sábado, 28 de febrero de 2015

todos queremos que nos rescaten.

I.

Todavía recuerdo la primera vez que lo oí:
“Todos queremos que nos rescaten”
y había tanta convicción en sus ojos
y una necesidad de cariño demasiado aguda
como para compensar con abrazos.
Un vacío casi imposible de llenar con mi seguridad
de que eso no era cierto.
De que valía más una muralla bien construida
que cientos de soldados deseosos de morir por ti.
Y que la fortaleza de uno se medía en los cañones
que pudiese activar por si solo.
La dependencia era algo tan caduco y poco fiable
que más valía desterrarla allí donde fuese inservible. 
Inútil para salvarnos.
Y quién necesita un rescate cuando es capaz de sobrevivir,
con el poder de sus propias manos.

II.

Ha habido miedo. Pero miedo del de verdad.
Y no hablo del miedo que ocasionan las dudas
al no recordar nuestra combinación de la caja fuerte. 
Ni tampoco del miedo que nos causan los cambios de rumbo;
ni del miedo de pulsar reiniciar.

Hablo de un miedo que cala hasta lo más profundo de tus entrañas
llegando a activar mecanismos que no sabías ni que poseías.
Un miedo tan absoluto que causa más ganas de proteger a los tuyos, 
que de protegerse a sí mismo.
Un miedo creado en base a la falta de control sobre las noticias 
que se proclaman en espacios de paredes blancas,
territorio aséptico,
y falta de humanidad.
Un miedo que hace que lo único que desees
sea volver a reptar a esa cueva
que todavía concibes como terreno conocido;
y esperar allí.
Abrazado a tus propias rodillas.
A que pase el invierno.

Solo cuando se experimenta esa clase de miedo
uno es capaz de darse cuenta
de que posee tantos cañones como esté dispuesto a construir.
Y que basta quererlo para que ese número se multiplique por infinito,
y éstos se desvivan en un intento de proteger a todos aquellos capitanes y soldados 
que decidieron luchar por la misma causa;
creando así una un batallón de fuerza completamente absolutista 
capaz de vencerlo todo a su paso.
Pues nunca hubo derrotas definitivas,
solo falta de oportunidades.

Ya lo dijimos una vez,
todo se derrite al zumbido de las ganas de,
incluso los monstruos.

III.

Hoy lo he sentido. El “todo va bien”
Y al hacer ese primer análisis de realidad
que uno tiende a hacer con la mente aún desactivada,
me ha invadido una sensación de tranquilidad desconocida.
Como si esta vez de verdad hubiésemos ganado en serio. 
Y el miedo se hubiese ido yendo.
Cabizbajo.
Por la puerta de atrás.
Con una L en mayúsculas pintada en su espalda.

Y entonces me he acordado.
De esa frase.
“Todos queremos que nos rescaten”
Y aunque sigo pensando que la fortaleza de uno mismo
no debería medirse en base a ningún otro ser;
esta vez debo añadir,
que no hay mejor sensación
que la de estirar la mano a oscuras
y saber que habrá alguien esperando sujetarte al otro lado.

Para cuando resbales.
Para cuando las cosas se tuerzan.
Para cuando te entren esas ganas locas de salir huyendo.
Para completarte.
Y que de esa combinación solo pueda salir una fuerza todavía más poderosa,
capaz de transformar lo bueno en más bueno.
La luz en más luz.

Y he vuelto a cerrar los ojos 
para disfrutar de esa sensación todavía un poco más.
De esa luz de invierno que invita 
a retorcerse cinco minutos más debajo del edredón.
De una falta de preocupación casi absoluta.
Y de ella. 
De mi querida ataraxia
y de lo mucho que la echaba de menos.

...


Y al abrirlos, todavía estabas.


Budapest, Feb'15