La
nostalgia también es preciosa, a veces.
Aunque
no me saque a bailar esta noche,
ni me
ayude a dibujarte de madrugada.
Nos
hemos esforzado tanto en dejarnos atrás
que a
veces ya no me acuerdo de lo que era tenernos.
Pasa con
todo, o eso dicen.
Con las
decisiones mal digeridas,
con las
visitas que no salen bien,
con las
discusiones sin origen y sin final.
Y con
las personas,
sobre
todo con las personas.
Vivimos
enfrascados en una persecución sin precedentes:
“Todos
contra los recuerdos”
Huyamos
de aquello que pueda recordarnos
que
alguna vez hubo algo bueno en esta historia.
Enterremos
memorias,
abandonemos
lugares,
cojamos
aviones sin preocuparnos por el destino que anuncia el billete
Todo
para llegar a la puerta de llegadas y darse cuenta
de que
ella está allí. Esperándonos.
Con un
cartel bien grande que reza:
“A dónde
quieras, pero conmigo”
Y es ahí
dónde nos hemos encontrado esta noche,
jugando
a no buscarnos en la oscuridad,
entre un
millón de recuerdos que hablaban de tiempos
en los
que todavía había cuentos para hacernos soñar.
Y los
hemos enumerado. A todos.
A todos
los que se han ido porque se los han llevado.
Y a
todos los que se han ido sin más.
Y les
hemos escrito un mensaje. A cada uno.
Recordándoles
todos esos recuerdos que enfrascamos alguna vez
en mil
botellas de cristal.
Y
cerrando los ojos hemos deseado que algún día
encuentren
la orilla de sus nuevas vidas,
Para que
también les roce a ellos, la nostalgia
Y que no
la sientan como una enemiga sino que la acaricien.
Despacio.
Como un
gato que viene a arañarnos,
y a
jugar con nosotros
Como las
cicatrices que surgían de jugar a ser valientes,
y no de
quemarnos.
Como una
señal del pasado
que nos
acompañará en el futuro.
La
nostalgia también es preciosa, a veces.
Aunque
no lleve carmín en los labios
Y casi
siempre vista de negro.
Aunque
no se lave la cara antes de irse a dormir.
También
es preciosa.
A veces.