lunes, 17 de marzo de 2014

Overdose

Creo que ya habíamos estado aquí. Antes, mucho antes. Pero mi estúpida memoria a destiempo no me deja acordarme de la razón. Ni tampoco de las estupideces que pudimos cometer en su momento para llegar a este lugar tan gris. Tan frío. Me recuerda a las series de policías de las mañanas de domingo. Escenas que se grabaron sin pensar que nadie se molestaría en observarlas nunca. Con menos color, con menos sonido. Con menos actores de los que hubiesen hecho falta. Y sin embargo y aunque parezca absurdo algo te mantiene atado al sofá mirando la televisión. Intentando entender por qué el malo se ha vuelto a escapar y por qué sigues siendo el único que parece percatarse del elefante rosa que sigue bailando en medio de la habitación. Y cómo narices nadie ha sido capaz de darse cuenta.

Tengo ganas de llamarte. Estoy segura de que tú lo entenderías. Que al final para eso están las amigas, ¿no? Y sé perfectamente que te colarías por la ventana de la habitación de atrás y te inventarías una de esas excusas tuyas que no termina sino siendo más que la pura realidad pero que con una media sonrisa y un guiño de ojos te han sacado de más de una. Y que absurdo me parece el mundo cuando haces eso. Tienes un don, te lo he dicho siempre. El don de engañar a la gente con la más pura de las verdades. Y eso es algo que siempre te he admirado.

Te costaría escasos minutos sacarme de este cubículo gris sin vida en el que me han encarcelado y no esperarías a que se cerrará el ascensor para cambiar tus ojitos de ángel por unos inyectados en pánico que no me contaran otra cosa que “tía, no tengo ni idea de lo que viene ahora” y yo te contestaría a través del espejo sucio de este edificio sin vida algo así como “que más da. Si ya estamos fuera”.

Y lo habríamos vuelto a hacer. Como una vez antes, mucho antes. Y nos meteríamos en el metro hablando del tiempo, esperando a que se callaran las voces. Esperando a llegar al mismo banco de siempre. El de las confesiones. Y ahí. En medio del frío de Madrid. Me atrevería a confesártelo todo.

Que no tengo ni idea de cómo hemos llegado a esta situación de ti tan lejos y de mi tan todo, menos cerca. Y recuerdo los trenes que fingíamos coger de pequeñas con destino a estaciones en las que siempre brillaba más el sol. Quemar los uniformes y escaparse por el balcón. Y así se nos pasaban las horas. Pues bien, ha llovido bastante desde entonces y hoy me sigue pareciendo la mejor de las ideas. Ha ocurrido de pronto, joder. Y el principio del final me dio tanto vértigo que preferí cerrar los ojos antes de atreverme a mirar lo que estaba ocurriendo. Y ahora de repente es tarde. Y nos hemos inventado una película con demasiados fuegos artificiales y muy poca esencia. Y ya sabes criatura, que sin ella no somos nada.
No tengo ni idea de cómo vamos a salir de esta. Creo que esta vez nos han atrapado y no nos valdrá una sonrisa para escaparnos por la puerta grande. O al menos, no me valdrá mi sonrisa sin la tuya (que al final el juego siempre se nos dio mejor entre dos. Y una sola no es nada más que eso. Una. Y sola).

Y así. Sin casi darme cuenta. Se me han escapado las razones como todos los recuerdos que fui borrando a lo largo del camino. Y no te miento si te digo que no tengo ni idea de cómo he llegado hasta aquí, ni de por qué tengo tanto frío si al mirar por la ventana ya es verano. Ni de por qué se han ido los colores y siempre es de noche. Ni de por qué lo que en su momento imaginé como fuegos artificiales se han convertido en luces de neón que, parpadeantes, solo buscan una excusa para terminar de fundirse.

Es todo tan complicado que no lo entiendo ni yo. Y nada me gustaría más que me obligaras a beberme mis miedos con tus cervezas. Tranquila que esta vez, invito yo. Pero al menos compraríamos tiempo de ese que tanto nos escasea últimamente. Y volveríamos a las gasolineras que tantas noches nos han hecho compañía. Como si fuésemos capaces de resolver el mundo a base de vino barato y papel de liar. No entiendo en qué momento decidimos dejar aquello atrás.

[…]


Pero a pesar de las ganas sigo aquí sentada. En esta silla fría de metal. En un cubículo de paredes grises las cuales no es difícil adivinar que han visto tiempo mejores. La gente no deja de pasar y el elefante sigue bailando a su alrededor. Y joder, he de decir, que en cuanto a acrobacias esta vez se ha superado. El teléfono sigue en el centro de la mesa pero algo me dice que no habrá línea al descolgarlo. Y no vendrás a colarte por la ventana de la habitación de detrás. Y no saldremos triunfantes por la puerta principal, ni te vendrás abajo en el ascensor.


Por eso me quedo aquí, sentada. Contando las milésimas de segundo que tardan las manecillas del reloj en dar las en punto. No vaya a ser. No pueda ser que entonces …..

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