No nos bastó con echarnos de menos. Y entre cenizas de hierros forjados tuviste que destruir a bocajarro todo aquello que solo la paciencia había creado. Y mientras te liberabas de las cadenas invisibles que te habían a atado a una vida compartida me miraste una última vez “que nunca pudo ser, criatura” y que podía pedirle yo a diciembre, si una vez más me había pillado sin abrigo, en un invierno que me empeñaba en conseguir que no fuese frío, y que poco a poco me había calado hasta no sentir nada más.
No supe pedirle a nadie más tiempo, ni siquiera yo misma era capaz de concedérmelo. Y Madrid me lo recordaba en cada parada de autobús que aún me sonaba a tu nombre, en cada portal en los que tantos veces nos faltaron labios o en los bancos del parque a los que nunca más me atreví a volver. Por entonces también hacía frío, ¿verdad? Pero en mi cabeza se clavaba distinto. Como si de tu lado no fuese capaz de doler… Nos faltaron dos cafés y unos cuantos “lo sientos” y quizás hasta hubiese podido acabar bien. Pero como siempre se nos perdieron las palabras cuando más hicieron falta y cuando quise darme cuenta ya me había vuelto a equivocar de andén. “Aquí ya no hay nada que hacer”, y no te culpo. Ni yo misma me hubiera soportado ni un día más.
Pero si me dejas confesarte algo todavía miro de reojo cuando paso por tu calle. No vaya a ser que aparezcas de nuevo, no vaya a ser que esta vez te decidas a volver a buscarme (a encontrarme)