Todavía sé llorar de la emoción
y
arañarme por dentro cuando no puedo dormir.
Todavía
tengo pesadillas con los mismos días negros
que
ocurrieron hace ya mucho, demasiado tiempo
Se me
repiten las heridas como un café amargo
demasiado
temprano
Fallo
de dosis de azúcar.
Falta
de suavidad.
Me enchufo
adrenalina y canciones cada vez que salgo a la calle
y se me
hace extremadamente difícil encontrarte
en esta
ciudad que jamás te ha conocido.
Intento perderme, pero siempre me encuentra
como un
fantasma
como
una factura que olvidamos pagarle al tiempo
y cuyos
intereses llegan demasiado altos como para afrontar;
tu
abandono, digo.
Prefiero
bajarme. Seguir andando
Dar la
espalda a mi deuda con un Madrid que casi ni recuerdo
Olvidar
atardeceres en tejados
Y
cubrir con nicotina el resto del tiempo que os queda
por
echarme en cara
Hemos
vuelto a echar balones fuera y ya no quedan niños para ir a buscarlos
La
resistencia a echarte de menos se tambalea
ante un
precipicio cargado de recuerdos.
La
mayoría nuevos.
Todos
sin ti.
Como
siempre, pequeños remansos de sosiego
distribuyen
la energía suficiente para seguir andando.
Y
contribuyen a la careta de felicidad limitada
a
momentos puntuales que a pesar del esfuerzo
no
consiguen cubrir el vacío que dejaste hace ya cuatro inviernos
Un
adiós mal tirado
Más
rabia que miedo
Un
millón de cartas en el buzón y un solo mensaje:
“Dirección
denegada”
Supongo
que es ahora cuando miro al suelo y doy las gracias
Callar
y otorgar
Mundo
sucio.
Mundo sin ti.
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