miércoles, 4 de septiembre de 2013

Mermaid avenue

Todavía te recuerdo escondida entre esa maraña de rizos rubios que siempre impedías que nadie te ayudase a peinar. Representabas la palabra desaliño en su pura esencia pero a ti poco parecía importante. Te conocí una tarde de agosto, volviendo a casa. Yo venía de las olas, tú te dirigías a ellas. Creo que quise advertirte de que era tarde y el mar se estaba poniendo peligroso, poco pareció importante y me soltaste alguna evasiva de esas tuyas que me causó más miedo que reparo así que me limité a seguirte; nunca llegaste al mar.
Te fumabas los cigarros de dos en dos, envuelta en una ansiedad inquietante que ponía a cualquiera nervioso con sólo mirarte. En tu mundo de fantasía desbordada no existían los cuadrados ni los límites, o eso contabas. Me explicaste la realidad en forma de círculo de una perfección tan infinita que mareaba, y eso te provocaba una angustia tan exasperante que no podías dormir por las noches. Te las pasabas enteras dando paseos por el mismo espigón en él que te encontré aquel primer día. Buscando una salida a ese laberinto que tú misma te habías creado. Decías que en los días de luna llena el mar te hablaba y te mandaba señales sobre cuál era el siguiente paso que debías dar a continuación. Pero siempre amanecía demasiado pronto o tú le comprendías demasiado tarde y entonces llorabas amargamente creyendo tu culpa el no poder entender la espuma que se forma al romper las olas. Yo te adopté, como mi más preciada criatura. No entendía ni la mitad de lo que me decías pero me suponías una ternura infinita y no pude sino limitarme a cuidarte con la esperanza de que un día esos ojos grises tan angustiados por vivir en un mundo lleno de fatigas y desmanes alcanzasen la tranquilidad tan deseada y encontrasen las respuestas a todas sus preguntas. Y me esforcé por buscar soluciones, de eso puedes estar segura. Y en tus idas y venidas intentaba descifrar cualquier atisbo de cordura que pudiese encontrar en tus palabras para calmarte, al menos un instante. Y durante ese pequeño espacio de tiempo que duraba tu sosiego me ponía mi medalla de “casi salvador” para así al menos, conseguir conciliar el sueño.

Pero un día nos pudieron tus temores, pequeña. Un día tus ojos me pidieron mucho más de lo que yo podía darles y ya no pude interpretarte ni una palabra más. Te encerraste en un mundo mucho más complejo de los que yo jamás había visitado y por mucho que traté de descifrarlo se te antojó demasiado difícil  como para hacérmelo comprender. Tuve que hacerlo, criatura, y una vez llegaron ellos nunca me permitieron volver a tenerte a mi lado. Yo sabía que no sería bueno, que encerrarte sólo conseguiría que tus ojos grises terminaran de apagarse y que una vez eso ocurriese ya no habría marcha atrás. Debían mantenerte activa, inquieta, buscando soluciones a tus propios enigmas porque esa era la forma de hacerte feliz y pequeña, te aseguro que fuiste la criatura más feliz de todas mientras estuve a tu lado. Pero se empeñaron en que sabían más que el resto, a pesar de los años, a pesar del tiempo compartido decidieron que yo no era nadie para poder decidir. Y eso no pudimos soportarlo. Ni tú, ni yo, ni ellos. Y el día que tus ojos se apagaron cayeron más estrellas que en ninguna otra lluvia que hubiese visto la tierra jamás. Y todas ellas venían plagadas de la palabra remordimiento.

Hoy he vuelto al espigón y me he quedado allí sentado a ver pasar la noche. Y en el crepúsculo del día, cuando comenzaba a amanecer y el mar y el cielo no eran sino la continuidad del otro, por fin he entendido tus teorías sobre la ausencia de límites y la circularidad infinita. Y me he reído y te he llorado, de alegría y de rabia por haber tardado tanto en comprenderte. Y el cielo se ha vuelto añil, anunciando tormenta y fumándome dos cigarros seguidos he dejado uno de mis rizos enterrado en aquel espigón. Hay personas que solo aman lo que pueden destruir, y otras que solo construyen a partir de lo que odian. Cometí el error de tacharte de lo primero y no querer mirar mejor. Aun así, soy consciente de que allá dónde te hayan mandado estarás sonriendo en este mismo instante. Y con eso me basta. De momento.

No hay comentarios:

Publicar un comentario