Amanece en Madrid y casi huele diferente.
Como si ya hubiese pasado antes, ¿verdad?
Esa calma de una ciudad que despierta y que todavía parece tan dócil,
Esa calma de una ciudad que despierta y que todavía parece tan dócil,
tan predecible.
Una calma a punto de ser perturbada por un millón de tormentas a la vez
y luego el bullicio que acompaña al terremoto
y que invita a perderse de nuevo hasta aparecer en otro lugar igual de
caótico,
pero con caras de diferentes.
Un lugar en el que sentirse solo sea casi más el objetivo,
que el castigo.
Dicen que no somos más que el reflejo de otros que fueron anteriores.
El resultado de una mezcla homogénea de virtudes y defectos
que para bien o para mal desembocan en un caudal
casi tan desordenado como su origen.
Un producto que nunca podremos controlar al cien por cien
y del que tampoco se nos permite salir huyendo.
O tal vez sí.
A veces uno simplifica todo a amaneceres casi sin darse cuenta
y parece irremediable que aparezca el determinismo
a sentarse a fumarse un cigarro a tu lado
y a cuestionarte lo mismo una y otra vez:
por qué habiendo corrido tanto, olvidaste cual era la meta.
Carrera de competición en la que vale más lo demostrado,
que lo conseguido.
Ese absurdo orgullo que invita a creerse en el derecho de cultivar lo
salvaje,
esa necesidad de tirar por la borda cualquier muestra de cariño
solo por no perder el control.
Por no ceder ni un milímetro más de la cuenta.
Quizás no anduviésemos desencaminados al pensar
que hay cargas demasiado pesadas como para compartirlas;
y ante la posibilidad del rechazo
nunca estuvo de más el ensanchar espaldas
y ser capaz de soportarlo todo uno mismo.
Y es que, qué necesidad hay de pedir ayuda,
si cada uno se sabe encargar de sus propios demonios.
Esta noche les he vuelto a ver a todos
bailando en corro a nuestro alrededor.
Casi hace gracia la burla de sus muecas recordándote
que jamás se fueron,
que solo estaban escondidos,
esperando el momento para danzar de nuevo.
Hace tanto calor que ya no sabes distinguir entre la rabia y el miedo.
Amanecer a destiempo.
Angustia de saber que no presagia nada bueno el horizonte
y que has perdido la voz para avisar a los demás de que aún están a tiempo,
que todavía pueden volver a casa y aprender a olvidar,
que los reflejos de nuestro pasado se disuelven en el futuro
y hay oportunidad de elegir quién quieres ser.
Mucho más allá de lo que los demás deciden que seas.
Pero es el miedo a llegar tarde lo que nos ha paralizado
El miedo a verles ahogarse otra vez,
sin una cuerda para poder salvar algo,
un resquicio.
Y es esa sensación de culpa por no haber sabido reaccionar a tiempo
la que nos acumula las lágrimas que no encontrarán consuelo.
Si buscan culpable sabrán donde encontrarlo.
Como condena la certeza de saber que esta vez,
fue la cobardía por no haber sabido querer
la que ha dejado al mundo fuera y a ti muy dentro;
como señal de que el mundo se rindió ante tu insistencia
de teñirlo todo de gris,
y ya no hay colores capaz de salvarlo.
[...]
Ya es de día y el sol molesta en los ojos.
Mejor cerrar las cortinas un rato más.
Todavía no es demasiado tarde para pisar el freno y pedir perdón
(o eso esperamos)
Para hacer las cosas como jamás te enseñaron,
y concederle al destino la duda de destruir o salvar todo en un instante.
De ceder el control.
Ni siquiera recuerdo la última vez
en que la segunda persona importó más que la primera.
Y tengo grabadas a fuego las explicaciones sobre
por qué el amor propio es más importante
que todos los demás,
tan profundas, que parece imposible arrancar las raíces.
Nunca nos gustaron las certezas,
ni las sentencias, ni la puta verdad absoluta.
Pero lo único que hay cierto ahora es que ya no estamos solos,
y que nunca habíamos sido tan felices
como el instante antes de que se torciese todo.
La pregunta ha cambiado.
Ya no consiste en saber en que momento lo saboteamos
a base de prejuicios y rabia sino más bien,
hasta donde eres capaz de llegar por volver a sentir el completo.
De recuperar los fragmentos.
De recuperar los fragmentos.
Estoy de acuerdo.
Tenemos que levantarnos sí,
sobre todo la mirada.
Y que no venza el miedo.
Que no venza el miedo de que al hacerlo,
ya no encontremos nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario