martes, 18 de marzo de 2014

Aires del norte

Siempre le habían gustado las niñas que hablaban francés. Desde pequeñita tenía una obsesión por esa mezcla de sonidos que a ella se le antojaban tan musicales, y en las niñas más todavía. Durante su infancia vivió al lado de un colegio religioso en el que todas las niñas hablaban cantando y cada septiembre relucían zapatos nuevos; pero ella nunca estuvo entre ellas.
No puedo evitar sonreír al recordarla mordiendo bolígrafos tratando de imitarlas. Pero sus genes de gitana le impedían siquiera acercarse; con esa intensidad de voz capaz de mover montañas, muy lejos quedaban las niñas con sus cahiers y sus trousses. Y sus zapatos nuevos antes de empezar el curso.

Años más tarde descubrió la guitarra y no tardó en olvidarse de sus esfuerzos por formar parte del país vecino. Desde el momento en que palpó las cuerdas por primera vez, instrumento y niña se convirtieron en una continuación el uno del otro. Y así fue hasta dónde la memoria me permite acordarme.
Por aquel entonces yo ya vivía enamorado de ella aunque todavía no supiese el significado de lo mismo. Para mí, ser feliz era mimarla. Comprarle regaliz negro y que lo encontrase en el bolsillo de su pantalón, descubrir los mejores escondrijos para que no la descubrieran al jugar al escondite, y cazar mariquitas en primavera. Las noches de luna llena la escuchaba cantar siempre en el tejado aunque nunca me atreví a confesarlo; algo me decía que ella era una de esas personas cuya sensibilidad iba más allá de la del resto de personas y molestarla es algo que jamás me hubiese perdonado. Yo, que solo tenía como definición de arte a su propia persona, poco podía hacer por intentar comprenderlo.

Pasaron los años y la observé crecer. Tan bonita, tan gitana. Y fui feliz. Verla sonreír era mi razón para levantarme por las mañanas. Me acostumbré de tal manera a tenerla tan cerca y a la vez tan lejos que nunca me plantee que las cosas pudiesen cambiar algún día. Al fin y al cabo yo era su confidente, su amigo, su persona. Su secreto mejor guardado. O así era como ella me definía en las noches de guitarra y cerveza.
Me juró cientos de veces que jamás encontraría a nadie como yo. Y yo la quería tanto que no pude sino terminar por creérmelo. Pero eso no me convertía en un ingenuo, al contrario. Desde muy pronto fui consciente de que la misma sensación de adoración que causaba en mi persona, la causaba también en todos aquellos que la rodeaban. Y le conocí mil amantes, muchos más de lo que le gustaba confesarme. Pero siempre me prometió que no debía preocuparme demasiado. Le horrorizaban los sentimientos porque sabía que podía volverse esclava de ellos y por eso prefería limitarse a noches de lujuria y huidas al amanecer que al compromiso de amanecer acompañada. Al día siguiente siempre aparecía en mi ventana, sin importarle la hora que era. Y me contaba una y otra vez que su romance siempre fue con la música, y hasta que no pudiese encontrar a un hombre que le hiciese sentir lo mismo que ella, no estaría preparada para entregar nada que no fuese lo meramente físico. Y así, se quedaba acurrucada en mi cama convencida de que había hecho bien en huir. Y yo la acariciaba hasta que se quedaba dormida.

Me acostumbré tanto a sus líos entre colchones que siempre terminaban debajo de mis sábanas que terminé por creerme que duraría para siempre. Éramos demasiado jóvenes para plantearnos nada más que qué pasará mañana. Demasiado jóvenes para comprender que personas como ella no son fáciles de complacer y su exceso de sensibilidad le llevarían a buscar la belleza hasta encontrarla. A buscar la manera de entregar algo que no fuese físico. A querer más. Y a obtener más.

Una madrugada de abril la vi desaparecer abrazada a la cintura de un desconocido y después de esa noche jamás volvió. Algo esa noche me dio a entender que las cosas ya nunca serían ni siquiera parecidas a lo que durante años me había acostumbrado.

[…]

Supongo que siempre quise culpar a París, y a la musicalidad de unas palabras que siempre estuvieron por encima de mí. Quizás debí haberme esforzado por estudiar más, por comprender más, por entenderla más. Probablemente el error fue dar por hecho que criaturas como ella se conformarían con alguien como yo aun sabiendo que su impaciencia y curiosidad le estaban matando por dentro. Pero lo cierto es que poco a poco su presencia fue saliendo de mi vida hasta el punto de convertirse en un mero recuerdo que me embriagaba cada vez que sonaba una guitarra.

Muchos años han pasado desde entonces. Hace tiempo que dejé de creer en los romances imposibles y cambié aventura por estabilidad, incertidumbre por raciocinio. Pero esta tarde volviendo a casa en el autobús no he podido sino fijarme en las dos niñas rubias que, delante de mí, se esforzaban por no ensuciarse sus zapatos nuevos mientras discutían sobre qué trousse era el más bonito de los dos que sujetaban.

Y me ha venido a la cabeza el recuerdo de una chiquilla morena con los zapatos sucios, que estaría observándolas con los ojos como platos en este instante. Maquinando en su cabeza algún enrevesado plan que le llevara a ser como ellas. Algún día.

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