sábado, 3 de octubre de 2015

Sorry kid, the bus to Neverland just left

Representaba esa mezcla de madurez e inocencia que caracteriza a las personas que han vivido mucho demasiado pronto. En sus ojos se reflejaban mil mundos que quizás nunca debió haber visto y que se acostumbró a disfrazar de posibilidades de cambio, de un futuro mejor. Siempre positiva, siempre inquisitiva. Tenía la manía de preguntar más allá de lo políticamente correcto; y solucionaba sus groserías a base de sonrisas que escondían promesas de más, y al final siempre sabían a menos.
Se desprendía de sus mil y un pretendientes con la simple excusa de que siempre existirían mil y uno más. Vivía convencida de que el amor era algo tan mágico y poderoso que era imposible, y terriblemente egoísta, confinárselo a una única persona. Por esa razón, describía las relaciones personales como un descubrimiento maravilloso, que te embriagaba de una riqueza tan infinita que terminaba por volverte tremendamente avaricioso y no podías sino desear volver a vivirlo de nuevo mil veces más. Siempre más.
En sus labios tan estrambótica explicación no sonaba simple ni mucho menos vulgar. Y cuando la cuestionaban y la acusaban de caprichosa siempre ponía esa cara seria con los ojos bien abiertos y terminaba convenciéndote de que algún día, un razonamiento así sería factible, tan factible como la posibilidad de haber encontrado vida en otro planeta.

Quizás fue eso lo que me llevó a adorarla. Esa especie de amor incondicional a la vida en su más pura esencia. Sin ataduras, sin límites. Definía al amor como un derecho incondicional capaz de atravesar cualquier tipo debarrera. Algo tan inconexo e incomprensible que no existían paredes capaz de comprimir. A veces se le saltaban las lágrimas y se embaucaba en un debate personal sin respuesta acerca de dónde estaban los límites. Cómo podía ser capaz de sentir tanto, y tan intenso, y que quisiesen limitárselo a un solo ser.
Nunca entendí por qué me eligió a mí durante tanto tiempo. Siempre supe que algún día yo mismo me convertiría en parte de esa ecuación y se acabaría marchando. Que pedirle a una persona así un amor unidireccional era quizás la petición más egoísta que pudiese existir en el planeta. Y aun así, mi egoísmo conservador incapaz de correr tan rápido como ella me pedía, me mataba cada noche en sueños. De celos, de impotencia. De deseos de conservar esa sonrisa para mí, y negársela al resto de personas; aun sabiendo que así solo conseguiría destruirla.
Los meses fueron pasando y me acostumbré a su presencia. Y compartíamos café, y libros, y los cigarros de después. Y en mi nevera siempre había fresas, y la bañera me la llenó de olor a cereza. Sentía su calor en las sábanas como un símbolo de mi propia felicidad y tal vez ese fue el inicio del problema. Vivía tan despreocupado desde que había decidido instalarse que no me di cuenta de lo que sufría. De que su magia había comenzado a agotarse y de que en sus ojos, siempre tan llenos de luz, comenzaba a haber señales de oscuridad. Estaba tan convencido de que una felicidad así no podía existir sino siendo compartida que no fui capaz de darme cuenta de que una presencia como la suya no podía durar para siempre. Que un día recogería sus canciones, sus rizos, y su olor a cereza y se marcharía sin mirar atrás.

Y así, impredecible como era un día decidió que ya era suficiente. Le bastaron un par de horas para meter nuestra vida en tres maletas e igual de seria como el día que la conocí, me confesó lo que yo ya sabía: que existía un mundo entero allá afuera, y aunque había intentado encajar en una vida en clave de dos todavía le quedaba mucho que descubrir. Me ofreció acompañarla, siempre lo hacía, pero una vez más fue mi egoísmo el que decidió que jamás podría compartirla. 

[...]

Muchos años han pasado ya desde aquella mañana de abril en la que decidió marcharse. Aprendí a olvidarla a base de noches de humo y paciencia y aún necesité varios años de madurez para entender que hay personas que se cruzan en tu vida instantes y te atraviesan mucho más que aquellas que se quedan para siempre. Ya casi no recuerdo su forma de cantarle a la música, ni su manera de sorber el café por las mañanas, ni tampoco su olor a cereza.


Y aun así, he de reconocer que la observé por la ventana durante meses, a ella o a cualquier otra que pudiese evocarme su nombre.






Mt Ijen, Indonesia '13

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