domingo, 11 de septiembre de 2016

Norwegian wood


Ahora sé por qué me pidió que no la olvidara. Por supuesto, ella intuía que mi memoria la borraría algún día. Por eso me lo pidió: «¿Te acordarás siempre de que existo y de que he estado a tu lado?» Este pensamiento me llena de una tristeza insoportable.

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La recuerdo entre flores de lavanda. Demasiado pequeña para las primeras arrugas, demasiado prematura para las primeras canas. Y en su interior, una fuerza de cien mil generaciones que rugían por encima de su voz.
Si me esfuerzo recuerdo sus manos, o más aún, recuerdo sus pies. Descalzos, con intención de recorrer todos los mundos que pudiesen presentarle. Y a mí a su lado, durante el tiempo que durase. Nos bebíamos el amor como si de tequila se tratase; con más ganas, con más fuerza, siempre apurando el último trago y aun así sabiendo que la resaca sería dolorosa y que no bastaría saliva para curarse.
Nos faltó tiempo, nos sobró vida. Con ella aprendí el significado de la palabra juventud, la cual se nos antojaba corta, desmedida. Lo aprendimos todo o por lo menos todo aquello que de verdad merece la pena; el valor de un sueño, la importancia de los propios fracasos, la necesidad de volverlo e intentar. Fuimos risa y fuimos llanto. Pero ante todo fuimos fuerza, por encima de todo lo demás. Nos pusimos un techo invisible que anhelábamos traspasar. Teníamos tantas ganas de sentirlo todo que las fronteras nunca fueron suficientes y ahí empezó nuestro calvario. El mundo era demasiado grande y nosotros demasiado testarudos como para renunciar.
Tal vez por eso me citaba a Murakami. Tal vez su cabeza, siempre por delante de la mía, ya sabía que no se podía evitar lo inevitable y nuestro final se acercaba. Aun así, me invitaba a reflexionar. “¿Te acordarás siempre de que existo y de que he estado a tu lado?”
El día que se fue el primero que fui olvidando. Quizás lo achaqué a crecer y a la necesidad de dar espacio para tiempos nuevos, mejores. Nunca creímos en la nostalgia ni en la necesidad de echar de menos. Nos sentíamos más fuertes que ambos, y el silencio fue la mejor muestra de ello.
Poco a poco fue pasando el tiempo. Y el mundo que antes se nos antojaba tan grande poco a poco se fue haciendo más pequeño. Un par de cartas, alguna postal. Y en esa última tarde de abril, el mismo mensaje. “No olvides recordarme”.

[…]

Ocho años han pasado desde la última vez que nos vimos y hoy me he sentado a intentar imaginarte. He empezado por tu pelo y he seguido por tus ojos, por tus labios, y por ese hoyuelo que se formaba en tus mejillas cuando reías. He tirado el lápiz desesperado al darme cuenta de que una vez más, siempre tuviste razón. Y mi memoria ha sido incapaz de dibujarte.
Me he tumbado en la cama a ver pasar la tarde desde la ventana de la habitación y he puesto en modo replay toda esa música que un día tocaste. Y entonces ahí, nota a nota, compás a compás, he vuelto a tener ocho años menos y tú has vuelto a recrearte aquí a mi lado, demostrándome lo equivocados que estábamos. Demostrándome que jamás te fuiste, o por lo menos, que fue tu recuerdo el que se quedó.

Ahora te tengo aquí sentada en tu postura favorita a escasos centímetros de mi cama y solo puedo escribirte la última carta y decirte que no, que esta vez no tuviste razón. Hay personas que llegan a tu vida para quedarse, y otras que llegan a tu vida para darle un vuelco a tus principios y después largarse. Tú siempre perteneciste al segundo bando, y por ello jamás me molesté en buscarte. El tiempo me hizo cambiar el tequila por la cerveza, y con ella fui disipando las resacas del corazón. Pero en un último guiño te diré, que nosotros ganamos, princesa. Y que podrá pasar una vida, o las que vengan después, que jamás podré olvidar aquella fuerza con la que me dibujaste en el mundo con muy pocos años, e infinito tiempo. Que aunque el camino se torciese y no seamos la mitad de lo que prometimos llegar a ser la esencia no ha cambiado. Y una parte de ella siempre llevará tu nombre. 

Y como siempre, cuídate de más...

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