lunes, 16 de noviembre de 2015

cinco inviernos sin ti.

Ha llegado puntual, como siempre.
Y tenía tantas cosas que contarte que no he sabido ni por dónde empezar. Sigo pensando que a veces le damos demasiada importancia a las fechas, a la emoción, a la necesidad de marcar un número como señal de que seguimos vivos, y que no te olvidamos.
Sinceramente siempre me pareció una estupidez. Esa necesidad de poner un manto gris al día y pasarlo peor que el resto del año. No sé, será que a mí se me sigue clavando más el olor a Atlántico o a café recién hecho, que cualquier fecha que pueda marcar en el calendario.
Aún así he de darles la razón en algo, sabes. Si de algo sirven las fechas es para pararse a analizar el tiempo que hemos vivido, a ratos más mal que bien. El tiempo que estuviste aquí conmigo, y más que eso, el tiempo que dejaste de estar.

Cinco inviernos han dado para mucho, no te voy a engañar. Creo que no soy ni la sombra de lo que pude ser en su día y quiero pensar que hay algo de bueno en esa metamorfosis. No sé, sigo necesitando un café para despertar por las mañanas y todavía leo la última página del libro nada más empezar. Sigo sonriendo cuando huele a mar, y sigo creyendo que los domingos se inventaron para pensar. Pero aún así, soy consciente de los cambios y de las estaciones, de las personas que creía que serían para siempre y desaparecieron y de las nuevas que han llegado para quedarse. Te has perdido tanto que a veces me enfado. Me llegan tus consejos a destiempo. Como si mi memoria ya no pudiese juntar tus palabras sin equivocarse.
Me he dedicado a viajar y a creerme tus historias. Creo que esa parte te gustaría. Te descubro en cada ciudad de una manera diferente. Tal vez ellas me enseñen todo lo que tú nunca tuviste tiempo. Sigo leyendo cuando me siento sola y sigo pensando que tenías razón y ayuda a dormir por las noches. A veces me da por llorar, sin razón alguna, pero también he aprendido a reírme, y mucho, incluso cuando no hay explicación alguna. Creo que de esa parte estarías orgulloso, también.

Las cosas van bien. O al menos a ratos. Sigue habiendo una mancha oscura que me acompaña como una sombra permanente. Me dijeron que terminaría esfumándose, como todo. Sin embargo la mía nunca paró de crecer, hasta volverse de mi mismo tamaño. Ahora nos hacemos compañía y nos damos conversación en las noches de insomnio. Me insta a olvidar, sabes, y yo sigo creyendo que no hay palabra más horrible que esa. Y me obligo a repasar cada minuto en mi memoria pues sigo pensando que si aún duele significa que aún estás cerca. Que sólo te irás el día que ese dolor se vaya. Y eso, eso no me lo perdonaría.

Dicen que las preguntas que más duelen son aquellas de las que sabes la respuesta y a mí el futuro se me sigue planteando como la peor interrogación de todas. Sonidos de tiempos mejores y de todos los míos que jamás escucharán tu melodía; todos los tuyos para los que no serás más que una foto en la pared. Un cuento para dormir.
Existen tantas injusticias ahora mismo que casi me da vergüenza contar la mía pero aun así, vuelvo a ser egoísta, y es que no hay 15 de noviembre que no piense en lo injusto que es que hoy tampoco vayas a venir a cenar. Otro día más. Y así desde hace tanto tiempo que da hasta vértigo. Otro invierno más.

Hoy no te pido que vuelvas, sólo que no termines de irte.

Y que siga doliendo. Que las lágrimas no son más que recordatorios de la gente que no te olvida.

Mucha luz. Allá donde estés.

Por muchos inviernos más.


sábado, 3 de octubre de 2015

Sorry kid, the bus to Neverland just left

Representaba esa mezcla de madurez e inocencia que caracteriza a las personas que han vivido mucho demasiado pronto. En sus ojos se reflejaban mil mundos que quizás nunca debió haber visto y que se acostumbró a disfrazar de posibilidades de cambio, de un futuro mejor. Siempre positiva, siempre inquisitiva. Tenía la manía de preguntar más allá de lo políticamente correcto; y solucionaba sus groserías a base de sonrisas que escondían promesas de más, y al final siempre sabían a menos.
Se desprendía de sus mil y un pretendientes con la simple excusa de que siempre existirían mil y uno más. Vivía convencida de que el amor era algo tan mágico y poderoso que era imposible, y terriblemente egoísta, confinárselo a una única persona. Por esa razón, describía las relaciones personales como un descubrimiento maravilloso, que te embriagaba de una riqueza tan infinita que terminaba por volverte tremendamente avaricioso y no podías sino desear volver a vivirlo de nuevo mil veces más. Siempre más.
En sus labios tan estrambótica explicación no sonaba simple ni mucho menos vulgar. Y cuando la cuestionaban y la acusaban de caprichosa siempre ponía esa cara seria con los ojos bien abiertos y terminaba convenciéndote de que algún día, un razonamiento así sería factible, tan factible como la posibilidad de haber encontrado vida en otro planeta.

Quizás fue eso lo que me llevó a adorarla. Esa especie de amor incondicional a la vida en su más pura esencia. Sin ataduras, sin límites. Definía al amor como un derecho incondicional capaz de atravesar cualquier tipo debarrera. Algo tan inconexo e incomprensible que no existían paredes capaz de comprimir. A veces se le saltaban las lágrimas y se embaucaba en un debate personal sin respuesta acerca de dónde estaban los límites. Cómo podía ser capaz de sentir tanto, y tan intenso, y que quisiesen limitárselo a un solo ser.
Nunca entendí por qué me eligió a mí durante tanto tiempo. Siempre supe que algún día yo mismo me convertiría en parte de esa ecuación y se acabaría marchando. Que pedirle a una persona así un amor unidireccional era quizás la petición más egoísta que pudiese existir en el planeta. Y aun así, mi egoísmo conservador incapaz de correr tan rápido como ella me pedía, me mataba cada noche en sueños. De celos, de impotencia. De deseos de conservar esa sonrisa para mí, y negársela al resto de personas; aun sabiendo que así solo conseguiría destruirla.
Los meses fueron pasando y me acostumbré a su presencia. Y compartíamos café, y libros, y los cigarros de después. Y en mi nevera siempre había fresas, y la bañera me la llenó de olor a cereza. Sentía su calor en las sábanas como un símbolo de mi propia felicidad y tal vez ese fue el inicio del problema. Vivía tan despreocupado desde que había decidido instalarse que no me di cuenta de lo que sufría. De que su magia había comenzado a agotarse y de que en sus ojos, siempre tan llenos de luz, comenzaba a haber señales de oscuridad. Estaba tan convencido de que una felicidad así no podía existir sino siendo compartida que no fui capaz de darme cuenta de que una presencia como la suya no podía durar para siempre. Que un día recogería sus canciones, sus rizos, y su olor a cereza y se marcharía sin mirar atrás.

Y así, impredecible como era un día decidió que ya era suficiente. Le bastaron un par de horas para meter nuestra vida en tres maletas e igual de seria como el día que la conocí, me confesó lo que yo ya sabía: que existía un mundo entero allá afuera, y aunque había intentado encajar en una vida en clave de dos todavía le quedaba mucho que descubrir. Me ofreció acompañarla, siempre lo hacía, pero una vez más fue mi egoísmo el que decidió que jamás podría compartirla. 

[...]

Muchos años han pasado ya desde aquella mañana de abril en la que decidió marcharse. Aprendí a olvidarla a base de noches de humo y paciencia y aún necesité varios años de madurez para entender que hay personas que se cruzan en tu vida instantes y te atraviesan mucho más que aquellas que se quedan para siempre. Ya casi no recuerdo su forma de cantarle a la música, ni su manera de sorber el café por las mañanas, ni tampoco su olor a cereza.


Y aun así, he de reconocer que la observé por la ventana durante meses, a ella o a cualquier otra que pudiese evocarme su nombre.






Mt Ijen, Indonesia '13

jueves, 24 de septiembre de 2015

Tide pulls from the moon


Hay días que amanecen grises,
como cuando vivíamos mucho más al norte
y solo oíamos la lluvia al otro lado de la habitación,
sin atrevernos a abrir las cortinas,
en un intento de parar el tiempo debajo del edredón.

Hay días con amaneceres fríos
de cielos despejados y trazos de aviones
que nos recuerdan que hace tiempo
que ya no vivimos en ellos

Hay días en los que amanece y ya es otoño
y de repente lo notas,
el paso del tiempo,
y se siente como un manto pesado
que nos ha caído casi sin avisar.
Dónde se han ido los rayos del sol
que invitaban a apurar todavía un poco;
cómo si pudiésemos dibujar días eternos
y noches que nunca terminaban de llegar

Anoche bailábamos canciones de otros tiempos
y entre música de ayer
se nos entremezclaban los pasos del todavía.
Desaparecer es un estado factible
si uno se limita a dejar el cuerpo en tierra
y lanzar la mente al vuelo,
o eso dicen.

[Y allí, dónde la materia no existe
y no somos más que aire parezco encontrarme,
a mí y a todas las cosas que han vivido conmigo.
Y luego la rabia,
de volver a tierra y comprender,
que todo eso ya se ha ido,
y que está demasiado arriba
como para querer recuperarlo,
que se ha convertido en algo demasiado inerte,
como para buscar revivirlo,
que el tiempo perdido,
no siempre se puede recuperar]

Claro que también hay días de luz.
Y de fuerza.
Y me basta el recuerdo de tu risa
para recordar los objetivos
que le juramos cumplir al Atlántico,
a base de esfuerzo y paciencia;
como si pudiésemos dibujar el destino
a base de piedras de sal.
Y aunque falte el autor
parece que aún quedan medios para terminar su obra.

Vuelve, 
no soy tan fuerte.
Te echo de menos

No hay derrota más humillante
que la batalla perdida contra el paso del tiempo

Y luego tu recuerdo palidece
jugándole malas pasadas a mi memoria.
Y me agarro a la última bala
con la esperanza de que me saque lejos de aquí
sin más objetivo que aprender a olvidar,
y sobrevivir.

Pero siempre acabas lanzándome destellos de luz
que me recuerdan a los días de verano
y me hacen creer que aunque suene imposible,
todavía podemos

Evitar la noche,
digo.



lunes, 17 de agosto de 2015

Vietnam sentimental

i.

Hay una feroz diferencia entre la fuerza 
de una luz que se apaga y otra que se enciende
Aun así, ambas pasan por un punto en común;
ese momento de penumbra, de casi luz, casi oscuridad,
ese momento que define la vida y la diferencia de la muerte
Un punto de inflexión, 
una linea divisoria entre la esperanza y la desconsolación
Algo parecido debe ocurrir con las estrellas
Algo parecido debió ocurrir en esta ecuación.


No sé. Creo que estuvimos aquí hace tanto tiempo 
que casi se nos había olvidado la verdadera razón 
por la que empezamos a escribir poesía,
a cantarnos las letras, a leer entre canciones.
Aquella adrenalina que nos despertaba por dentro y nos hacía volar por fuera
como si sólo con tinta pudiésemos escapar tan lejos 
como nuestra mente quisiera llevarnos.
Y allí estabas, siempre estuviste.
De una forma tan irreal, como pragmática.
Te rodeadaban miles de colores y un aura de fatalismo idealizado
que no podía sino significar el peor de las fracasos.
Vertigo. En su grado más elevado.
Y una terrible necesidad de sucumbir.
Atracción hacia el vacío.
Hacia lo desconocido.
Hacia ti.

ii.


No lo sabíamos y ya nos buscabámos.
Como dos sombras que ansían la luz y no saben escapar de su propia cueva.
Hundidas, derrotadas. 
Y aun así,
con el recuerdo de una esencia brillante parpadeando en la memoria
y una sensación de calor y confort como el único motivo para seguir respirando.
Nunca supe si esa esencia era real o imaginaria,
idealizada por un millón de cuentos a los que nunca debimos prestar atención;
o en cambio, tangible. 
Tan brillante y desconcertante como se dibujaba en mi memoria.
Un estado de embriaguez, 
como el colocón de una droga cuando todavía sientes que vuelas.
Desinhibismos, pérdida de la noción de ser.
Pura exaltación del sentimiento de estar vivo.
Y más importante, sensación de plenitud. De estar completo.
De comprender esa clave de dos de la que siempre hablaron y nunca sentimos.
Así me lo imaginé durante mucho tiempo.

Lo busqué, claro que lo busqué.
Una esencia capaz de comprender esas ansias de todo
que pudiesen completar el camino que yo había diseñado para mí.
Una compañía en paralelo. Aliento de fuerza, ganas de abrazar.
Una fusión. Un orgasmo cerebral. 
Algo tan intenso que quemase por dentro e irritase por fuera 
hasta el punto de abrasarnos a nosotros mismos y destruir cualquier tipo de barrera.
¿De qué otra forma podía ser?
Si solo del hierro fusionado puede forjarse la verdadera armadura.
Y para ello, primero hay que prenderse en llamas,
fundir cualquier tipo de coraza que nos haga ser quien somos.
Dejar que duela, que mate por dentro;
destruirnos hasta quedar desnudos, sin nada más que nosotros mismos.
Esa llama pequeña e indefensa que palpita en un intento de sobrevivir.
Solo entonces podríamos saber si eramos compatibles.
Si existía esa opción de ser feliz.

Pero no siempre resultó tan fácil,

y eso lo aprendimos de la peor de las maneras.
No lo voy a negar.
Nos hemos pasado la vida buscando y a la vez evitando ese grado de exposición 
ante nada,
ante nadie.
Duele. Más que todo lo demás.
Por eso  un buen día el palpitar de un recuerdo dejó de ser suficiente.
y sentimos como se evaporaba la ilusión y con ella 
las ganas de volver a empezar.
Quizás, al fin y al cabo, no fuese más que una emoción idealizada por un mar de fantasía
en el que algo tan intenso no tiene cabida, 
Que una fusión tan absoluta no puede darse más que en los sueños.
Era mejor convencerse de que era mejor así; y dejar de buscarnos. 
Aceptar que ya no son tiempos para creer en los "más uno".
Olvidarse de ti aun sin haberte conocido.
Y aceptar al individualismo como objetivo final.

iii.

Ahora ya ves, muchos inviernos más tarde
me sorprendo aceptando como rutina una mezcla de actitudes 
que nunca consideré hechas a mi medida.
Los espejos me reflejan un brillo oculto 
que viene aderezado con la falta de dudas, con ganas de más
Abro los ojos, y el paisaje no cambia.
La presa de cinco dedos que sostienes con tanta fuerza es mi mano,
el soporte en el que tienes pensado edificar tu futuro 
no es más que una prolongación del balcón de mi habitación.
El vértigo se ha evaporado
y con él la sensación de quemazón.
Ya no duele, solo se siente más fuerte. Más solido.
Y el deseo de decir que sí a todo. De olvidarnos del no.
Creo que he recordado la razón por la que empezamos a escribir poesía
y en todas las explicaciones me sales tú como finalidad.


Olvidemonos de querer olvidar entonces.


Y que siga brillando.

martes, 7 de julio de 2015

Sideral

Mátame, mátame mucho.
Estrella de la muerte.
Cibernética eterna. Estela plateada....



Medirnos por momentos
de los que quitan el aliento
y no tanto por aquellos en los que nos falta
y todo acaba en un ataque de tos.

La confianza es algo tan frágil 
como el papel de oro con el que ayer vestíamos Buddhas 
y que hoy yace sin vida en el fondo de algún cajón.
Ha ido perdiendo el color,
casi como los recuerdos.

Por qué será que no llega a pasar lo mismo con las cicatrices 
y éstas tienen una capacidad innata de resurgir desde lo mas profundo
arrasándolo todo como si la herida fuese de ayer.
Batalla perdida entre el dolor y las ganas
de dejar atrás.
Banderas blancas pidiendo clemencia
ante la tiranía del corazón


y no dejes que jamás se junten los trozos del cristal
ni el bien ni el mal....



Palabras aprendidas como en un recital de niños.
Se abre el telón
y estás tú solo.
A lo lejos el eco de los aplausos. 
Brisa de carcajadas de ilusión 
que dejan paso a la resaca
de suelas desgastadas y zapatos descoloridos

Solo queda sentarse a esperar
y volver a los  besos en las rodillas
como consuelo final.



...Si tu lengua es meteoro 
que me mande unas palabras para hacerme tiritar...



Hemos perdido la voz.
y las estrellas. 
Si nos descuidamos la sensación de vacío puede calar hasta empaparnos los huesos
Huidas de un instante en las que parar el tiempo
aunque solo sea para recuperar la respiración
Salir huyendo. Más, y más rápido. 
Ultima parada: Uno mismo. 

Dime, 
de quién vamos a fiarnos ahora que todo lo viejo se ha vuelto demasiado viejo
y lo nuevo brilla también demasiado
recordando más a una daga de metal 

con la que rasgarnos por dentro 
que a una solución factible.

Luces de león que no cesan de parpadear.
Todavía sigue habiendo referencias. O no


Vértigo que empaña el ambiente 

y multiplica por cien la angustia por la caida.
Decisiones mal calculadas 

Ya es muy tarde para no saltar.

Das dos pasos para atrás
Solo un minuto, mientes.
Cambia el tiempo.
Hay algo nuevo aquí,
algo ha cambiado. Y a veces es complicado hacerse a los cambios
La nostalgia es algo con lo que ya contabamos
pero joder,
resulta jodidamente absurdo tener que acabar 
echándose de menos a uno mismo.


Nos hemos perdido,
Y peor que eso, 
Nos han olvidado.

Ya lo dijeron una vez:
no hay peor nostalgia que la de todo aquello que nunca llegó a pasar
ni peor coste de oportunidad que las decisiones sin ganador absoluto


Estrella de la muerte, 
Cibernética eterna...
Quiero que me alcance, 
tu rayo sideral....


domingo, 7 de junio de 2015

This is my final fit, my final bellyache

i.

¿Cuántos delitos cometerías si pudieras olvidarlos después?
No será la primera ni la última vez que hemos tentado a la suerte.
Tensar la cuerda todavía un poco más,
como si en algún momento de esta historia
nos hubiesen regalado una varita mágica
para poder borrar todo
y fingir que nunca llegó a pasar nada.

La normalidad es algo que nos creímos a base de nombrarla.
Y escupíamos a cualquier tipo de rutina
que pudiese arruinar nuestra independencia,
nuestras ansias de libertad.
Vivíamos en un mundo ilusorio de esperanzas ficticias 
y nos alimentábamos a base de sed de uno mismo.
De ganas de más.

Ha llovido mucho. Da miedo reconocerlo.
Como empezaron las cosas
a miles de kilómetros de esta ciudad
y como hemos llegado a tenernos así. 
En frente uno del otro.
Mirándonos a la cara y no viendo más que basura y podredumbre.
Heridas malcerradas a base de sal y falta de besos.
Lágrimas secas. Resaca de corazón.

Parece lógico.
Ponernos el carnet de abandono,
echar la llave y mandarnos un par de versos escritos
más por prisa que por necesidad
“Llego tarde, cuídate.
Fue un placer haberte encontrado,
pero siempre he sido más de luz que de penumbra,
y contigo se me apagaron las estrellas”

No hay nada que pueda añadir
al listado de excusas desnumeradas
con las que he construido este desorden.
Welcome homele digo a las dudas cada noche.
Y las abrazo como si el frío estuviera de mi lado:
perdida y por goleada.

ii.

Como cuando alguien te sonríe mientras se cuelga el cartel de
“estoy bien, solo he cerrado por vacaciones”.
Así me miras ahora, con más pena que rabia.
Pena por no haber sabido encontrar
la manera de sacarnos a flote sin necesidad de sabotearnos por el camino.
Por ser más yo que tú mismo
y recurrir a la autodestrucción antes que al remordimiento.
Pero sobre todo,
por haberte olvidado a ti mismo y por lo tanto, 
haberte olvidado de mí.

Jugaste a ser dios y solo acabaste dándote cabezazos sobre tu caja de brujas
en la que todos tus secretos parecen haberse acumulado.
Ahora te observan de frente. Pidiendo explicaciones.
Como si también tus demonios te echasen en cara
haber sido capaz de llegar tan lejos esta vez
y de perder lo único que importaba.

Que difícil es a veces dar un paso atrás
y atreverse a reconocer errores.
Siempre he pensado que el perdón es algo más recibido,
que merecido.

iii.

Creo que a veces acorazamos de miedos las paredes de nuestro refugio
Y en ese proceso de inmolación infinita nos olvidamos de mirar fuera
concentrándonos demasiado en purgar lo de dentro. 
Hasta que al final, 
quedamos a reducirnos a lo único inabarcable: nada.
Y es en ese momento cuando olvidamos
que la luz no venía de fuera, sino de dentro,
y que repartiendo culpas no conseguiremos que vuelva.

No sé, yo también me he asustado.

iv.

Las decisiones se pueden tomar en base a tantos factores
como excusas quieras contarte a ti mismo.
Esta vez no estoy del todo segura de si hay algo diferente en ti
o es más bien un cambio que has provocado en mí.
Aun así, me basta un recuerdo de tu risa
para que vuelva la luz que hemos apagado
a base de ostias contra el interruptor.

Voy a aferrarme a ello.
Al recuerdo de un futuro mejor.
A la memoria de un sentimiento de fuerza en clave de dos
capaz de traspasar fronteras y vencer al mundo
dejando a sus circunstancias en segundo lugar.
Sabiendo que ya habíamos ganado
y lo diferente que se ve la vida cuando uno aprende que al final
importa más la compañía más que el destino
la experiencia que el resultado final.

Dicen que las ruinas son todo eso
que ya no se puede destruir.
Y aquí queda demasiada destrucción todavía.
Formas de hacernos daño. 
O mejor. Formas de lamer heridas.

Vamos a enfocarnos en lo último esta vez.
En recoger pedazos, enterrar a los muertos.
Bandera blanca de angustia dando paso a un mar en calma.
Ocaso de tormentas.
Crepúsculo de desazón.

Hoy hace un año que empezó esta carrera
y a pesar del remordimiento y la rabia acumulada,
me siguen sobrando atardeceres
por los que volvería a repetirlo todo una vez más.

v.

He abierto los ojos y te he buscado a tientas por la habitación.

Y antes de a ti la he encontrado a ella,
a la ataraxia.
Y casi he llorado al abrazarla.
Después te he visto sonreír.
Aún dormías.

Sí, me sobran las razones.


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