I.
Todavía recuerdo la primera vez que lo oí:
“Todos queremos que nos rescaten”
y había tanta convicción en sus ojos
y una necesidad de cariño demasiado aguda
como para compensar con abrazos.
Un vacío casi imposible de llenar con mi
seguridad
de que eso no era cierto.
De que valía más una muralla bien
construida
que cientos de soldados deseosos de morir
por ti.
Y que la fortaleza de uno se medía en los
cañones
que pudiese activar por si solo.
La dependencia era algo tan caduco y poco
fiable
que más valía desterrarla allí donde fuese
inservible.
Inútil para salvarnos.
Y quién necesita un rescate cuando es capaz
de sobrevivir,
con el poder de sus propias manos.
II.
Ha habido miedo. Pero miedo del de verdad.
Y no hablo del miedo que ocasionan las
dudas
al no recordar nuestra combinación de la
caja fuerte.
Ni tampoco del miedo que nos causan los cambios de rumbo;
ni del miedo de pulsar reiniciar.
Hablo de un miedo que cala hasta lo más
profundo de tus entrañas
llegando a activar mecanismos que no sabías
ni que poseías.
Un miedo tan absoluto que causa más ganas
de proteger a los tuyos,
que de protegerse a sí mismo.
Un miedo creado en base a la falta de control sobre las noticias
que se proclaman en espacios de paredes blancas,
que se proclaman en espacios de paredes blancas,
territorio aséptico,
y falta de humanidad.
Un miedo que hace que lo único que desees
sea volver a reptar a esa cueva
que todavía concibes como terreno conocido;
y esperar allí.
Abrazado a tus propias rodillas.
A que pase el invierno.
Solo cuando se experimenta esa clase de
miedo
uno es capaz de darse cuenta
de que posee tantos cañones como esté
dispuesto a construir.
Y que basta quererlo para que ese número se
multiplique por infinito,
y éstos se desvivan en un intento de proteger a
todos aquellos capitanes y soldados
que decidieron luchar por la misma causa;
creando así una un batallón de fuerza
completamente absolutista
capaz de vencerlo todo a su paso.
Pues nunca hubo derrotas definitivas,
solo falta de oportunidades.
Ya lo
dijimos una vez,
todo se derrite
al zumbido de las ganas de,
incluso los
monstruos.
III.
Hoy lo he sentido. El “todo va bien”
Y al hacer ese primer análisis de realidad
que uno tiende a hacer con la mente aún
desactivada,
me ha invadido una sensación de
tranquilidad desconocida.
Como si esta vez de verdad hubiésemos
ganado en serio.
Y el miedo se hubiese ido yendo.
Cabizbajo.
Por la puerta de atrás.
Con una L en mayúsculas pintada en su
espalda.
Y entonces me he acordado.
De esa frase.
“Todos queremos que nos rescaten”
Y aunque sigo pensando que la fortaleza de
uno mismo
no debería medirse en base a ningún otro
ser;
esta vez debo añadir,
que no hay mejor sensación
que la de estirar la mano a oscuras
y saber que habrá alguien esperando
sujetarte al otro lado.
Para cuando resbales.
Para cuando las cosas se tuerzan.
Para cuando te entren esas ganas locas de
salir huyendo.
Para completarte.
Y que de esa combinación solo pueda salir
una fuerza todavía más poderosa,
capaz de transformar lo bueno en más bueno.
La luz en más luz.
Y he vuelto a cerrar los ojos
para disfrutar de esa sensación todavía un poco más.
para disfrutar de esa sensación todavía un poco más.
De esa luz de invierno que invita
a retorcerse cinco minutos más debajo del edredón.
a retorcerse cinco minutos más debajo del edredón.
De una falta de preocupación casi absoluta.
Y de ella.
De mi querida ataraxia
De mi querida ataraxia
y de lo mucho que la echaba de menos.
...
Y al abrirlos, todavía estabas.
| Budapest, Feb'15 |