Se
despertaba cada mañana enredada entre sábanas lavadas menos de lo que debería y
la manta en el suelo de tanto moverse en sueños. Luego los pies fríos, y ese
malhumor. Me acostumbré a evitarla a esas horas y la verdad es que jamás se
atrevió a disculparse. Cada vez que se lo mencionaba se reía; tenía la creencia
que si había nacido un domingo a las 3 de la tarde todo en ella estaba
ineludiblemente conducido hacia el aborrecimiento de los despertares. Y el
punto y final que ponía a la conversación me dejaban indicado que no había nada
más que añadirle al asunto. Siempre tan descarada.
Vivía
cada minuto con una preocupación impropia de cualquiera que presuma de vivir en
los tiempos que corren. La espontaneidad corría por sus venas de una manera que
envidiaría a cualquiera que se jactase de ser artista. Traté de convencerla un
par de veces; que dejase los números a los cuales estaba dedicando su carrera y
se dedicase a absorber el mundo de esa forma tan suya para luego plasmarlo de
algún tipo de manera. Nunca me hizo caso, por supuesto. Reía alocadamente como
respuesta a mi insistencia de que podía llegar tan lejos como quisiera con ese
carisma. Pero a ratos se le escapaba algún rizo y me contaba historias sobre
como estaba convencida de que un día las cosas cambiarían de tal forma que
quién sabe, quizá gobernaría un presidente negro en los Estados Unidos.
Todo
en ella era incoherente, y he de reconocer que en los tres años que gocé de su
presencia hubo demasiadas ocasiones en las que quise ponerle fin a esta
relación absurda de simbiosis desconectada en lo que nos habíamos involucrado
casi sin querer. Para ella siempre era ayer y siempre todavía. Nunca
alcanzable, nunca preparada, nunca disponible. Puro caos en resumen, en
especial para todo aquel que no viera más que a una chica incapaz de combinar
zapatos y jersey con el sombrero roto y las gafas sin graduar. A ratos me
preguntaba si de verdad ella misma entendía algo de su propia vida. Sin
embargo, algo tenía que tener para causar ese sentimiento de imán descontrolado
sobre las personas que la rodeaban y el cual te impedía alejarte una vez
hubieses creado algún tipo de conexión con su persona. Quizás fue precisamente
la incoherencia lo que me llevó a percibir sensaciones que hasta entonces me había
imaginado imposibles. Y me obligó a quedarme un rato más, solo por ver, solo
por aprender.
Compartía
piso con un budista y un hindú. Decía que entre asiáticos se sintió siempre más
cómoda pero que Europa era su casa y como tal, no podía permitirse alejarse de
ella demasiado. Tenía un gato y alergia al pescado. Le gustaban los domingos y
veía películas en francés. Alguna noche de vino y cartas que acabé durmiendo en
su sofá, la oí llorar en la habitación contigua pero nunca me atreví a entrar
en su habitación. Para mí simbolizaba un limbo encriptado el cual
perturbar era casi pecado. Saber la verdad me daba tantas ganas como miedo, y
ante la duda preferí siempre conservar mi papel de ingenuo. Hablaba siempre de
un chico que le rompió el corazón (jamás dijo su nombre y jamás lo pregunté) y he
de reconocer que nunca le conocí compañero de besos sin lujuria. Alegaba que su
corazón seguía estando en proceso de recuperación y que eso seguía vigente
hasta que pudiera pronunciar su nombre y apellido sin antes romperse por
dentro. Era esa miscelánea entre castillo de naipes derrumbado y una fortaleza
terminante. Y su figura retórica preferida siempre fue la hipérbole.
En fin,
ha llovido mucho desde entonces. Tengo bastante menos pelo y muchas más
arrugas. Hace ya demasiados años que no sé de esos rizos y aun así me he
acordado de ella esta mañana al despertarme y darme cuenta de que mi manta
estaba en el suelo. Y mis pies fríos.