Yo no quería esto. De verdad que nunca lo quise. Y como nunca me atreví a llamarte te escribí a diario, cada uno de los días que pasábamos separados. Luego llegaban los reencuentros y con solo mirarme ya estaba todo dicho… Y se nos iban las horas, los minutos, los segundos. Y me comías a besos y me ahogabas en noches infinitas. Tú me mataste, ¿lo sabes? Me mataste de alegría efímera, de felicidad caduca. Y en mis cartas escondía millones de lágrimas que nunca te dije, millones de “lo siento” que nunca me atreví a pronunciar… Quizás esa fuera la razón por la que jamás las abriste. Y a día de hoy siguen escondidas en el mismo cajón que cerraste con llave y fingiste perder. No lo habrías superado, claro que no. Y te sigues convenciendo a ti mismo de que abandonarme siempre fue la mejor opción.
Te confieso que nunca confié en tus despedidas y que todavía cada lunes sigo esperando a que toques mi puerta y me cuentes que todo ha sido un error. Ha llovido mucho desde entonces, lo sé. Pero a ratos todavía siento tu perfume entre mis sábanas, y te aseguro que nunca nadie volvió a tocarme como lo hacías tú…
En los días de lluvia aún ahora me da por buscarte. Y vuelvo a aquel parque a sentarme en el mismo banco que tantas veces nos escuchó discutir y tantas otras me obligó a echarte de menos. Y me da por llorar, ¿sabes? Me da por regalarte cada lágrima que siempre fue tuya. Que se mezcla con lluvia. Que me sabe a tu sal… Ya no me queda tiempo para salir a buscarte; tú en cambio siempre sabrás donde encontrarme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario