Un día él volvió.
Pero no se molestó en avisar a nadie. Esperaba que bastase con el factor
sorpresa para desconcertar a aquellos que durante tantas cartas fingían haberle
echado de menos. Es verdad que con el tiempo las cartas habían dejado de llegar
hasta no ser más que un cúmulo de papel arrugado de recuerdos que almacenaba
debajo del colchón. Pero eso era otra historia.
Estaba sucio,
desgastado, viejo. Fumaba un cigarro sin prisa sentado en el banco de aquella
estación que hacía una media de tiempo infinita le había visto subirse a un
tren con una sonrisa dibujada en la cara. Dicen que si no tienes a nadie que te
coja de la mano, dejarse llevar es lo más parecido a ser libre. Nunca lo
defendió demasiado.
Había vuelto. Y
desde aquel banco se planteaba la ciudad como un eterno jeroglífico cuyo
preciado tesoro no era más que una sola. Por efímera y breve que fuera. Un
pequeño recordatorio de las razones por las que atarse los cordones por la
mañana y seguir corriendo. Un estallido en un mar en calma. Una explosión. Un
delirio... Una risa. Se la había escuchado por última vez a un crío de cinco años
mientras corría descalzo por las aceras de una ciudad a la que los años le
habían borrado el nombre. Después el tiempo se había encargado de borrarlas
todas y ahora parecía imposible encontrarlas. Quizás por eso había decidido
volver. No fuese a ser que en el resto del mundo todavía fuese posible; lo de ser
feliz, digo.
Repasaba los
edificios uno por uno, escrutando las ropas de los transeúntes que caminaban
aún dormidos en una ciudad que no terminaba de despertar. Recorrió las avenidas
despacio, procurando no dejarse ni un detalle de esa ciudad vieja, que parecía
tan nueva. Una risa. De niña malcriada y padre sumiso. De perro ladrador. De
“demasiado tarde”. Una chispa de alegría maldita que no hiciese sino recordarle
todos los cuervos que no habían dejado de volar. Una risa de las malas, que
todavía no estaba preparado para creer en las buenas. Y quizás, solo quizás,
hubiese la mínima posibilidad de que entre toda esa basura todavía existiese… La
buscó debajo de las faldas y en el culo de los vasos de los bares. La olfateó
por las esquinas de las calles, y en las fuentes de los parques e incluso durmió
en sus bancos con la esperanza de que las farolas le mostrasen lo que todos los
demás parecían haber olvidado. Y a pesar de sus esfuerzos solo almacenó ojeras
y una lista interminable de cansancio a solas. Pero no supo encontrarla.
Se la habían llevado
también a ella. Como todas esas cartas que un buen día dejó de recibir. Como
todas las sonrisas que se había jugado a un todo o nada en una noche de
demasiado alcohol y poco juicio. (Si la casa siempre gana, no sé por qué nos
esforzamos en seguir retándola, será que el sentido común también han decidido
robárnoslo, supongo).
Derrotado, se dedicó
a contarse las arrugas con los pies metidos en el estanque. Y dejó que la pena
fuera entrándole. Empezó por las manos, y acabó subiéndole hasta los ojos como
una lágrima interna que le ahogaba por dentro y se extendía hasta el futuro. Se
la habían llevado también a ella, y sin ella no había camino. Y sin camino, no
había futuro.
Un día él volvió y no había nadie sentado esperándole. Así que se dio media vuelta y por el camino, decidió escribir una última carta:
"Hay dos maneras de
compartir tu vida con una persona: Una es en paralelo y otra es a base de
choques frontales. A veces el rebote es tan fuerte que es imposible saber
cuando os volveréis a encontrar. Otras veces en cambio, lo mejor es evitar el
impacto."
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