Que bien me sentó
que te decidieses a dejarte las espinas en casa por una vez. La rabia que da
que nunca hubiese podido ser de otra manera, ¿verdad?
Vas a contarme una
historia, una de esas que todavía te hacen llorar por las noches. Pero no
importa, aún falta un rato para que amanezca y siempre hay espacio para una
copa más. Me hablas de heridas y precipicios, de historias de carretera y de
tiempos mejores, me hablas de lo mucho que me echas de menos y de tus aventuras
entre colchones. Me cuentas las veces que te convertiste en princesa y lo cerca
que estuviste de encontrar a ese príncipe que siempre acababa siendo el malo
disfrazado, y qué jodidos son los cuentos a veces.
Y yo te hablo de mí
y de mi vida desde que decidiste que Madrid se te quedaba pequeño y cambiaste
nuestro mundo por uno un poco más el norte que para ti representaba una nueva
aventura en el que no había sitio para un nosotros. Y ahí me quedé yo, con un mechero sin piedra, el
sombrero de aquel festival en el que juraste que jamás tendría que echarte de
menos y un par de cigarros para el camino de vuelta.
Pero regresé, que es lo importante. Y nuestra historia se la conté a todas las princesas que se ofrecían a levantarse la falda a cambio de un par de versos mal rimados que las hiciesen sonreír. Ya me conoces criatura, no sirvo para mucho más, quizás fue eso por lo que me cambiaste por champán francés y una vida en la que según tú los colores brillaban más fuertes. Nunca lo entendí, eso también lo sabes, pero esta vez no has venido a explicármelo como en las millones de cartas que nunca recibí; esta vez has venido a hablarme de ti, y con el tiempo, al final he aprendido a escucharte.
Pero regresé, que es lo importante. Y nuestra historia se la conté a todas las princesas que se ofrecían a levantarse la falda a cambio de un par de versos mal rimados que las hiciesen sonreír. Ya me conoces criatura, no sirvo para mucho más, quizás fue eso por lo que me cambiaste por champán francés y una vida en la que según tú los colores brillaban más fuertes. Nunca lo entendí, eso también lo sabes, pero esta vez no has venido a explicármelo como en las millones de cartas que nunca recibí; esta vez has venido a hablarme de ti, y con el tiempo, al final he aprendido a escucharte.
Y te escucho, claro
que te escucho. Y tus gemidos de princesa de noche me cuentan lo difícil que te
ha sido volver a ser feliz. Cuéntamelo otra vez, déjame recordarte a qué saben
los colchones cuando el baile se hace bien, cuando el sudor se entrelaza entre
las lágrimas del que tuvo todo y lo abandonó por un sueño que tiñeron de derrota y cicatrices de esas que no
cerrarán aunque les lluevan primaveras. No voy a juzgarte criatura, y aunque
esta noche me devuelvas esa luna que solo se atreve a asomarse cuando tú te
desnudas tampoco voy a volver a dejarte entrar. Lo entiendes, ¿verdad? Pero
tranquila, aún no quiero que te marches. Déjame acordarme aún un poco más de
por qué debería dejarte marchar otra vez. Como aquella noche de abril en que
dejaste mis cajones vacíos y mi alma partida entre la rabia y el quédate un
rato más. Déjame que recuerde por qué todavía me sabes tan bien.
Y escápate de nuevo
antes de que me atreva a hacerte daño, o peor, escápate de nuevo antes de que me
atreva a quitar la llave que te separa a ti y a tu enjambre de abejas de mí y
de mis noches de letras. Y lo mucho que me cuesta dejarme el caparazón cuando
estás cerca…
…

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