lunes, 8 de octubre de 2018

Veintimuchos.

Voy  a comerme el último yoghurt de la nevera mientras te cuento todo lo que nunca debí no contarte.
Podrías haberlo encontrado en las mil y una estaciones dónde jamás me buscaste. Pero ya ves,
nunca fuiste de esos que se entretienen buscando tesoros,
o tal vez los míos nunca fueron los suficientemente importantes.
Tal vez. No sé.

[...]

Los temas pendientes parecen zanjados cuándo a uno le da por mirar otro lado.
Simple es: No me conozco ni yo.
Pero se me han acumulado las deudas en todos los bolsillos del pantalón 

y por más que froto no parece tener la mínima intención de marcharse.
Como aquella herida que siempre evité curar 

y para la que hoy no existe Betadine en el mundo
que cure el dolor.
Que ya te lo avisaron, niña,
que es muy difícil frenar la sangre que sale directa del corazón.
A borbotones.
Ensuciándolo todo.
Como un cuadro de Basquiat mal replicado:
A ratos a trozos,
a ratos a medias.
Cómo un recordatorio incesante de todo lo que pude hacer y no hice.
Como tu recuerdo,
el día que te cansaste de llamar.

Se arrastran los días como una oscura serpiente que sólo busca luz al final del túnel.
Qué ya estuvimos aquí antes, ¿verdad?
Y también parecía imposible que encontrásemos el equilibrio después de haber caído tanto.
Ansiábamos ataraxia de vida,
nos lo impedían las locuras del corazón.
Nos creíamos invencibles y con muchos años por delante;
cómo si el tiempo no fuese a pesarnos jamás.
Cómo si lo efímero no fuese más que un infinito disfrazado de envidia por la juventud que irradiábamos.
Lo ingenuo. La falta de realidad.
Y ahora ya ves, con veintimuchos se me empiezan a acabar las excusas de los veintipocos:
  • Que yo no sabía
  • Que yo nunca quise
Y sobre todo:
  •   Prometo que no volverá a pasar

[...]

Cuántas mentiras dejamos enterradas en aquellas playas del sur.
Todavía lo recuerdo.
Cada septiembre llegaba cómo una nueva bocanada de aire.
Cómo si el acortarse los días nos sirviese como un botón de activación.
Siempre en rojo: Press restart.
Y el nuevo curso nos concedía siempre una nueva oportunidad de limpiar errores.
De empezar de cero.
De curar con abrazos lo que meses antes habías roto a puñetazos.
Luego llegaban las lluvias y poco a poco iban borrando los restos del naufragio.
Y así al final te convencías:
"El mundo es una mierda pero hay que mirarlo con paciencia" .
Y poco a poco parecía que la vida te concedía otra oportunidad.

Quizás el problema lo tuvo precisamente el tiempo,
y es que el día que dejamos de contar la arena del mar
dejamos también de bucear hacia nuestro botón de recomenzar.
Así, el tiempo dejo de ser cíclico.
Las lluvias perdieron su ritmo y en vez de limpiar empezaron a ensuciarnos todavía más.
Y entre todo este desastre que hemos (he) creado no dejo de buscar ese instante.
Ese preciso momento en que mi tierra dejo de girar en su sentido
y empezó a ocurrir todo aquello que nunca tuvo que pasar.

Me faltan perdones, me faltan "lo sientos".
Me faltan un millón de abrazos con sabor a sal.
Me faltas tú en esta playa hoy desierta, más gris de lo que jamás la he recordado.
Me falta una flor que me hable de una nueva posibilidad.
Y entre un millón de lamentos también me falta valentía.
Valentía para mirarme en el espejo y reconocer,
que con lo bueno y con lo malo esto también lo pudimos evitar.
Valentía para darme cuenta de que los puntos y apartes existen,
y que el futuro sigue estando ahí, que solo hay que atreverse.
Y apostar.

[...]

Tiempo muerto. Cambio de rumbo.
Unas manos que ayuden a avanzar.
Y al final un beso.
Siempre un beso.
Tu beso siempre como broche final.