i.
Hay una feroz diferencia entre la fuerza
de una luz que se apaga y otra que se enciende
Aun así, ambas pasan por un punto en común;
ese momento de penumbra, de casi luz, casi oscuridad,
ese momento que define la vida y la diferencia de la muerte
Un punto de inflexión,
una linea divisoria entre la esperanza y la desconsolación
Algo parecido debe ocurrir con las estrellas
Algo parecido debió ocurrir en esta ecuación.
No sé. Creo que estuvimos aquí hace tanto tiempo
que casi se nos había olvidado la verdadera razón
por la que empezamos a escribir poesía,
a cantarnos las letras, a leer entre canciones.
Aquella adrenalina que nos despertaba por dentro y nos hacía volar por fuera
como si sólo con tinta pudiésemos escapar tan lejos
como nuestra mente quisiera llevarnos.
Y allí estabas, siempre estuviste.
De una forma tan irreal, como pragmática.
Te rodeadaban miles de colores y un aura de fatalismo idealizado
que no podía sino significar el peor de las fracasos.
Vertigo. En su grado más elevado.
Y una terrible necesidad de sucumbir.
Atracción hacia el vacío.
Hacia lo desconocido.
Hacia ti.
ii.
No lo sabíamos y ya nos buscabámos.
Como dos sombras que ansían la luz y no saben escapar de su propia cueva.
Hundidas, derrotadas.
Y aun así,
con el recuerdo de una esencia brillante parpadeando en la memoria
y una sensación de calor y confort como el único motivo para seguir respirando.
Nunca supe si esa esencia era real o imaginaria,
idealizada por un millón de cuentos a los que nunca debimos prestar atención;
o en cambio, tangible.
Tan brillante y desconcertante como se dibujaba en mi memoria.
Un estado de embriaguez,
como el colocón de una droga cuando todavía sientes que vuelas.
Desinhibismos, pérdida de la noción de ser.
Pura exaltación del sentimiento de estar vivo.
Y más importante, sensación de plenitud. De estar completo.
De comprender esa clave de dos de la que siempre hablaron y nunca sentimos.
Así me lo imaginé durante mucho tiempo.
Lo busqué, claro que lo busqué.
Una esencia capaz de comprender esas ansias de todo
que pudiesen completar el camino que yo había diseñado para mí.
Una compañía en paralelo. Aliento de fuerza, ganas de abrazar.
Una fusión. Un orgasmo cerebral.
Algo tan intenso que quemase por dentro e irritase por fuera
hasta el punto de abrasarnos a nosotros mismos y destruir cualquier tipo de barrera.
¿De qué otra forma podía ser?
Si solo del hierro fusionado puede forjarse la verdadera armadura.
Y para ello, primero hay que prenderse en llamas,
fundir cualquier tipo de coraza que nos haga ser quien somos.
Dejar que duela, que mate por dentro;
destruirnos hasta quedar desnudos, sin nada más que nosotros mismos.
Esa llama pequeña e indefensa que palpita en un intento de sobrevivir.
Solo entonces podríamos saber si eramos compatibles.
Si existía esa opción de ser feliz.
Pero no siempre resultó tan fácil,
y eso lo aprendimos de la peor de las maneras.
No lo voy a negar.
Nos hemos pasado la vida buscando y a la vez evitando ese grado de exposición
ante nada,
ante nadie.
Duele. Más que todo lo demás.
Por eso un buen día el palpitar de un recuerdo dejó de ser suficiente.
y sentimos como se evaporaba la ilusión y con ella
las ganas de volver a empezar.
Quizás, al fin y al cabo, no fuese más que una emoción idealizada por un mar de fantasía
en el que algo tan intenso no tiene cabida,
Que una fusión tan absoluta no puede darse más que en los sueños.
Era mejor convencerse de que era mejor así; y dejar de buscarnos.
Aceptar que ya no son tiempos para creer en los "más uno".
Olvidarse de ti aun sin haberte conocido.
Y aceptar al individualismo como objetivo final.
iii.
Ahora ya ves, muchos inviernos más tarde
me sorprendo aceptando como rutina una mezcla de actitudes
que nunca consideré hechas a mi medida.
Los espejos me reflejan un brillo oculto
que viene aderezado con la falta de dudas, con ganas de más
Abro los ojos, y el paisaje no cambia.
La presa de cinco dedos que sostienes con tanta fuerza es mi mano,
el soporte en el que tienes pensado edificar tu futuro
no es más que una prolongación del balcón de mi habitación.
El vértigo se ha evaporado
y con él la sensación de quemazón.
Ya no duele, solo se siente más fuerte. Más solido.
Y el deseo de decir que sí a todo. De olvidarnos del no.
Creo que he recordado la razón por la que empezamos a escribir poesía
y en todas las explicaciones me sales tú como finalidad.
Olvidemonos de querer olvidar entonces.
Y que siga brillando.
Hay una feroz diferencia entre la fuerza
de una luz que se apaga y otra que se enciende
Aun así, ambas pasan por un punto en común;
ese momento de penumbra, de casi luz, casi oscuridad,
ese momento que define la vida y la diferencia de la muerte
Un punto de inflexión,
una linea divisoria entre la esperanza y la desconsolación
Algo parecido debe ocurrir con las estrellas
Algo parecido debió ocurrir en esta ecuación.
No sé. Creo que estuvimos aquí hace tanto tiempo
que casi se nos había olvidado la verdadera razón
por la que empezamos a escribir poesía,
a cantarnos las letras, a leer entre canciones.
Aquella adrenalina que nos despertaba por dentro y nos hacía volar por fuera
como si sólo con tinta pudiésemos escapar tan lejos
como nuestra mente quisiera llevarnos.
Y allí estabas, siempre estuviste.
De una forma tan irreal, como pragmática.
Te rodeadaban miles de colores y un aura de fatalismo idealizado
que no podía sino significar el peor de las fracasos.
Vertigo. En su grado más elevado.
Y una terrible necesidad de sucumbir.
Atracción hacia el vacío.
Hacia lo desconocido.
Hacia ti.
ii.
No lo sabíamos y ya nos buscabámos.
Como dos sombras que ansían la luz y no saben escapar de su propia cueva.
Hundidas, derrotadas.
Y aun así,
con el recuerdo de una esencia brillante parpadeando en la memoria
y una sensación de calor y confort como el único motivo para seguir respirando.
Nunca supe si esa esencia era real o imaginaria,
idealizada por un millón de cuentos a los que nunca debimos prestar atención;
o en cambio, tangible.
Tan brillante y desconcertante como se dibujaba en mi memoria.
Un estado de embriaguez,
como el colocón de una droga cuando todavía sientes que vuelas.
Desinhibismos, pérdida de la noción de ser.
Pura exaltación del sentimiento de estar vivo.
Y más importante, sensación de plenitud. De estar completo.
De comprender esa clave de dos de la que siempre hablaron y nunca sentimos.
Así me lo imaginé durante mucho tiempo.
Lo busqué, claro que lo busqué.
Una esencia capaz de comprender esas ansias de todo
que pudiesen completar el camino que yo había diseñado para mí.
Una compañía en paralelo. Aliento de fuerza, ganas de abrazar.
Una fusión. Un orgasmo cerebral.
Algo tan intenso que quemase por dentro e irritase por fuera
hasta el punto de abrasarnos a nosotros mismos y destruir cualquier tipo de barrera.
¿De qué otra forma podía ser?
Si solo del hierro fusionado puede forjarse la verdadera armadura.
Y para ello, primero hay que prenderse en llamas,
fundir cualquier tipo de coraza que nos haga ser quien somos.
Dejar que duela, que mate por dentro;
destruirnos hasta quedar desnudos, sin nada más que nosotros mismos.
Esa llama pequeña e indefensa que palpita en un intento de sobrevivir.
Solo entonces podríamos saber si eramos compatibles.
Si existía esa opción de ser feliz.
Pero no siempre resultó tan fácil,
y eso lo aprendimos de la peor de las maneras.
No lo voy a negar.
Nos hemos pasado la vida buscando y a la vez evitando ese grado de exposición
ante nada,
ante nadie.
Duele. Más que todo lo demás.
Por eso un buen día el palpitar de un recuerdo dejó de ser suficiente.
y sentimos como se evaporaba la ilusión y con ella
las ganas de volver a empezar.
Quizás, al fin y al cabo, no fuese más que una emoción idealizada por un mar de fantasía
en el que algo tan intenso no tiene cabida,
Que una fusión tan absoluta no puede darse más que en los sueños.
Era mejor convencerse de que era mejor así; y dejar de buscarnos.
Aceptar que ya no son tiempos para creer en los "más uno".
Olvidarse de ti aun sin haberte conocido.
Y aceptar al individualismo como objetivo final.
iii.
Ahora ya ves, muchos inviernos más tarde
me sorprendo aceptando como rutina una mezcla de actitudes
que nunca consideré hechas a mi medida.
Los espejos me reflejan un brillo oculto
que viene aderezado con la falta de dudas, con ganas de más
Abro los ojos, y el paisaje no cambia.
La presa de cinco dedos que sostienes con tanta fuerza es mi mano,
el soporte en el que tienes pensado edificar tu futuro
no es más que una prolongación del balcón de mi habitación.
El vértigo se ha evaporado
y con él la sensación de quemazón.
Ya no duele, solo se siente más fuerte. Más solido.
Y el deseo de decir que sí a todo. De olvidarnos del no.
Creo que he recordado la razón por la que empezamos a escribir poesía
y en todas las explicaciones me sales tú como finalidad.
Olvidemonos de querer olvidar entonces.
Y que siga brillando.
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