domingo, 7 de julio de 2013

Una sola


Un día él volvió. Pero no se molestó en avisar a nadie. Esperaba que bastase con el factor sorpresa para desconcertar a aquellos que durante tantas cartas fingían haberle echado de menos. Es verdad que con el tiempo las cartas habían dejado de llegar hasta no ser más que un cúmulo de papel arrugado de recuerdos que almacenaba debajo del colchón. Pero eso era otra historia.
Estaba sucio, desgastado, viejo. Fumaba un cigarro sin prisa sentado en el banco de aquella estación que hacía una media de tiempo infinita le había visto subirse a un tren con una sonrisa dibujada en la cara. Dicen que si no tienes a nadie que te coja de la mano, dejarse llevar es lo más parecido a ser libre. Nunca lo defendió demasiado.

Había vuelto. Y desde aquel banco se planteaba la ciudad como un eterno jeroglífico cuyo preciado tesoro no era más que una sola. Por efímera y breve que fuera. Un pequeño recordatorio de las razones por las que atarse los cordones por la mañana y seguir corriendo. Un estallido en un mar en calma. Una explosión. Un delirio... Una risa. Se la había escuchado por última vez a un crío de cinco años mientras corría descalzo por las aceras de una ciudad a la que los años le habían borrado el nombre. Después el tiempo se había encargado de borrarlas todas y ahora parecía imposible encontrarlas. Quizás por eso había decidido volver. No fuese a ser que en el resto del mundo todavía fuese posible; lo de ser feliz, digo.
Repasaba los edificios uno por uno, escrutando las ropas de los transeúntes que caminaban aún dormidos en una ciudad que no terminaba de despertar. Recorrió las avenidas despacio, procurando no dejarse ni un detalle de esa ciudad vieja, que parecía tan nueva. Una risa. De niña malcriada y padre sumiso. De perro ladrador. De “demasiado tarde”. Una chispa de alegría maldita que no hiciese sino recordarle todos los cuervos que no habían dejado de volar. Una risa de las malas, que todavía no estaba preparado para creer en las buenas. Y quizás, solo quizás, hubiese la mínima posibilidad de que entre toda esa basura todavía existiese… La buscó debajo de las faldas y en el culo de los vasos de los bares. La olfateó por las esquinas de las calles, y en las fuentes de los parques e incluso durmió en sus bancos con la esperanza de que las farolas le mostrasen lo que todos los demás parecían haber olvidado. Y a pesar de sus esfuerzos solo almacenó ojeras y una lista interminable de cansancio a solas. Pero no supo encontrarla.

Se la habían llevado también a ella. Como todas esas cartas que un buen día dejó de recibir. Como todas las sonrisas que se había jugado a un todo o nada en una noche de demasiado alcohol y poco juicio. (Si la casa siempre gana, no sé por qué nos esforzamos en seguir retándola, será que el sentido común también han decidido robárnoslo, supongo).
Derrotado, se dedicó a contarse las arrugas con los pies metidos en el estanque. Y dejó que la pena fuera entrándole. Empezó por las manos, y acabó subiéndole hasta los ojos como una lágrima interna que le ahogaba por dentro y se extendía hasta el futuro. Se la habían llevado también a ella, y sin ella no había camino. Y sin camino, no había futuro.

Un día él volvió y no había nadie sentado esperándole. Así que se dio media vuelta y por el camino, decidió escribir una última carta: 


"Hay dos maneras de compartir tu vida con una persona: Una es en paralelo y otra es a base de choques frontales. A veces el rebote es tan fuerte que es imposible saber cuando os volveréis a encontrar. Otras veces en cambio, lo mejor es evitar el impacto."

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