domingo, 17 de febrero de 2013

D.R.


Hola criatura,

Está lloviendo en Madrid y eso siempre me recuerda a ti. Seguro que tú también te acuerdas de esos días, sentadas frente al cristal de la misma ventana del tercer piso, construyendo un futuro a medida que acabaría con esa tormenta y con las que estuvieran por llegar. Nos dábamos besos en las rodillas, ¿recuerdas? Una vez te conté que esos eran los únicos capaces de curar las heridas del alma, y te lo creíste tanto que hasta me convenciste a mí. Ya ves, hay cosas que no se le pueden contar a cualquiera.
Me han contado que estás bien, que te enamoraste no una sino millones de veces. Y me río al imaginarte, ¿sabes? No has cambiado nada tía. Tú y tus revoluciones a destiempo que siempre acababas perdiendo cuando te decían las palabras adecuadas. Te envidio, dicen que lo has conseguido. Yo en cambio me salté demasiadas reglas para ni siquiera intentarlo. Aun así, me alegro por ti tanto que creo que jamás encontraría las palabras para definirlo.
Por aquí las cosas han cambiado. Ni siquiera bebo tanto café, y lo he cambiado por uno más malo y más barato. Te enfadarías si me vieras lo sé, pero ya ves, dicen que a todo se acostumbra uno. Tampoco sigo escribiendo a mano, y he guardado aquel cuaderno de tapas marrones en un baúl y bajo llave. Hay cosas que decidí dejar atrás, y quizás tú fuiste una de ellas. Aun así he de reconocer que me siguen emocionando las mismas canciones, y que el olor a libros de tapas viejas me hace feliz. Sigo prefiriendo los gatos a los perros. Y las sudaderas. Y que el pelo me sepa a sal.

Pero bueno, yo sé que todo esto tú ya lo sabes, que piensas en mí de vez en cuando y con eso me basta. En verdad no he venido a recordarte nada de esto. He venido a pedirte perdón. Como tantas otras veces. Yo ya no sé de quién fue la culpa ni cómo permitimos que nos matase la distancia que quise poner de por medio. Tampoco comprendo donde enterramos la ilusión por una revolución conjunta en la que tu poesía se convirtió en un ingrediente principal. ¿Qué nos ha pasado? A veces me pregunto si al perderte por el camino también perdí todas esas promesas que le juramos al Mediterráneo un abril de hace ya demasiado tiempo. Me siento culpable, ¿sabes? Me volví tan egoísta que no supe darme cuenta de que dejaste de escribir cuando no podías dormir. Ni que ya no te bastaba con las mismas trivialidades de antes. Era demasiado pequeña como para darme cuenta de que tu fuerza y vitalidad no iban a quedarse para siempre, que tenían un precio que ambas desconocíamos, supongo.
Menorca, Apr'09



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