Apuré el último trago con tu boca tan cerca que he de reconocer que si no hubiese sido por la gente que aún quedaba en el bar te hubiese arrancado la ropa a mordiscos ahí mismo. Y el hueco que se te formaba al reírte en el lado derecho de la clavícula se me antojó de repente como mi lugar favorito en la tierra.
Del camino a casa me acuerdo de poco, quizás porque mi concentración ya había pasado a otros objetivos y tus ojos se me habían clavado como dos cuchillas de las cuales ya no tenía forma de librarme. Al llegar me confesaste que no tenías la menor intención de quedarte a dormir pero que me dejarías dibujarte hasta que amaneciese. Y no hizo falta nada más.
“Van
a ser las primeras líneas de muchas”, dijiste. Y sonreías a la vez que te
quitabas la ropa y mientras tanto a mí, sentado en el sofá, se me escapaba la
paciencia entre los botones del pantalón.
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