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“If only we could be strangers”, me contaban
ayer
y sí, coincido con ella,
puede que sea lo más romántico que le han
dicho en la vida
o lo más triste, tal vez
Observo como se aleja de mí la oportunidad
de algo nuevo
y me sorprendo de mi incapacidad de
atreverme a frenarlo
¿Quién eres y que has hecho conmigo?
If only we could be strangers
Y lo fuimos. Y lo somos.
Y el medio paso que hemos dado para
conocernos
no ha sido suficiente para aguantar el
empujón
que te empuja hacia el otro lado.
Y mientras tanto aquí, en mi zona de
confort,
se distribuye una escala de grises
que avecina tiempos de tranquilidad y
sosiego,
pero sin rastro de la emoción. Del deseo.
De las mariposas que nos indiquen que
seguimos vivos.
Algunos lo han llamado crecer,
otros lo han descrito como conformismo.
Para mí no es más que una metamorfosis del
miedo.
Más adulto sí, más maduro.
Pero miedo a soltar las correas y a abrir
las manos.
No vaya a ser que lo que encontremos sea malo,
o más bien, no vaya a ser que lo que
encontremos sea mejor.
Las preguntas que más duelen son aquellas en las que sabes la
respuesta
Y mientras se acaba otro año más no puedo
sino hacer balance
de mí misma contra todas mis deudas.
De mí misma contra todas mis faltas.
Me falta la ilusión que descubro en otros ojos
y me falta la valentía necesaria para
atreverme
a darle al destino otra oportunidad.
Me descubro sonriendo ante realidades
tan distintas de las que me impuse como mi
camino
y me faltan estrellas fugaces para
convencerme de ello.
Me falta Oriente y me quema Occidente.
Me faltan baúles para los olores que voy
olvidando sin poder contenerme.
Me falta tiempo para volver, razones para
quedarme.
Y a la vez me falta puto coraje para
reconocérselo al espejo.
Me faltan mil aviones, cien mil abrazos.
Me falta ella desde el otro lado de este
teclado
(y sé que me leerá y entre olas y mar
sabrá lo poco que me he acostumbrado a su ausencia)
Me faltan un millón de lo sientos a tiempo
y me sobran todas las disculpas que
llegaron a destiempo.
Se ha esfumado la inquietud y ese no sé qué
que funcionaba como gusano en la barriga
y me obligaba a amanecer.
Me falta valor para reconocerte que desde
que te vi
he recuperado parte de lo que creía perdido
y que te debo mil cervezas a modo de
gracias por encontrarme.
Me sobran ganas para contarte lo que nunca
te dije.
Para compartir mis mariposas
y lanzarme a ese torbellino de ideas
que supone conocer realidades nuevas.
Pero de nuevo,
me falta el valor para abandonar mi orilla
del mar.
Y si lo pienso dos minutos más,
es probable que nos falten razones para
hacerlo.
Me faltan gracias, a todos,
por haber hecho posible sobrevivir a este
absurdo año
que ha traído más tropiezos que cualquier
otro.
Y aún conservo manos,
a las que agarrarme para afrontar este
nuevo que empieza.
Me falta equilibrio ante este absurdo mar
de verdades a medias
y en las que el bien y el mal se han
mezclado tanto
que ya no sabemos quien es inocente y quien
es culpable.
Me falta una estrella. Tu estrella.
Que se atreva a iluminar el cielo
y a enseñarnos como tantas otra veces,
que mientras quede tiempo, todavía quedan
soluciones.
Y ante la falta de tregua me quedan muchas
borracheras.
De palabras.
Y que lluevan millones.
De estrellas.
Un año más.