martes, 26 de abril de 2011

Noches de incendio

Y sí, te lo pregunto a ti. A ti que acabaste con mi dignidad y me arrancaste la ilusión que tú solo creabas. A ti que me sacabas las sonrisas y después las regalabas. A ti que me querías solo a oscuras y que a la luz del día jamás te lo perdonabas. Te lo pregunto a ti, sí, te lo sigo preguntando a ti…

Porque a pesar de todo todavía recuerdo cuando las cosas aún parecían nuevas y me despertaba contigo a centímetros cada mañana. Y cómo nos gustaba cosernos al colchón, ¿verdad? Nunca conocí a nadie con tanta imaginación para inventarse cien mil tipos de excusas que te sirviesen para retenerme aún cinco minutos más en la cama.
Una vida a contrarreloj, con prisas. Aprendí a valorar el tiempo en base a los segundos que me dejabas compartir contigo. Y aprendí a morirme por dentro en tus silencios y a renacer con cada frase que te atrevías a concederme de nuevo.

Pero no todo fue poesía, eso ya lo sé yo. Y es que tú y yo nunca fuimos de los de “cariño, llámame cuando llegues”, nunca estuviste para cargarme las bolsas, ni tampoco me recogiste en ninguna estación.
Tú y yo siempre fuimos más de revolcones por las esquinas, de promesas en servilletas de papel, de mensajes en forma de platos rotos cuando me jurabas no volver… Pero qué podía importar, ¿verdad? Si perdíamos la cabeza en cada reencuentro y me rompías los despertadores en cada amanecer.
Destruiste mis miedos, me enseñaste a soñar. Conmigo enterraste la palabra imposible y la rutina jamás se llegó ni a asomar.

Y aun así lo supimos desde el principio. “Demasiado intenso”, solías decirme. Y qué malos eran los momentos en los que te daba por pensar… Y entonces yo volvía al tejado, a ese rincón mío que tú poco a poco hiciste nuestro. Y te odiaba pensando que de verdad esta vez significaba final. Cuántas veces me juraron que era mejor así, cuántos otros quisieron ocupar tu lugar.
Sin embargo tú siempre volvías, ¿verdad? Con el rabo entre las piernas y con un simple “volvámoslo a intentar”. Y entonces ya estábamos otra vez; “tú y yo y el mundo a nuestros pies”, no importaba cuanto te jurara que esta vez sería diferente siempre acababas convenciéndome de que existía un universo paralelo y que tú y yo gobernaríamos sobre él.

Pero como toda historia también la nuestra encontró su final. Y te fuiste con cualquiera alegando que ya era hora de centrar cabeza y te olvidaste tus fantasías arriba en el tejado, junto a todo lo demás.

Sin embargo ya ves, absurda como es la vida te lo sigo preguntando a ti, que me arropaste con mil historias para no dormir cada noche, a ti que me esculpiste en mil sonrisas, a ti que te reíste de mis lágrimas, que me destruiste mil veces y te olvidaste de recomponerme otras tantas… A ti que me lloraste sin razón. A ti que me abandonaste sin jamás pedir perdón.

“Y si fueran reversibles aquellas noches de incendio”