total con mi presente. Representabas ese acertijo que no deja dormir por las noches. Tan incoherente como atrevido. Tan absurdo como atractivo.
Tu presente, en cambio, fluía por tus venas a la velocidad de la luz y suprimías mis dudas a base de falta de tiempo para pensar demasiado. No hubo planteamientos ni tampoco oportunidad de desconfiar. Sólo un continuo desasosiego teñido de mi “falta de” que llenabas de besos que transformaban mis lacras en ganas. Mis miedos en ilusión. Por supuesto, existía una careta de despreocupación fingida que fuimos desnudando a base de pocas palabras y mucho café. Y lo que descubrí, me cautivó todavía más de lo que había podido encandilarme al principio. Así, me cercioré de que tus apariencias de indiferencia no eran sino un disfraz de mucha ambición empapada en grandes dosis de cobardía. De ganas de experimentar teñidas de una rutina ilógica que tú culpabas como vida.
No pude entenderlo. Si para mí tus cadenas no eran sino aire a presión tratando de esconderte de lo que realmente eras. Que la luz que intentabas ocultar siempre fue más fuerte que la oscuridad que intentabas imponer. Si cada paso que daba hacia ti jamás me dejaba con sabor a menos, sino más bien, con ganas de más. Casi lo consigo, ¿sabes? Y me inventé un presente paralelo en el que tus cadenas se transformaban en puentes y tu oscuridad en carreteras hacia un futuro mejor. Me lo creí, del todo. Y mientras dibujaba nuestro mundo paralelo contrarresté diferencias y vencí a tus rutinas y a mis miedos de. Allí, en nuestro presente inventado pude constatar que efectivamente, siempre fuiste más que lo que contabas a la gente, y detrás de tu disfraz había alguien con una fuerza capaz de derribar muros, si tan solo te hubieran dado la oportunidad. Me lo contabas a sorbitos de café mientras se te iluminaban los ojos y yo, más tarde, dibujaba tu ilusión en forma de sueños por cumplir a los que solo les faltaba un poco de aliño. Un poco de luz. Pude entenderlo, todo. Pude comprender el momento en el que te cortaron las alas y a falta de fuerzas te dejaste llevar. E idiota de mí me creí capaz de devolvértelas, y confíe en que si me esforzaba podía convertirme en tu segunda oportunidad. Y es que por muy ridículo que pueda parecerte, dentro de nuestro absurdo mundo inventado nada me hubiese hecho más feliz que conseguir verte volar.

Como siempre, me olvidé de que a veces las normas no las dictamos nosotros mismos, que a veces vienen impuestas. Me olvidé de que nuestro presente no era el ficticio, y el real nos reclamaba como un padre que te obliga a volver a casa a cenar. Y al volver a la realidad la hostia fue demasiado grande como para querer volver a levantarnos. Dicen que las preguntas que más duelen son aquellas de las que ya sabes la respuesta y tú ya habías elegido antes de que yo pudiese preguntar. En un instante se destruyó el presente ficticio y a mis dibujos se los acabaron llevando entre todos. Como a la ilusión. Como ocurrió antes, hace ya demasiado tiempo. Todavía quedaba un destello para volverlo a intentar pero decidiste que esta vez habíamos crecido demasiado como para fingir que el camino no seguiría en direcciones opuestas. Que más valía escuchar a la razón. Que en la vida que vivimos no había espacio para alfombras mágicas, y ya era muy tarde para aprender a levantar el vuelo.

[…]

Hoy ya es casi primavera, y como cada año parece que el presente nos concede una tregua para intentar que vuelva a salir el sol. Mi realidad sigue siendo igual de oscura que el día que sin querer, ya me conocías, pero aún así he aprendido a confiar en los destellos que me indican que es hora de cambiar de rumbo; que como siempre, es hora de volverlo a intentar.
Y aunque probablemente llegue tarde, me atrevo a pedirte que no te olvides, que me guardes en algún rincón de tu persona para cuando en invierno, te falle la ilusión. Que los mundos inventados todavía pueden existir, solo hace falta quererlo lo suficiente. Ningún presente es lo bastante real como para vencer a la ilusión del que aún tiene ganas. O eso cuentan. O eso me gusta pensar. Tal vez.

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Te seguí alrededor de los tejados,
me acomodé en tu risa.
Y en el mismo suelo nos hundimos, blanco sobre blanco,
sé donde acaba un beso.