Todavía te recuerdo
escondida entre esa maraña de rizos rubios que siempre impedías que nadie te
ayudase a peinar. Representabas la palabra desaliño en su pura esencia pero a
ti poco parecía importante. Te conocí una tarde de agosto, volviendo a casa. Yo
venía de las olas, tú te dirigías a ellas. Creo que quise advertirte de que era
tarde y el mar se estaba poniendo peligroso, poco pareció importante y me soltaste
alguna evasiva de esas tuyas que me causó más miedo que reparo así que me
limité a seguirte; nunca llegaste al mar.
Te fumabas los
cigarros de dos en dos, envuelta en una ansiedad inquietante que ponía a
cualquiera nervioso con sólo mirarte. En tu mundo de fantasía desbordada no
existían los cuadrados ni los límites, o eso contabas. Me explicaste la
realidad en forma de círculo de una perfección tan infinita que mareaba, y eso
te provocaba una angustia tan exasperante que no podías dormir por las noches. Te
las pasabas enteras dando paseos por el mismo espigón en él que te encontré aquel
primer día. Buscando una salida a ese laberinto que tú misma te habías creado.
Decías que en los días de luna llena el mar te hablaba y te mandaba señales
sobre cuál era el siguiente paso que debías dar a continuación. Pero siempre
amanecía demasiado pronto o tú le comprendías demasiado tarde y entonces
llorabas amargamente creyendo tu culpa el no poder entender la espuma que se
forma al romper las olas. Yo te adopté, como mi más preciada criatura. No
entendía ni la mitad de lo que me decías pero me suponías una ternura infinita
y no pude sino limitarme a cuidarte con la esperanza de que un día esos ojos
grises tan angustiados por vivir en un mundo lleno de fatigas y desmanes
alcanzasen la tranquilidad tan deseada y encontrasen las respuestas a todas sus
preguntas. Y me esforcé por buscar soluciones, de eso puedes estar segura. Y en
tus idas y venidas intentaba descifrar cualquier atisbo de cordura que pudiese
encontrar en tus palabras para calmarte, al menos un instante. Y durante ese
pequeño espacio de tiempo que duraba tu sosiego me ponía mi medalla de “casi
salvador” para así al menos, conseguir conciliar el sueño.
Pero un día nos
pudieron tus temores, pequeña. Un día tus ojos me pidieron mucho más de lo que
yo podía darles y ya no pude interpretarte ni una palabra más. Te encerraste en
un mundo mucho más complejo de los que yo jamás había visitado y por mucho que
traté de descifrarlo se te antojó demasiado difícil como para hacérmelo comprender.
Tuve que hacerlo, criatura, y una vez llegaron ellos nunca me permitieron
volver a tenerte a mi lado. Yo sabía que no sería bueno, que encerrarte sólo
conseguiría que tus ojos grises terminaran de apagarse y que una vez eso
ocurriese ya no habría marcha atrás. Debían mantenerte activa, inquieta,
buscando soluciones a tus propios enigmas porque esa era la forma de hacerte
feliz y pequeña, te aseguro que fuiste la criatura más feliz de todas mientras
estuve a tu lado. Pero se empeñaron en que sabían más que el resto, a pesar de
los años, a pesar del tiempo compartido decidieron que yo no era nadie para
poder decidir. Y eso no pudimos soportarlo. Ni tú, ni yo, ni ellos. Y el día
que tus ojos se apagaron cayeron más estrellas que en ninguna otra lluvia que
hubiese visto la tierra jamás. Y todas ellas venían plagadas de la palabra
remordimiento.
Hoy he vuelto al
espigón y me he quedado allí sentado a ver pasar la noche. Y en el crepúsculo
del día, cuando comenzaba a amanecer y el mar y el cielo no eran sino la
continuidad del otro, por fin he entendido tus teorías sobre la ausencia de
límites y la circularidad infinita. Y me he reído y te he llorado, de alegría y
de rabia por haber tardado tanto en comprenderte. Y el cielo se ha vuelto añil,
anunciando tormenta y fumándome dos cigarros seguidos he dejado uno de mis
rizos enterrado en aquel espigón. Hay personas que solo aman lo que pueden
destruir, y otras que solo construyen a partir de lo que odian. Cometí el error
de tacharte de lo primero y no querer mirar mejor. Aun así, soy consciente de que
allá dónde te hayan mandado estarás sonriendo en este mismo instante. Y con eso
me basta. De momento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario