Déjame que te cuente
que sigo andando
descalza cuando hace frío,
y que en los días de
lluvia me cuesta dormir.
Que me sigo peleando
por no acabar
con la esquina de la
barra del pan,
aunque ya no tenga a
nadie con quien discutir.
Déjame que te cuente
que he tomado
tradiciones tuyas como mías,
y aunque cueste
reconocerlo,
ninguna fecha me ha
vuelto a saber igual.
Déjame recordarte
lo bonitas que
siguen estando las flores del jardín,
y lo bien que huelen
en primavera,
aunque ya no estés
tú.
Déjame describirte a
qué sabe el Atlántico
y lo difícil que se
hace volver a él.
A veces juraría que
cada piedra lleva tu nombre
y que sigues
presente en el aire salado
que te golpea en la
cara al salir del avión.
¿Recuerdas? “Huele a
mar”
… Huele a ti.
A todos los paseos
que ya nunca damos,
por las rocas del
espigón.
….
Podría haberme dado
cuenta antes de cuánto pesa el polvo antes de convertirse en humo, cuántas
veces lo pintamos en la arena con la intención de que se quedara un par de días
más. Más claro, más profundo. Podría haberme dado cuenta antes de cuánto brillo
queda cuándo apagas las luces, y quizás entonces me hubiese sido más fácil
aprender a recordar; sin dejarse llevar. La firmeza depende del día, o de cómo
salga el sol, y con el equipaje termina pasando más o menos igual. Podríamos
haber escogido un camino sin piedras, sin arañas, sin nudos que desatar. Pero
quizás entonces no habríamos aprendido a sonreír con tanta fuerza ni la
cantidad de colores que caben en esta paleta de viento y marea que le
arrancamos al tiempo aquella noche. Podríamos haber optado por una autopista
sin curvas en la que fuese sencillo pisar el acelerador, y dejar atrás. Y es
cierto que no me cabe todo lo que nos han robado por muchos bolsillos que te
decidas a coserme, pero también es cierto que jamás te llegaste a marchar. Y
con eso, debería ser suficiente.

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