“¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a la caída?
¿Pero por qué también nos da vértigo un mirador provisto de una valla segura?
El vértigo es algo diferente del miedo a la caída. El vértigo significa que la
profundidad que se abre ante nosotros nos atrae, nos seduce, despierta en
nosotros el deseo de caer, del cual nos defendemos espantados.”
Milan Kundera
[…]
La observo de puntillas, tratando de alcanzar
el último estante de esta habitación que se cae a pedazos en un intento de
alcanzar la caja de zapatos dónde guarda el mechero de los “por si acaso”. Ese
que junto al papel de liar representa todos sus intentos de dejar de fumar.
Intenta no fustigarse demasiado cuando se asoma a la ventana y piensa, entre
calada y calada, en lo mucho que le apetece sentarse en el alféizar y dejar los
pies colgar desde el undécimo piso de esta habitación. La que se cae a pedazos.
Pero no lo hace. Hay imprudencias del pasado que deberían de tener fecha de
caducidad. Tal vez simplemente el
vértigo se vuelve más complicado con la edad. Y se acuerda entonces de Milan
Kundera y de esas frases que sin querer, parecían explicar más de su vida que de
un miedo que afecta a un gran porcentaje de la humanidad.
Debería ordenar la habitación. Parece
pensar. Tal vez tirar todo a la basura y volver a empezar de cero. Podría
volverse una de esas chicas que recogen muebles antiguos y los restauran,
dándoles usos nuevos, añadiéndoles más color y borrando los restos del pasado.
Quién sabe, quizás al final no hace falta nada más que una lija en condiciones
para limar las astillas, cubrirlo todo de barniz y volver a empezar. Quizás con
el corazón ocurra algo parecido. Tal vez.
La observo cerrar la ventana. Tiene frío. Mira
alrededor. Me hago el dormido. La miro sentarse a los pies de la cama y
ponerse a pintar. Me quedo observándola un rato por el rabillo del ojo. Su cara
de concentración. Esa manía de torcer la cabeza hacia el lado izquierdo cuando
frunce el ceño. Su forma de agarrar el lapicero, con gesto firme y a la vez,
con una magia que no he visto jamás en nadie más. Así es ella. Como un director
de orquesta justo antes de empezar la función. Sonrío. Reconozco ese gesto. Ya
no está aquí, es incapaz de verme. Pero casi de forma inconsciente alarga su
brazo izquierdo y me roza con las yemas de los dedos. Luego suspira y casi
puedo sentir la corriente eléctrica que sube por su espina dorsal. Su
respiración se vuelve más acompasada y de pronto algo cambia. La habitación ya
no se cae tanto a pedazos. Puedo percibir como en su penumbra ha vuelto a salir
el sol. Se levanta de la cama y casi se me escapa una carcajada cuando
torpemente se dispone a tirar la caja de cartón por la ventana. Veo como sus
ojos reparan en el cuadro que compramos en el último viaje al país de nunca
jamás. Sonríe. Se aleja el invierno. Vuelve a sentarse y me distraigo en
observar como sus rizos se deshacen por encima de su espalda. Desde mi posición,
estiro la mano hasta rozar los pliegues de su jersey. No se vuelve hacia mí,
pero sé que ha cerrado los ojos.
Vuelve a coger el lapicero.
Y me quedo dormido.
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