Hola criatura,
Está lloviendo en
Madrid y eso siempre me recuerda a ti. Seguro que tú también te acuerdas de esos
días, sentadas frente al cristal de la misma ventana del tercer piso,
construyendo un futuro a medida que acabaría con esa tormenta y con las que
estuvieran por llegar. Nos dábamos besos en las rodillas, ¿recuerdas? Una vez
te conté que esos eran los únicos capaces de curar las heridas del alma, y te
lo creíste tanto que hasta me convenciste a mí. Ya ves, hay cosas que no se le
pueden contar a cualquiera.
Me han contado que
estás bien, que te enamoraste no una sino millones de veces. Y me río al
imaginarte, ¿sabes? No has cambiado nada tía. Tú y tus revoluciones a destiempo
que siempre acababas perdiendo cuando te decían las palabras adecuadas. Te
envidio, dicen que lo has conseguido. Yo en cambio me salté demasiadas reglas para ni siquiera intentarlo. Aun así, me alegro por ti tanto que creo que
jamás encontraría las palabras para definirlo.
Por aquí las cosas
han cambiado. Ni siquiera bebo tanto café, y lo he cambiado por uno más malo y
más barato. Te enfadarías si me vieras lo sé, pero ya ves, dicen que a todo se
acostumbra uno. Tampoco sigo escribiendo a mano, y he guardado aquel cuaderno
de tapas marrones en un baúl y bajo llave. Hay cosas que decidí dejar atrás, y
quizás tú fuiste una de ellas. Aun así he de reconocer que me siguen emocionando
las mismas canciones, y que el olor a libros de tapas viejas me hace feliz. Sigo
prefiriendo los gatos a los perros. Y las sudaderas. Y que el pelo me sepa a
sal.
Pero bueno, yo sé
que todo esto tú ya lo sabes, que piensas en mí de vez en cuando y con eso me
basta. En verdad no he venido a recordarte nada de esto. He venido a
pedirte perdón. Como tantas otras veces. Yo ya no sé de quién fue la culpa ni
cómo permitimos que nos matase la distancia que quise poner de por medio. Tampoco
comprendo donde enterramos la ilusión por una revolución conjunta en la que tu
poesía se convirtió en un ingrediente principal. ¿Qué nos ha pasado? A veces me
pregunto si al perderte por el camino también perdí todas esas promesas que le
juramos al Mediterráneo un abril de hace ya demasiado tiempo. Me siento
culpable, ¿sabes? Me volví tan egoísta que no supe darme cuenta de que dejaste de escribir cuando no
podías dormir. Ni que ya no te bastaba con las mismas trivialidades de antes. Era
demasiado pequeña como para darme cuenta de que tu fuerza y vitalidad no iban a
quedarse para siempre, que tenían un precio que ambas desconocíamos, supongo.
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| Menorca, Apr'09 |

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