ocho de junio.
i.
Siempre me he preguntado cuál fue el momento
que se convirtió en el comienzo de todo .
que se convirtió en el comienzo de todo .
Si fue como en las canciones y nos bastó una mirada
o me pillaste con la guardia baja y sin querer te colaste a dormir
y ya nunca supe como echarte.
Siempre me he preguntado si fue más tu manera de reírme las bromas
o mi insistencia en buscar miles de excusas para volver a verte.
Nunca encuentro ninguna respuesta,
y al final siempre termino dándome cuenta,
de que quizás el comienzo nunca fue tan importante
y que tal vez fue el viento y nos lo explicó la primavera:
“Hay momentos que pueden cambiarlo todo;
Tanto que son capaces de reducir el pasado a nada.”
ii.
Hubo mucho tiempo. Mucho antes de llegar ahí.
Aprender de golpe a golpe y con golpes de suerte.
Dejé de creer en las escaladas a ciegas
si no vislumbraba la cima de la montaña.
si no vislumbraba la cima de la montaña.
Teníamos las rodillas tan raspadas
que ya no distinguíamos la sal del agua oxigenada
que ya no distinguíamos la sal del agua oxigenada
y nos conformabamos con bebernos las heridas con más tequila que amor
por lo de la facilidad de controlar la resaca física,
y no tanto la del corazón.
Vivíamos entre días malos y noches llenas de ausencia
en las que se te desgarraba el alma
en las que se te desgarraba el alma
sólo por habernos saltado la lección
en la que se supone que uno aprende a echar de menos.
en la que se supone que uno aprende a echar de menos.
Había noches que podían resumirse en un grito que no te suelta,
en un abrazo que no termina de llegar,
en un beso que terminas por tragarte por miedo de pensar
que si no habías sabido quererte tú a ti mismo,
quien podía existir allí afuera capaz de conseguirlo.
Luego al amanecer, recogíamos los rifles
y nos lamíamos las hostias los unos a los otros.
Que había mucho mundo fuera, y demasiada hierba verde por descubrir
como para molestarse en intentar entender
nada de lo que ocurría en el interior de nuestra coraza.
Mal de muchos, problema de otros.
Cloacas de historias de fracasos que había que enterrar bien al fondo
Y en la cara una sonrisa pintada con el mejor pincel
Nuestro mundo un secreto.
El futuro, también.
Recuerdo el inicio.
A veces me he sentido paréntesis
de un mar de sueños frustrados sin ganas de aprender a nadar.
de un mar de sueños frustrados sin ganas de aprender a nadar.
Nunca supe si fui más balsa a la que aferrarse
o losa que empujaba más al fondo
o losa que empujaba más al fondo
Supongo que es dificil encontrar el equilibrio entre realidades tan distintas
y solo queda creerse el lado bueno para poder sobrevivir
iii.
Pero luego llegó. Ese momento.
Esa chispa de ilusión que aumentaba
de manera exponencial a los pasos que daba contigo
de manera exponencial a los pasos que daba contigo
y estallaba en un millón de voltios que nos pararon el corazón
Se nos activaron todas las alarmas.
Se rompieron los termómetros.
Y así, como un manual a destiempo me explicaste los días
y me solucionaste las noches.
Me enseñaste a quererme a mí, y a mis fantasmas,
y a todos los miedos que no me dejaban dormir.
Unimos tu sensatez y mi fuerza y creamos un imperio de ilusiones
a base de ganas y necesidad de querernos.
Y la eterna ataraxia de fondo.
Ataraxia de haber encontrado una mano a la que aferrarse,
incluso cuando ya no quedaba nada más.
Nos lo creímos. Nos lo creímos del todo.
Y así, construimos un fuerte a base de caña de bambú y ladrillos de barro. Nos lo creímos. Nos lo creímos del todo.
y se nos ha caído encima tantas veces que un buen día dejé de contarlas
Dejamos de hacer preguntas.
Y ante la duda,
siempre encontramos el botón de restart.
Repartiamos el espacio y el tiempo de tal forma que agobiara lo menos posible.
Declaramos la guerra a la soledad y la ganamos.
Y al final, cada día se convirtió en una aventura.
La nuestra.
La nuestra.
Y claro que a veces me fallan las fuerzas
y vuelven a mí las ganas de salir corriendo de antaño.
Y no sé si es odio
o solo tristeza acumulada
o solo tristeza acumulada
pero me aprieta desde la barriga explotando en mi cabeza
en un millón de posbilidades ficticias
que me abruman de pena y alimentan mis monstruos
que me abruman de pena y alimentan mis monstruos
y me siguen impidiendo dormir por las noches.
Pero luego me acuerdo de tu risa,
y se me pasa.
iv.
“Has dejado de escribir”
o algo de eso me echan en cara.
No saben que la poesía a veces
no hay que buscarla en las letras,
que yo la encontré en tus manos.
y en tu mirada.
A veces la poesía es para ti
y otras veces hay que regalarla
Y se vuelve algo así como el tatuaje que llevamos a la espalda
Eterna
Mágica.
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